Ha
llegado la hora de entablar un diálogo mundial
sobre los migrantes

Por Kofi A. Annan
Desde que se inventaron las fronteras nacionales, la gente
las ha cruzado, no sólo para visitar países
extranjeros sino para vivir y trabajar en ellos. Al hacerlo
casi siempre han asumido riesgos, impulsados por la voluntad
de superar adversidades y vivir una vida mejor.
Esas aspiraciones han sido siempre el motor del progreso
humano. Históricamente, la migración mejoró
el bienestar, no sólo de los propios migrantes
sino de la humanidad en su conjunto.
Y así sigue siendo. En un informe que hoy [martes
6 de junio] presento a la Asamblea General de las Naciones
Unidas, resumo varios estudios que indican que la migración,
al menos en los mejores casos, beneficia no sólo
a los propios migrantes sino a los países que los
reciben, e incluso a los países de donde proceden.
¿De qué modo?
En los países receptores, los migrantes recién
llegados realizan trabajos esenciales que quienes ya están
establecidos son reacios a hacer. Esos migrantes prestan
muchos de los servicios personales de los que dependen
las sociedades. Cuidan a los niños, los enfermos
y las personas mayores, recogen las cosechas, preparan
los alimentos y limpian los hogares y las oficinas.
Y no sólo realizan actividades de escasa cualificación.
Casi la mitad de los migrantes mayores de 25 años
que llegaron a los países industrializados en la
década de los 90 eran personas altamente cualificadas.
Cualificados o no, muchos son gente emprendedora que crea
nuevos negocios —desde tiendas de barrio abiertas
las 24 horas hasta empresas como Google. Otros son artistas,
intérpretes y escritores, que contribuyen a convertir
sus nuevos hogares en centros de creatividad y cultura.
Los migrantes también amplían la demanda
de bienes y servicios, contribuyen a elevar el producto
nacional y, en general, pagan más al Estado en
concepto de impuestos de lo que reciben en servicios sociales
y otras prestaciones. Y en regiones como Europa, donde
la población crece muy lentamente o permanece estancada,
los trabajadores jóvenes que llegan del extranjero
contribuyen a sanear sistemas de pensiones con problemas
de financiación.
En resumen, los países que aceptan a los migrantes
y consiguen integrarlos en sus sociedades están
entre los más dinámicos —económica,
social y culturalmente— del mundo.
Mientras tanto, los países de origen se benefician
de las remesas que los migrantes envían a sus hogares,
remesas que el año pasado ascendieron a unos 232.000
millones de dólares, de los cuales 167.000 millones
tuvieron como destino los países en desarrollo.
Esta cantidad supera el volumen conjunto de ayuda oficial
que prestan todos los países donantes, aunque,
evidentemente, no debe considerarse un sustituto de ese
tipo de ayuda. Las remesas benefician no sólo a
sus receptores inmediatos, sino también a quienes
suministran los bienes y servicios que se adquieren con
ese dinero. Como consecuencia de ello, aumenta el ingreso
nacional y se estimula la inversión.
Las familias en las que uno o más de sus miembros
trabajan en el extranjero gastan más en educación
y cuidados médicos en su país de origen.
Si son pobres
—como la familia que aparece en Le Mandat, ese clásico
del cine senegalés—, las remesas les permiten
ponerse en contacto con servicios financieros, como bancos,
cooperativas de crédito e instituciones de microfinanciación.
Por otra parte, los gobiernos son cada vez más
conscientes de que sus ciudadanos en el extranjero pueden
contribuir al desarrollo, por lo que están estrechando
sus vínculos con ellos. Al permitir la doble nacionalidad,
facilitar el voto en el extranjero, ampliar los servicios
consulares y colaborar con los migrantes para mejorar
sus comunidades, los gobiernos están multiplicando
los beneficios de la migración. En algunos países,
las asociaciones de migrantes están transformando
sus comunidades de origen mediante el envío de
remesas colectivas con las que se financian proyectos
de desarrollo a pequeña escala.
Los migrantes que prosperan suelen convertirse en inversores
en sus países de origen y sirven de ejemplo a otros,
que también hacen lo propio. Gracias a la cualificación
que adquieren, contribuyen también a la transmisión
de tecnología y conocimientos. El crecimiento de
la industria de programas informáticos de la India
se debe en buena medida al establecimiento de contactos
estrechos entre expatriados, migrantes que regresan y
empresarios indios, tanto dentro como fuera del país.
Tras trabajar en Grecia, los albaneses llevan de vuelta
a su país conocimientos agrícolas que les
permiten aumentar la producción. Y éstos
no son sino dos meros ejemplos.
Es evidente que la migración también puede
tener aspectos negativos, aunque, irónicamente,
algunos de sus peores efectos proceden de las medidas
destinadas a controlarla: son precisamente los migrantes
irregulares o indocumentados quienes están más
expuestos al contrabando, la trata y otras formas de explotación.
Es evidente que se producen tensiones cuando los residentes
y los migrantes tratan de adaptarse unos a otros, sobre
todo si sus creencias, costumbres o nivel de educación
son muy diferentes. Y es evidente que los países
pobres se resienten cuando ciudadanos con los conocimientos
que más necesitan —los profesionales de la
salud en África meridional, por ejemplo—
abandonan sus lugares de origen atraídos por los
mayores salarios y las mejores condiciones que se les
ofrece en el extranjero.
No obstante, los países están aprendiendo
a resolver esos problemas, y estarán aún
en mejores condiciones de hacerlo si trabajan juntos y
aprenden de sus respectivas experiencias. Ese es el objetivo
del “diálogo de alto nivel” sobre migración
y desarrollo que la Asamblea General celebrará
el próximo mes de septiembre. No se trata de pedir
a los países que cedan a nadie el control de sus
fronteras o sus políticas, ni se espera que ninguno
lo haga. Pero todos los países y los gobiernos
pueden beneficiarse de la discusión y el intercambio
de ideas. Por ello, confío en que el diálogo
de septiembre sea un punto de partida, más que
de llegada.
Mientras haya países, seguirá habiendo migrantes.
Por mucho que algunos se empeñen en lo contrario,
la migración es un fenómeno cotidiano. Por
tanto, no se trata de suprimirlo, sino de gestionarlo
mejor y con un mayor grado de cooperación y comprensión
por parte de todos. La migración dista de ser un
juego de suma cero: juntos podemos conseguir que redunde
en beneficio de todos.
Kofi
A. Annan es Secretario General de las Naciones Unidas