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El Desafío de la
no- proliferación de Armas Nucleares
Artículo
sobre la conclusión de la Conferencia de Examen del
Tratado sobre la no proliferación de las armas nucleares
Por Kofi Annan*
Lamentablemente, hay ocasiones en que
los foros multilaterales simplemente tienden a reflejar,
más que a subsanar, las profundas diferencias que
existen sobre la manera en que se deben abordar las amenazas
que afrontamos. La Conferencia de Examen del Tratado sobre
la no proliferación de las armas nucleares, que concluyó
el viernes sin que se llegara a ningún acuerdo sustantivo
entre los Estados partes, fue una de esas ocasiones.
Durante 35 años el Tratado ha sido una de las piedras
angulares de nuestra seguridad global. Con una participación
casi universal, el Tratado ha consolidado firmemente una
norma contra la proliferación de las armas nucleares
y ha ayudado a que no se cumplan las predicciones de que
hoy día habría 25 o más Estados con
armas nucleares. Pero hoy el Tratado sufre una doble crisis
de cumplimiento y confianza. Los delegados que participaron
en esta Conferencia, de un mes de duración y que
se celebra cada cinco años, no pudieron dar al mundo
ninguna solución a las graves amenazas nucleares
que afrontamos todos. Y si bien concluir un acuerdo puede
ser más difícil en un clima de crisis, es
también en esos momentos que resulta más imprescindible
hacerlo.
Quiero ser claro: el hecho de que en la Conferencia de Examen
no se haya concluido acuerdo alguno no afectará al
régimen basado en el Tratado. La amplia mayoría
de los Estados partes reconoce sus beneficios duraderos.
Pero no se puede eludir el hecho de que hay fisuras en cada
uno de los pilares del Tratado -la no proliferación,
el desarme y el uso de la tecnología nuclear con
fines pacíficos- y que cada una esas fisuras debe
repararse con urgencia. Desde la última conferencia
de examen celebrada en el año 2000, la República
Democrática Popular de Corea ha anunciado su retirada
del Tratado y se ha declarado poseedora de armas nucleares,
Libia ha admitido que durante años trabajó
en un programa clandestino de armas nucleares y el Organismo
Internacional de Energía Atómica (OIEA) ha
detectado en el Irán actividades no declaradas de
enriquecimiento de uranio.
Es claro que el régimen basado en el Tratado no ha
seguido el ritmo de la tecnología y la globalización.
Mientras que alguna vez se consideró que la proliferación
entre Estados era lo único que preocupaba al Tratado,
las revelaciones de que A. Q. Khan y otras personas se dedicaban
a un tráfico generalizado de tecnología y
conocimientos nucleares puso al descubierto la vulnerabilidad
del régimen de no proliferación ante los agentes
no estatales. Difícilmente los autores del Tratado
pudieron haber imaginado que tendríamos que trabajar
incansablemente para impedir que los terroristas adquieran
y usen armas nucleares y materiales conexos. Y si bien se
han logrado progresos en materia de desarme, todavía
hay en el mundo 27.000 armas nucleares, muchas de las cuales
siguen en sistema de alerta instantáneo.
Al mismo tiempo, los organismos intergubernamentales ideados
específicamente para abordar esos retos se encuentran
paralizados. En Ginebra, la Conferencia de Desarme no ha
podido convenir en un programa de trabajo durante ocho años.
La Comisión de Desarme de las Naciones Unidas ha
pasado a ser un organismo cada vez más marginal,
y no ha concertado ningún verdadero acuerdo desde
el año 2000. La Conferencia de Examen ha demostrado
no ser una excepción. Prácticamente las dos
terceras partes de las actuaciones se consumieron en un
debate sobre el programa y la logística, en lugar
de discusiones sustantivas sobre la manera de reforzar el
régimen de no proliferación de las armas nucleares.
En mi discurso de inauguración de la Conferencia,
dije que el éxito dependería de estar a la
altura de todos los peligros nucleares que amenazan a la
humanidad. Advertí que la Conferencia se estancaría
si algunos delegados centraran su atención en sólo
ciertas amenazas, en lugar de abordarlas todas. Algunos
Estados partes destacaron que la proliferación era
un peligro grave, mientras que otros afirmaron que los arsenales
nucleares existentes nos ponen en peligro. Hubo quienes
insistieron en que la propagación de la tecnología
del ciclo del combustible nuclear plantea una amenaza inaceptable
de proliferación, mientras que otros respondieron
que no se debe comprometer el acceso al uso de la tecnología
nuclear con fines pacíficos. En definitiva, lamentablemente
las delegaciones perdieron la oportunidad de respaldar los
méritos de todos esos argumentos. A resultas de ello,
no pudieron lograr adelantos en materia de seguridad respecto
de ninguno de los peligros que afrontamos.
Entonces, ¿cómo podemos superar esa parálisis?
Cuando fallan los foros multilaterales, los dirigentes deben
asumir el liderazgo. El próximo mes de septiembre,
más de 170 Jefes de Estado y de Gobierno concurrirán
a Nueva York para aprobar un amplio programa previsto para
lograr progresos en el desarrollo, la seguridad y los derechos
humanos para todos los Estados y todos los pueblos. Los
desafío a que rompan el estancamiento que plantean
los retos más apremiantes en la esfera de la no proliferación
nuclear y del desarme. De no hacerlo, sus pueblos preguntarán
por qué, en el mundo de hoy, no pudieron encontrar
un fundamento común para la causa de disminuir la
amenaza que las armas nucleares plantean a nuestra existencia.
A fin de revitalizar el Tratado, habrá que adoptar
medidas en muchos frentes. Para reforzar la verificación
y aumentar la confianza en el régimen, los dirigentes
deberán convenir en que el Protocolo Adicional del
OIEA sea la nueva norma para verificar el cumplimiento de
los compromisos en materia de no proliferación. Los
dirigentes deben encontrar modos de reconciliar el derecho
al uso de la energía nuclear con fines pacíficos
con el imperativo de la no proliferación. El régimen
no se podrá sostener si decenas más de Estados
desarrollan las etapas más sensibles del ciclo del
combustible y se equipan con la tecnología para producir
armas nucleares en un breve lapso. Una primera medida sería
crear incentivos para que los Estados abandonen voluntariamente
el desarrollo de instalaciones del ciclo de combustible.
Encomio al OIEA y a su Director General, Mohamed El Baradei,
por su empeño en lograr el consenso sobre esta cuestión
vital, e insto a los dirigentes a que se sumen a él
en esa misión. Los dirigentes también deben
dejar de lado la retórica al abordar la cuestión
del desarme. Es indispensable negociar prontamente un tratado
que prohíba a todos los Estados la fabricación
de material fisionable. Todos los Estados también
deben afirmar su compromiso a una moratoria de los ensayos
y a la pronta entrada en vigor del Tratado de prohibición
completa de los ensayos nucleares. Espero que los dirigentes
habrán de meditar seriamente sobre qué más
pueden hacer para reducir irreversiblemente el número
y el papel de las armas nucleares en el mundo.
La adopción de compromisos audaces en la Cumbre de
septiembre dará nueva vida a todos los foros encargados
del desarme y la no proliferación. Se reducirían
todos los riesgos que afrontamos: accidentes nucleares,
tráfico, uso por terroristas y uso por los Estados
mismos. Es un programa ambicioso y, para muchos, probablemente
abrumador. Pero las consecuencias del fracaso son todavía
más abrumadoras. Las soluciones están a nuestro
alcance; sólo debemos extender las manos.
* El autor es
el Secretario General de las Naciones Unidas
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