MÉXICO Y LAS NACIONES UNIDAS
DE CARA AL CAMBIO DE ÉPOCA
Por: Thierry Lemaresquier, Coordinador Residente
del Sistema de las Naciones Unidas en México
Hace
más de dos años que vivo en México.
Para ser precisos asumí el cargo de coordinador
residente del Sistema de Naciones Unidas en el país
un cinco de mayo, una fecha cargada de significado histórico,
también para nosotros los franceses. Pero a México
lo empecé a conocer muchos años atrás
a través de los ojos de mentes lúcidas que
salieron de sus países en condiciones difíciles
y fueron acogidas aquí. Desde un principio me hablaron
de un pasado fecundo y diverso, de un horizonte dilatado
y promisorio pero también de un presente desafiante,
y con frecuencia contradictorio. México como un
espacio de hombres y mujeres que sueñan y se abren
camino de manera creativa en un entorno heterogéneo
y cambiante.
Una de estas mentes lúcidas fue Norbert Lechner,
un politólogo alemán que hasta el último
momento de su vida se dedicó a proponerle rumbo
al anhelo democrático latinoamericano. Vivió
y trabajó en México durante cuatro años.
Al analizar las complejas circunstancias de la región,
Lechner entendió de manera profunda el papel de
primer orden que habrían de jugar los ciudadanos
en la construcción de los espacios democráticos.
Entendió la importancia de vincular la percepción
de los ciudadanos con los desafíos planteados por
la realidad social latinomericana. Una sintonía
que debería buscarse con más empeño
en los tiempos de poderosas transformaciones como las
que está viviendo el mundo globalizado de hoy.
Cuando los tiempos se aceleran, planteaba Lechner, ya
no se está viviendo una “época de
cambios” sino un verdadero “cambio de época”
que trastoca los valores y las representaciones sociales.
Ante el derrumbe de lo viejo y el despunte de lo nuevo,
pueden surgir miedos y malestares colectivos pero también
oportunidades fundadoras, espacios para la inventiva,
la creatividad y la audacia.
Un
“cambio de época” es lo que vivía
el mundo, esta semana hace exactamente 60 años,
cuando un grupo de 51 países formalizó la
creación de la Organización de las Naciones
Unidas. En la estela de horror y destrucción dejada
por la Segunda Guerra Mundial, nació una institución
fundada en la aspiración a la paz colectiva y en
el respeto a los derechos humanos fundamentales. La nueva
arquitectura del orden mundial partió del derrumbe
del anterior pero se nutrió de un cambio paradigmático
en los valores que a partir de ese momento empezaron a
guiar las relaciones internacionales.
Por
esos años México vivió su propio
“cambio de época”. Las instituciones
emanadas del periodo revolucionario se encontraban en
fase de consolidación y proponían nuevos
enfoques para abordar la compleja realidad nacional. Como
señalara el filósofo Samuel Ramos: “En
esos momentos los mexicanos se dan cuenta de la ignorancia
acerca de la propia realidad y se les impone la urgencia
de observarla y conocerla tal como es”. El desarrollo
del país se coloca entonces a la cabeza de las
prioridades colectivas. Al tiempo que se concentra en
los asuntos nacionales e inventa un discurso eminentemente
nacionalista, México se abre al mundo. No sólo
se convierte en un importante punto de referencia del
pensamiento y el arte a nivel mundial, sino que se erige
en protagonista de la reconstrucción del sistema
internacional. Como escribirá más tarde
Octavio Paz: “Por primera vez en la historia, (los
mexicanos) somos contemporáneos de los demás
hombres”.
México
forma parte de la génesis misma del sueño
que tiene como fecha de arranque el 24 de octubre de 1945
con la entrada en vigor de la Carta de las Naciones Unidas.
En plena Guerra Mundial, el 14 de junio de 1942, es uno
de los países firmantes del llamado “Pacto
de las Naciones Unidas” que fijó las bases
de la organización cuyo cumpleaños número
60 celebramos hoy. México se da cuenta que tiene
un rol geoestratégico que jugar y lo asume con
entusiasmo. Su compromiso y generosidad quedarán
patentes en los numerosos programas de cooperación
técnica que a partir de los años sesenta
impulsará en el continente americano y en otras
latitudes, en ámbitos que van desde la educación
hasta la medicina, pasando por la aviación civil.
La
participación de México influye en el curso
mismo de los acontecimientos. En los primeros pasos de
la ONU, participan mexicanos ilustres que saben leer el
“cambio de época” y contribuyen a moldear
el futuro de ese pasado no tan remoto. Es el caso de Víctor
Urquidi, brillante economista que se integró a
temprana edad en el equipo que organizaría la histórica
conferencia de Bretton Woods en 1944, que sentó
las bases económicas y financieras de la nueva
arquitectura mundial.
