Resumen de noticias

Esta semana
Anteriores

Comunicados

Este año
Anteriores

Artículos de opinión
Calendario
Conferencias de prensa y eventos relevantes en México
Galería de fotos
Temas de interés
Objetivos de Desarrollo del Milenio
2003: Año del Agua
Otros temas de actualidad

Sede de la ONU
Centro de noticias

Correo-e: jmdiez@un.org.mx

< Inicio

 
 

Sala de Prensa

 

 

 



MÉXICO Y LAS NACIONES UNIDAS DE CARA AL CAMBIO DE ÉPOCA

 

Por: Thierry Lemaresquier, Coordinador Residente del Sistema de las Naciones Unidas en México

 

Hace más de dos años que vivo en México. Para ser precisos asumí el cargo de coordinador residente del Sistema de Naciones Unidas en el país un cinco de mayo, una fecha cargada de significado histórico, también para nosotros los franceses. Pero a México lo empecé a conocer muchos años atrás a través de los ojos de mentes lúcidas que salieron de sus países en condiciones difíciles y fueron acogidas aquí. Desde un principio me hablaron de un pasado fecundo y diverso, de un horizonte dilatado y promisorio pero también de un presente desafiante, y con frecuencia contradictorio. México como un espacio de hombres y mujeres que sueñan y se abren camino de manera creativa en un entorno heterogéneo y cambiante.
Una de estas mentes lúcidas fue Norbert Lechner, un politólogo alemán que hasta el último momento de su vida se dedicó a proponerle rumbo al anhelo democrático latinoamericano. Vivió y trabajó en México durante cuatro años. Al analizar las complejas circunstancias de la región, Lechner entendió de manera profunda el papel de primer orden que habrían de jugar los ciudadanos en la construcción de los espacios democráticos. Entendió la importancia de vincular la percepción de los ciudadanos con los desafíos planteados por la realidad social latinomericana. Una sintonía que debería buscarse con más empeño en los tiempos de poderosas transformaciones como las que está viviendo el mundo globalizado de hoy. Cuando los tiempos se aceleran, planteaba Lechner, ya no se está viviendo una “época de cambios” sino un verdadero “cambio de época” que trastoca los valores y las representaciones sociales. Ante el derrumbe de lo viejo y el despunte de lo nuevo, pueden surgir miedos y malestares colectivos pero también oportunidades fundadoras, espacios para la inventiva, la creatividad y la audacia.

Un “cambio de época” es lo que vivía el mundo, esta semana hace exactamente 60 años, cuando un grupo de 51 países formalizó la creación de la Organización de las Naciones Unidas. En la estela de horror y destrucción dejada por la Segunda Guerra Mundial, nació una institución fundada en la aspiración a la paz colectiva y en el respeto a los derechos humanos fundamentales. La nueva arquitectura del orden mundial partió del derrumbe del anterior pero se nutrió de un cambio paradigmático en los valores que a partir de ese momento empezaron a guiar las relaciones internacionales.

Por esos años México vivió su propio “cambio de época”. Las instituciones emanadas del periodo revolucionario se encontraban en fase de consolidación y proponían nuevos enfoques para abordar la compleja realidad nacional. Como señalara el filósofo Samuel Ramos: “En esos momentos los mexicanos se dan cuenta de la ignorancia acerca de la propia realidad y se les impone la urgencia de observarla y conocerla tal como es”. El desarrollo del país se coloca entonces a la cabeza de las prioridades colectivas. Al tiempo que se concentra en los asuntos nacionales e inventa un discurso eminentemente nacionalista, México se abre al mundo. No sólo se convierte en un importante punto de referencia del pensamiento y el arte a nivel mundial, sino que se erige en protagonista de la reconstrucción del sistema internacional. Como escribirá más tarde Octavio Paz: “Por primera vez en la historia, (los mexicanos) somos contemporáneos de los demás hombres”.

México forma parte de la génesis misma del sueño que tiene como fecha de arranque el 24 de octubre de 1945 con la entrada en vigor de la Carta de las Naciones Unidas. En plena Guerra Mundial, el 14 de junio de 1942, es uno de los países firmantes del llamado “Pacto de las Naciones Unidas” que fijó las bases de la organización cuyo cumpleaños número 60 celebramos hoy. México se da cuenta que tiene un rol geoestratégico que jugar y lo asume con entusiasmo. Su compromiso y generosidad quedarán patentes en los numerosos programas de cooperación técnica que a partir de los años sesenta impulsará en el continente americano y en otras latitudes, en ámbitos que van desde la educación hasta la medicina, pasando por la aviación civil.

