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Ruanda: 12 años después.


por Juan E. Mendez, Asesor especial del Secretario General
de las Naciones Unidas para la Prevención del Genocidio.


Hace 12 años, Ruanda sufrió uno de los camines más brutales que se recuerden. Más de un millón de personas fueron masacradas, víctimas de una carnicería virtual con machetes, por el mero hecho de ser tutsis étnicos o políticos humus moderados.
Mientras las imágenes de cuerpos mutilados desfilaban frente al mundo, la comunidad internacional permaneció impávida. Como se refleja hoy en las lecciones de ese horrible episodio, debemos renovar nuestro compromiso para adoptar medidas decisivas que garanticen que el genocidio no vuelva a repetirse.
No podemos decir que aprendimos las lecciones de 1994, si nuestra respuesta ante la violencia genocida sigue a medias. En particular se requieren acciones en Darfur, donde la amenaza continúa creciendo.
Luego del genocidio en Ruanda y sólo un año después, en la ciudad bosnia de Srebrenica, el mundo entero se comprometió a evitar este tipo de violencia. Pero pese a las obligaciones internacionales y ofertas repetidas para cumplir la responsabilidad de los Estados, nuestra reacción colectiva sigue quedando corta ante las necesidades.
Mi nombramiento en julio de 2004, como asesor especial del Secretario General de Naciones Unidas para Prevención del Genocidio, representó el esfuerzo de Kofi Annan para asegurar que la comunidad internacional adoptaría acciones preventivas. Pretendía destacar el vínculo entre violaciones sistemáticas y masivas de los derechos humanos y amenazas a la paz y la seguridad. Parte de mi trabajo es entregar al consejo de Seguridad informes respecto a los peores abusos, que requieren una respuesta internacional.
He basado mi trabajo en las obligaciones legales de carácter universal plasmadas en la Convención sobre genocidio de 1948. Este compromiso fue reforzado en la Cumbre Mundial de 2005 con un acuerdo amplio, político y moral, de todos los países miembros de la ONU que aceptaron la responsabilidad de proteger a los civiles del genocidio, crímenes de guerra, limpieza étnica y crímenes contra la humanidad. Esta protección puede incluir, en casos limitados, medios no consensuados cuando los gobiernos se rehúsan o son incapaces de proteger a sus propios ciudadano. Como asesor especial ha enfatizado que el involucramiento internacional con el consentimiento del gobierno en cuestión es siempre preferible.
Pese a esas obligaciones y compromisos, la gente sigue siendo blanco de violencia y asesinato tan sólo por su origen étnico. Esto ocurre de manera flagrante en la región sudanesa de Darfur, que he visitado en dos ocasiones. Aunque la comunidad mundial ha logrado salvar ahí muchas vidas, es necesario hacer mucho más, urgentemente. La operación de auxilio en curso brinda sustento a casi tres millones de personas, en un marco volátil en el que más de dos millones han sido desplazadas de sus hogares. Los pacificadores de la Misión de Asistencia de la Unión Africana han contribuido a frenar la violencia, si bien su acción es afectada por problemas de logística y financiamiento.
Todos podemos contribuir a hacer más eficaz la prevención del genocidio. Los organismos internacionales pueden hacerlo al transformar los compromisos en acción, y los ciudadanos pueden hacerlo presionando a sus líderes para superar la retórica. La violencia por causas de etnia, raza, religión u origen nacional es simplemente inaceptable. Son esenciales las medidas eficientes para evitar que aumente y degenere en genocidio. No podemos esperar hasta que el sufrimiento alcance los niveles de hace 12 años en Ruanda. El genocidio no se limita a la matanza de decenas de miles y debe ser detenido en cualquier caso antes de tocar esa dimensión. Le debemos a las víctimas, a nosotros mismos y alas generaciones futuras prevenir que el horror azote otra vez a la humanidad.

 

 
 
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Última actualización
20/04/06