|
Mensaje
del Secretario General
Ban
Ki-moon
Hace poco más de una semana los dirigentes de las naciones
industrializadas del mundo se reunieron en Heiligendamm, Alemania,
para celebrar su cumbre anual. Nuestro modesto objetivo era marcar
un hito en la lucha contra el cambio climático. Y lo conseguimos:
un acuerdo para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero
en un 50% antes de 2050. Personalmente, me complace en especial
que los medios para lograrlo se negociarán a través
de las Naciones Unidas, el mejor procedimiento de asegurar que nuestras
acciones se refuercen mutuamente.
Esta semana el centro de atención global se ha desplazado.
Una diplomacia exigente pero paciente marcó otro hito, de
proporciones modestas por el momento pero de gran potencial humanitario.
Se trata del plan, aceptado por el Presidente del Sudán,
Omar al-Bashir, de desplegar por fin una fuerza conjunta de mantenimiento
de la paz de las Naciones Unidas y la Unión Africana en Darfur.
Este acuerdo también me satisface personalmente, pues he
hecho de Darfur una de las máximas prioridades y he dedicado
considerables esfuerzos, con frecuencia sin que salieran a la luz
pública, para avanzar poco a poco hacia la consecución
de este objetivo.
Por supuesto, subsisten las incógnitas. Este acuerdo, como
otros que lo precedieron, podría todavía no concretarse.
Podrían transcurrir varios meses antes de que lleguen los
primeros contingentes nuevos, y algo más hasta que esté
desplegado el contingente completo de 23.000 efectivos. Entre tanto,
los combates probablemente continuarán, aunque sea con menos
intensidad, pese a nuestros múltiples llamamientos en favor
de la cesación del fuego. Sin embargo, en un conflicto que
se ha cobrado más de 200.000 vidas, durante cuatro años
de inercia diplomática, esto representa un progreso importante,
especialmente considerando que se ha producido en tan solo cinco
meses.
Sería lógico considerar estos acontecimientos como
algo distinto. En realidad están relacionados. Casi siempre
hablamos de Darfur, utilizando una cómoda jerga política
y militar, como un conflicto étnico que enfrenta a las milicias
árabes contra rebeldes y agricultores negros. No obstante,
si examinamos sus raíces descubriremos una dinámica
más compleja. Cabe señalar que, amén de las
numerosas causas sociales y políticas, el conflicto se inició
como una crisis ecológica, surgida al menos en parte del
cambio climático.
Hace dos décadas, las lluvias comenzaron a disminuir en el
sur del Sudán. Según estadísticas de las Naciones
Unidas, la precipitación media ha descendido alrededor del
40% desde los primeros años ochenta. En un primer momento
los científicos consideraron que este fenómeno era
un desafortunado capricho de la naturaleza. Pero investigaciones
posteriores descubrieron que coincidía con un aumento de
la temperatura del agua del Océano Índico, que perturbaba
la estación de los monzones. Esto indica que la progresiva
aridez del África subsahariana deriva en cierta medida del
calentamiento global provocado por el hombre.
No es accidental que en Darfur la violencia apareciera en plena
sequía. Hasta entonces los pastores nómadas árabes
habían convivido amigablemente con los agricultores sedentarios.
Un reciente artículo de Stephan Faris, publicado en Atlantic
Monthly, describe la cálida acogida que reservaban los agricultores
negros a los pastores cuando cruzaban sus tierras, en las que pastaban
sus camellos y cuyos pozos compartían. Pero cuando dejó
de llover, los agricultores vallaron sus tierras por temor a que
el ganado trashumante las arruinara. Por primera vez que se recuerde
ya no hubo agua ni alimentos suficientes para todos. Y estallaron
los combates, que en 2003 se convirtieron en la tragedia absoluta
que presenciamos hoy. Pero es importante recordar cómo empezó,
porque ahí está la clave del futuro.
Una fuerza de mantenimiento de la paz de las Naciones Unidas contribuirá
a moderar la violencia y a mantener la ayuda humanitaria, salvando
muchas vidas. Sin embargo, éste es sólo un primer
paso, como recalqué a mis colegas en la reciente cumbre de
Alemania. En Darfur la paz tiene que basarse en soluciones que vayan
a la raíz del conflicto. Podemos esperar el regreso de más
de 2 millones de refugiados. Podemos proteger las aldeas y ayudar
a reconstruir los hogares. Pero ¿qué hacer respecto
del problema esencial: la falta de buenas tierras para todos?
Hay que encontrar una solución política. Mi enviado
especial para Darfur, Jan Eliasson, y su homólogo de la Unión
Africana, Salim Ahmed Salim, han elaborado una hoja de ruta, que
se inicia con un diálogo político entre los dirigentes
rebeldes y el Gobierno y culmina en unas negociaciones oficiales
para la paz y el fin de la división norte-sur del país.
Los primeros pasos de este proceso podrían emprenderse a
principios de verano.
No obstante, en última instancia, cualquier solución
efectiva de los problemas de Darfur entraña algo más:
el desarrollo económico sostenido. No está clara la
forma que podría adoptar, pero debemos comenzar a pensar
en ello, ahora mismo. Pueden servirnos de ayuda las nuevas tecnologías,
tales como los cereales genéticamente modificados que medran
en suelos áridos o las nuevas técnicas de irrigación
y almacenamiento de agua. Se necesita dinero para construir nuevos
caminos y para la infraestructura de las comunicaciones, por no
mencionar los programas de salud, educación, saneamiento
y reconstrucción social. La comunidad internacional tiene
que ayudar a organizar esos esfuerzos, trabajando con el Gobierno
del Sudán, así como con los numerosos organismos de
asistencia internacional y organizaciones no gubernamentales que
trabajan sobre el terreno con tanto heroísmo.
Los intereses van mucho más allá de Darfur. Jeffrey
Sachs, economista de la Universidad de Columbia y uno de mis principales
asesores, observa que en Somalia la violencia procede de una peligrosa
mezcla similar de inseguridad en materia de alimentos y de agua.
Lo mismo cabe decir de los problemas de Côte d’Ivoire
y Burkina Faso.
En muchas otras partes del mundo surgirán problemas de esta
índole, para los que pueden ser pertinentes las soluciones
que encontremos en Darfur. En las semanas y meses recientes hemos
avanzado de forma lenta pero constante. La población de Darfur
ha sufrido demasiado durante demasiado tiempo. El trabajo real empieza
ahora.
|
|