La participación de México influye en el curso mismo de los acontecimientos. En los primeros pasos de la ONU, participan mexicanos ilustres que saben leer el “cambio de época” y contribuyen a moldear el futuro de ese pasado no tan remoto. Es el caso de Víctor Urquidi, brillante economista que se integró a temprana edad en el equipo que organizaría la histórica conferencia de Bretton Woods en 1944, que sentó las bases económicas y financieras de la nueva arquitectura mundial.

Como mexicano visionario, Urquidi argumentó desde entonces que en la conformación de las nuevas instituciones multilaterales debía darse tanta atención al desarrollo como a la reconstrucción. Esta última, orientada a los países afectados por la Segunda Guerra Mundial, sería de naturaleza transitoria. Por el contrario, afirmaba Urquidi, el impulso al desarrollo, tendría un carácter permanente.

La huella de Urquidi calaría hondo en agencias de la ONU como la CEPAL. Allí participaría de manera muy activa en la definición de un modelo económico que proponía la protección del mercado interno y la sustitución de importaciones como la vía para que la región latinoamericana diera un gran salto histórico; uno que la hiciera pasar de exportadora de materias primas a industrial y desarrollada.
Han pasado 60 años desde aquellos tiempos de aventura colectiva y no es exagerado decir que hoy, a principios del Siglo XXI, nos encontramos ante una nueva encrucijada, ante un nuevo “cambio de época”. Como bien lo ha señalado el Secretario General de las Naciones Unidas, Kofi Annan: “Con la perspectiva de nuevas amenazas y de las nuevas formas que adoptan amenazas ya conocidas, existe (...) el deseo de un nuevo consenso en que pueda basarse la acción colectiva.”

Está claro que el mundo de hoy poco tiene que ver con el que vio nacer a las Naciones Unidas en 1945. La globalización, el cambio climático, el terrorismo, las migraciones, los avances tecnológicos han llevado a la comunidad internacional a enfrentar encrucijadas a la vez más complejas y riesgosas.

En su informe previo a la cumbre de líderes mundiales de septiembre pasado, titulado Hacia un concepto más amplio de libertad, Kofi Annan relaciona entre sí lo que considera nuestros tres mayores desafíos como aldea global: Vivir sin miseria, vivir sin temor y vivir en dignidad. Para lograr estos objetivos lo que se necesita es más seguridad, más desarrollo, y más derechos humanos.

En este inicio del siglo XXI resulta inevitable asociar la ya de por sí desafiante problemática del desarrollo con aquella que surge de la seguridad. Sin seguridad colectiva y de las personas no puede haber desarrollo humano. El ser humano necesita gozar de un espacio libre de amenazas, incluidas aquellas que provienen de la naturaleza, para poder desarrollarse plenamente y viceversa: mientras existan el hambre, la marginación y una parte de la humanidad carezca de lo más elemental para vivir con dignidad, no es factible pensar en un mundo en paz. Por otro lado, mientras no sean respetados los derechos humanos en su sentido más lato, no se podrá garantizar el desarrollo de las personas. Esta visión está plasmada en la Declaración del Milenio, impulsada en el año 2000 por todos los países miembros de la ONU, y hoy en día una referencia obligada, en particular a través de los Objetivos de Desarrollo del Milenio.

Como en 1945, México ha demostrado su compromiso solidario ante este nuevo “cambio de época”. Por citar un ejemplo me referiré a su papel desempeñado en la creación del “Grupo de amigos de la Reforma”. Esta iniciativa enriqueció de manera muy relevante el debate en torno a la indispensable adaptación del sistema multilateral internacional a la nueva época. También quisiera referirme a la enérgica postura de México en las negociaciones del Consejo de Seguridad sobre Irak. Su representante en ese entonces, Adolfo Aguilar Zinser, lideró con gallardía, templanza y brillantez una opinión que buscaba una salida negociada. Aguilar Zinser escribió historia y por eso quisiera homenajear aquí a su persona y a su notable trabajo a favor de la paz mundial. Por último quisiera mencionar el informe preparado por México para dar cuenta de sus avances en el cumplimiento de los Objetivos del Milenio y en el que plantea un interesante ejercicio para proponerse metas de país más exigentes. Se trata, sin duda, de una buena práctica a nivel internacional.

Aunque la cumbre de septiembre pasado arrojó esperanzadores resultados en áreas como los derechos humanos, los Objetivos del Milenio o la reconstrucción de los países en guerra, esta reunión no desembocó en una reforma tan amplia como cabía esperar. A un mes de distancia, parecería que la comunidad internacional optó por una lectura incompleta de los nuevos desafíos globales: se quedó en una “época de cambios” y no dio el salto hacia el “cambio de época” del que habló Lechner. Varios asuntos como el terrorismo, la proliferación de armas de destrucción masiva o la reforma interna de las Naciones Unidas, quedaron en el tintero. Con premura tendrán que volverse a plantear y estoy seguro de que cuando llegue ese momento, México seguirá acompañando e impulsando a las Naciones Unidas en su camino hacia un mundo más libre y por ende más seguro.