Como
mexicano visionario, Urquidi argumentó desde entonces
que en la conformación de las nuevas instituciones
multilaterales debía darse tanta atención
al desarrollo como a la reconstrucción. Esta última,
orientada a los países afectados por la Segunda
Guerra Mundial, sería de naturaleza transitoria.
Por el contrario, afirmaba Urquidi, el impulso al desarrollo,
tendría un carácter permanente.
La
huella de Urquidi calaría hondo en agencias de
la ONU como la CEPAL. Allí participaría
de manera muy activa en la definición de un modelo
económico que proponía la protección
del mercado interno y la sustitución de importaciones
como la vía para que la región latinoamericana
diera un gran salto histórico; uno que la hiciera
pasar de exportadora de materias primas a industrial y
desarrollada.
Han pasado 60 años desde aquellos tiempos de aventura
colectiva y no es exagerado decir que hoy, a principios
del Siglo XXI, nos encontramos ante una nueva encrucijada,
ante un nuevo “cambio de época”. Como
bien lo ha señalado el Secretario General de las
Naciones Unidas, Kofi Annan: “Con la perspectiva
de nuevas amenazas y de las nuevas formas que adoptan
amenazas ya conocidas, existe (...) el deseo de un nuevo
consenso en que pueda basarse la acción colectiva.”
Está
claro que el mundo de hoy poco tiene que ver con el que
vio nacer a las Naciones Unidas en 1945. La globalización,
el cambio climático, el terrorismo, las migraciones,
los avances tecnológicos han llevado a la comunidad
internacional a enfrentar encrucijadas a la vez más
complejas y riesgosas.
En
su informe previo a la cumbre de líderes mundiales
de septiembre pasado, titulado Hacia un concepto más
amplio de libertad, Kofi Annan relaciona entre sí
lo que considera nuestros tres mayores desafíos
como aldea global: Vivir sin miseria, vivir sin temor
y vivir en dignidad. Para lograr estos objetivos lo que
se necesita es más seguridad, más desarrollo,
y más derechos humanos.
En
este inicio del siglo XXI resulta inevitable asociar la
ya de por sí desafiante problemática del
desarrollo con aquella que surge de la seguridad. Sin
seguridad colectiva y de las personas no puede haber desarrollo
humano. El ser humano necesita gozar de un espacio libre
de amenazas, incluidas aquellas que provienen de la naturaleza,
para poder desarrollarse plenamente y viceversa: mientras
existan el hambre, la marginación y una parte de
la humanidad carezca de lo más elemental para vivir
con dignidad, no es factible pensar en un mundo en paz.
Por otro lado, mientras no sean respetados los derechos
humanos en su sentido más lato, no se podrá
garantizar el desarrollo de las personas. Esta visión
está plasmada en la Declaración del Milenio,
impulsada en el año 2000 por todos los países
miembros de la ONU, y hoy en día una referencia
obligada, en particular a través de los Objetivos
de Desarrollo del Milenio.
Como
en 1945, México ha demostrado su compromiso solidario
ante este nuevo “cambio de época”.
Por citar un ejemplo me referiré a su papel desempeñado
en la creación del “Grupo de amigos de la
Reforma”. Esta iniciativa enriqueció de manera
muy relevante el debate en torno a la indispensable adaptación
del sistema multilateral internacional a la nueva época.
También quisiera referirme a la enérgica
postura de México en las negociaciones del Consejo
de Seguridad sobre Irak. Su representante en ese entonces,
Adolfo Aguilar Zinser, lideró con gallardía,
templanza y brillantez una opinión que buscaba
una salida negociada. Aguilar Zinser escribió historia
y por eso quisiera homenajear aquí a su persona
y a su notable trabajo a favor de la paz mundial. Por
último quisiera mencionar el informe preparado
por México para dar cuenta de sus avances en el
cumplimiento de los Objetivos del Milenio y en el que
plantea un interesante ejercicio para proponerse metas
de país más exigentes. Se trata, sin duda,
de una buena práctica a nivel internacional.
Aunque
la cumbre de septiembre pasado arrojó esperanzadores
resultados en áreas como los derechos humanos,
los Objetivos del Milenio o la reconstrucción de
los países en guerra, esta reunión no desembocó
en una reforma tan amplia como cabía esperar. A
un mes de distancia, parecería que la comunidad
internacional optó por una lectura incompleta de
los nuevos desafíos globales: se quedó en
una “época de cambios” y no dio el
salto hacia el “cambio de época” del
que habló Lechner. Varios asuntos como el terrorismo,
la proliferación de armas de destrucción
masiva o la reforma interna de las Naciones Unidas, quedaron
en el tintero. Con premura tendrán que volverse
a plantear y estoy seguro de que cuando llegue ese momento,
México seguirá acompañando e impulsando
a las Naciones Unidas en su camino hacia un mundo más
libre y por ende más seguro.
