Artículo
de opinión del Secretario General,
Ban
Ki-moon, sobre Haití
Agosto
de 2007
Puede que haya
en Haití barrios marginales en peores condiciones,
pero ninguno de ellos es tan tristemente conocido por
la violencia y la miseria que lo asolan como Cité
Soleil, situado en el centro mismo de la capital del país,
Puerto Príncipe. Allí escasea el agua potable
y no existe el saneamiento público; la mayoría
de sus 300.000 habitantes carecen de electricidad y son
menos aún los que tienen empleo. “Aquí
necesitamos de todo”, me confesó francamente
el alcalde del barrio durante la entrevista que mantuvimos
la semana pasada con ocasión de mi visita a Haití.
Y, sin embargo,
también percibí esperanza en Cité
Soleil. En las oficinas de la alcaldía, un nuevo
gobierno local está echando raíces en una
comunidad que había abandonado hace mucho tiempo.
Justo enfrente, visité una escuela recién
rehabilitada: los niños se acercaron a saludarme,
ilusionados ante la perspectiva de reanudar sus estudios;
a poca distancia, un grupo de jóvenes jugaba al
fútbol.
Los habitantes
de Cité Soleil deben luchar con todas sus fuerzas
para tratar de sobrevivir, y el nombre de este barrio,
que significa “ciudad del sol”, es de una
ironía cruel. No obstante, me alegré de
ver tanta actividad y animación, tantos indicios
de normalidad. Hace seis meses, nada de esto hubiera sido
posible. Las pandillas callejeras imponían su ley,
aterrorizando a la gente, extorsionando para obtener dinero
y destrozando vidas. Los secuestros, casi 100 al mes,
eran habituales. Incluso las familias pobres tenían
miedo de salir de casa, especialmente con niños.
Pero el pasado
mes de diciembre, el nuevo Presidente, René Préval,
pidió a la Misión de Estabilización
de las Naciones Unidas en Haití que interviniera.
Y así lo hizo, con una decisión, eficiencia
y energía que pueden servir de modelo para cualquier
intervención internacional de mantenimiento de
la paz. En una operación que duró seis semanas
y tras cruentos combates, las fuerzas de las Naciones
Unidas asumieron el control del barrio. Unos 800 pandilleros
fueron detenidos y sus cabecillas ya se encuentran en
prisión. Los resultados hablan por sí mismos:
en junio sólo se denunciaron seis secuestros. La
seguridad ha vuelto a reinar, no sólo en las calles
de Cité Soleil, sino en el resto de la capital
y también en otras ciudades del país.
Durante mi visita
observé además otros signos de progreso.
Por primera vez desde hace mucho tiempo, Haití
tiene un gobierno estable, elegido democráticamente
y ampliamente aceptado por todos los sectores de la sociedad
y los partidos políticos. Se ha frenado la caída
en picada de la economía: la inflación,
que hace tres años era del 40%, ha disminuido hasta
el 8%, y el Fondo Monetario Internacional prevé
que el país crezca un 3,5% este año, frente
al crecimiento negativo por el que se caracterizó
gran parte del decenio anterior. Gracias a la promulgación
de nuevas leyes, los ingresos fiscales aumentaron una
tercera parte el pasado año. Del mismo modo que
hizo frente al problema de las pandillas en Haití,
el Presidente Préval ha declarado la guerra a la
corrupción, mal endémico que afecta a todos
los ámbitos de la vida, demostrando así
un verdadero coraje político.
Estoy convencido
de que Haití se encuentra en una encrucijada histórica.
El país, que por mucho tiempo ha sido el más
pobre del hemisferio occidental y parecía estar
sumido para siempre en la inestabilidad política,
tiene por fin ante sí una oportunidad de oro para
empezar su reconstrucción; con la ayuda de la comunidad
internacional, y en particular de las Naciones Unidas,
puede conseguirlo. Haití fue objeto de cinco intervenciones
multinacionales durante el último decenio. En todos
los casos, se abandonó el país demasiado
pronto, antes de que pudiera arraigar un verdadero cambio,
o los esfuerzos por ayudar fueron demasiado restringidos,
limitándose, por ejemplo, a tratar simplemente
de mantener la seguridad o supervisar las elecciones.
Esta vez no ocurrirá
lo mismo. Por eso en octubre pediré al Consejo
de Seguridad que prorrogue el mandato de la misión
de las Naciones Unidas en Haití por un período
más largo que el habitual de seis meses. He asegurado
de manera explícita al Gobierno y al pueblo de
Haití que tenemos la intención de permanecer
en el país hasta cumplir nuestra misión,
respetando sus deseos, todo el tiempo que sea necesario.
Haití
se acerca al final de la primera fase de su incipiente
recuperación, que ha consistido en garantizar la
paz y la seguridad; la segunda fase deberá centrarse
en el desarrollo social y económico. Ahora más
que nunca, Haití necesita nuestra entusiasta ayuda
para construir instituciones civiles que realmente funcionen,
empezando por un cuerpo de policía eficaz y honesto
que cuente con el respaldo de un sistema judicial reformado.
De ahí
que me sintiera inmensamente esperanzado cuando, en respuesta
a mi visita, el Senado de Haití aprobó la
semana pasada una nueva y ambiciosa legislación
encaminada a restablecer un poder judicial eficaz e independiente
y crear un entorno jurídico más propicio
al desarrollo económico y la inversión extranjera.
Sin estos cambios, las tendencias mundiales del comercio,
las finanzas y el turismo seguirán dejando de lado
a Haití. Por ello exhorté a todos los sectores
de la sociedad haitiana —el Gobierno, las empresas
y la población en general— a que se comprometieran
a trabajar juntos para lograr el cambio social, ya que,
sin su cooperación mutua, Haití no puede
avanzar.
Ante todo, el
pueblo de Haití necesita hoy mismo tener pruebas
tangibles de que puede aspirar a un futuro mejor. Debemos,
por tanto, ayudar al Gobierno a producir lo que muchos
llaman un “dividendo de paz”. No se trata
de nada especial, como me explicó el Comandante
de la Fuerza de las Naciones Unidas, el brasileño
Carlos Alberto Dos Santos Cruz: claro está que
los habitantes de Cité Soleil, al igual que todos
los haitianos, se alegran de que la paz vuelva a reinar
en las calles; pero lo que más necesitan es “lo
básico”: agua, alimentos y empleo.
No cabe duda
de que, en última instancia, esta es una responsabilidad
que incumbe a Haití, pero nuestra obligación
es ayudar al país a conseguirlo.