¿Qué puede esperar México de la ONU en este “cambio de época”? La respuesta más evidente es la posibilidad de actuar de manera colectiva ante los desafíos que nos aquejan a todos, llámense de seguridad, de medio ambiente, de migración, o de desigualdad. Hoy en día pocos se atreverían a cuestionar la necesidad de articular y coordinar a los países miembros de la ONU en el combate al terrorismo o el cambio climático. Desde la Organización de las Naciones Unidas se han emprendido numerosos esfuerzos para incorporar en la agenda global estas preocupaciones. México se ha sumado con entusiasmo y ha tomado decisiones de política pública en este sentido. Una de las responsabilidades del equipo del Sistema de Naciones Unidas en el país es justamente contribuir a que lo global sea relevante localmente.
Sin embargo, en México la ONU se enfrenta a un desafío adicional: acompañar a un país que está viviendo su propio “cambio de época”. Permítanme ilustrar este punto con un ejemplo. En 1994, México solicitó el apoyo de la División de Asistencia Electoral (DAE) de las Naciones Unidas en la observación de los comicios federales previstos para julio de ese año. Eran tiempos de desconfianza entre los diferentes actores electorales y entre la ciudadanía. Estaba en juego la credibilidad de los comicios y la propia legitimidad de las futuras autoridades electas. El sistema electoral mexicano era percibido dentro y fuera del país como un eslabón débil. En este contexto, se formó el Equipo Técnico de la ONU que trabajó junto con el Instituto Federal Electoral en un modelo de observación electoral que movilizó la participación de casi 90,000 personas.

A once años de aquel proceso electoral, México es para muchos países una referencia en materia electoral. Comicios tan delicados como los que se llevaron a cabo en Irak hace menos de un año o los que se van a realizar en Haití próximamente, han contado con la cooperación técnica de las autoridades electorales mexicanas. Cada año, el Instituto Federal Electoral imparte talleres y seminarios para funcionarios electorales en varios puntos del orbe. Esto es lo que yo llamaría un “cambio de época”.

El México de ayer ya no es. Y sin embargo, el México de mañana aún está en formación. El “cambio de época” al que se enfrenta el país entraña aún importantes desafíos. Cerrar la brecha entre los mexicanos que más tienen y los que menos es quizá el principal desafío. Como lo muestran los informes nacionales sobre desarrollo humano y otros estudios de las Naciones Unidas, la desigualdad en México tiene un componente individual pero también regional e institucional. Ingreso, educación, salud, seguridad y justicia han sido de acceso inequitativo y excluyente a lo largo de los años.

La preocupación por la desigualdad parte del hecho de que ésta vulnera los derechos fundamentales de las personas y su desarrollo humano y, a la postre, reduce el potencial de crecimiento de todo el país. En cualquier caso, la desigualdad dificulta la construcción de una democracia de ciudadanía. Una democracia de este tipo es la que busca la participación de los mexicanos y las mexicanas en los asuntos de la colectividad más allá de su cita periódica con las urnas. En materia de desigualdad, es necesario que en México se alcance un “cambio de época”.

México ha abierto a las Naciones Unidas un gran espacio para acompañar al país en sus desafíos. Agradezco en nombre de la Organización y de todos mis colegas de las veintiún agencias presentes en México la confianza depositada en las diversas y variadas labores que aquí realizamos. El terreno parece hoy particularmente fértil. Lo avanzado hasta ahora permite profundizar y focalizar el trabajo en algunas de las principales preocupaciones de la ciudadanía. Así lo demuestran los numerosos informes y proyectos de la ONU en México enfocados en áreas tan relevantes como los derechos humanos, la gobernabilidad, la cultura democrática, el medio ambiente, la equidad de género, la multiculturalidad o la prospectiva económica.

En los últimos 60 años, la ONU ha acompañado a México de la manera en que México ha acompañado a la ONU: con respeto, responsabilidad e iniciativa.

En Naciones Unidas hay plena conciencia del proceso histórico que vive el país. La diversidad y capacidad de inventiva que tanto admiraron aquellas mentes lúcidas que me develaron México tiene más vigencia que nunca. Hoy, trabajar con México significa mirar de frente a su riqueza cultural y social, a sus logros y enorme potencial económicos, pero también a su lacerante desigualdad. Trabajar con México significa reconocer la gran variedad de actores que representan formas distintas de entender, vivir y soñar al país. Trabajar con un país como México exige de nuestra organización enfocar su acción en los temas más complejos y los ámbitos más desafiantes. Celebrar 60 años de trabajo conjunto es una oportunidad para refrendar un vínculo que se enriquece cada día y que permite encarar solidariamente el “cambio de época”.

 
 
© Derechos reservados CINU, 2000  
Última actualización
20/04/06