¿Qué
puede esperar México de la ONU en este “cambio
de época”? La respuesta más evidente
es la posibilidad de actuar de manera colectiva ante los
desafíos que nos aquejan a todos, llámense
de seguridad, de medio ambiente, de migración,
o de desigualdad. Hoy en día pocos se atreverían
a cuestionar la necesidad de articular y coordinar a los
países miembros de la ONU en el combate al terrorismo
o el cambio climático. Desde la Organización
de las Naciones Unidas se han emprendido numerosos esfuerzos
para incorporar en la agenda global estas preocupaciones.
México se ha sumado con entusiasmo y ha tomado
decisiones de política pública en este sentido.
Una de las responsabilidades del equipo del Sistema de
Naciones Unidas en el país es justamente contribuir
a que lo global sea relevante localmente.
Sin embargo, en México la ONU se enfrenta a un
desafío adicional: acompañar a un país
que está viviendo su propio “cambio de época”.
Permítanme ilustrar este punto con un ejemplo.
En 1994, México solicitó el apoyo de la
División de Asistencia Electoral (DAE) de las Naciones
Unidas en la observación de los comicios federales
previstos para julio de ese año. Eran tiempos de
desconfianza entre los diferentes actores electorales
y entre la ciudadanía. Estaba en juego la credibilidad
de los comicios y la propia legitimidad de las futuras
autoridades electas. El sistema electoral mexicano era
percibido dentro y fuera del país como un eslabón
débil. En este contexto, se formó el Equipo
Técnico de la ONU que trabajó junto con
el Instituto Federal Electoral en un modelo de observación
electoral que movilizó la participación
de casi 90,000 personas.
A
once años de aquel proceso electoral, México
es para muchos países una referencia en materia
electoral. Comicios tan delicados como los que se llevaron
a cabo en Irak hace menos de un año o los que se
van a realizar en Haití próximamente, han
contado con la cooperación técnica de las
autoridades electorales mexicanas. Cada año, el
Instituto Federal Electoral imparte talleres y seminarios
para funcionarios electorales en varios puntos del orbe.
Esto es lo que yo llamaría un “cambio de
época”.
El
México de ayer ya no es. Y sin embargo, el México
de mañana aún está en formación.
El “cambio de época” al que se enfrenta
el país entraña aún importantes desafíos.
Cerrar la brecha entre los mexicanos que más tienen
y los que menos es quizá el principal desafío.
Como lo muestran los informes nacionales sobre desarrollo
humano y otros estudios de las Naciones Unidas, la desigualdad
en México tiene un componente individual pero también
regional e institucional. Ingreso, educación, salud,
seguridad y justicia han sido de acceso inequitativo y
excluyente a lo largo de los años.
La
preocupación por la desigualdad parte del hecho
de que ésta vulnera los derechos fundamentales
de las personas y su desarrollo humano y, a la postre,
reduce el potencial de crecimiento de todo el país.
En cualquier caso, la desigualdad dificulta la construcción
de una democracia de ciudadanía. Una democracia
de este tipo es la que busca la participación de
los mexicanos y las mexicanas en los asuntos de la colectividad
más allá de su cita periódica con
las urnas. En materia de desigualdad, es necesario que
en México se alcance un “cambio de época”.
México
ha abierto a las Naciones Unidas un gran espacio para
acompañar al país en sus desafíos.
Agradezco en nombre de la Organización y de todos
mis colegas de las veintiún agencias presentes
en México la confianza depositada en las diversas
y variadas labores que aquí realizamos. El terreno
parece hoy particularmente fértil. Lo avanzado
hasta ahora permite profundizar y focalizar el trabajo
en algunas de las principales preocupaciones de la ciudadanía.
Así lo demuestran los numerosos informes y proyectos
de la ONU en México enfocados en áreas tan
relevantes como los derechos humanos, la gobernabilidad,
la cultura democrática, el medio ambiente, la equidad
de género, la multiculturalidad o la prospectiva
económica.
En
los últimos 60 años, la ONU ha acompañado
a México de la manera en que México ha acompañado
a la ONU: con respeto, responsabilidad e iniciativa.
En
Naciones Unidas hay plena conciencia del proceso histórico
que vive el país. La diversidad y capacidad de
inventiva que tanto admiraron aquellas mentes lúcidas
que me develaron México tiene más vigencia
que nunca. Hoy, trabajar con México significa mirar
de frente a su riqueza cultural y social, a sus logros
y enorme potencial económicos, pero también
a su lacerante desigualdad. Trabajar con México
significa reconocer la gran variedad de actores que representan
formas distintas de entender, vivir y soñar al
país. Trabajar con un país como México
exige de nuestra organización enfocar su acción
en los temas más complejos y los ámbitos
más desafiantes. Celebrar 60 años de trabajo
conjunto es una oportunidad para refrendar un vínculo
que se enriquece cada día y que permite encarar
solidariamente el “cambio de época”.