Violencia
contra la mujer
Por Louise Arbour
Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos
Humanos
La violencia contra la mujer es un fenómeno tan
extendido que el Secretario General de las Naciones Unidas
recientemente no escatimó palabras para definirlo
como “pandémico” y, por ello, “uno
de los más grandes desafíos de nuestra época”.
Cada día y en todos los lugares del mundo las vidas
y los derechos de millones de mujeres están en
peligro debido a abusos relacionados con cuestiones de
género. Y sin embargo, las medidas de prevención
y recurso efectivo han tardado en llegar. El 25 de noviembre,
un día dedicado a llamar la atención sobre
este tipo de violencia, ofrece también una oportunidad
para la reflexión sobre esta cuestión y,
lo que es más importante, sobre cómo hacer
frente de una forma efectiva a esta injusticia global.
Los
datos disponibles no sólo justifican sino que exigen
que haya un compromiso para la adopción de medidas
concretas. Las mujeres, en sus vidas cotidianas, en el
núcleo familiar, como ciudadanas, en su lugar de
trabajo o en busca de mejores oportunidades, en la paz
y en la guerra, en los campos de refugiados, se enfrentan
a una variedad de abusos que se sobreponen quedando a
menudo impunes. Un estudio llevado a cabo en 71 países
por la Organización Mundial de la Salud reveló
que la violencia dentro de la pareja afectó del
23 al 49 por ciento de las mujeres en la mayoría
de los lugares contemplados en el estudio. UNICEF informó
que, en la actualidad, 130 millones de niñas y
mujeres vivas hoy en día han sufrido mutilación
genital femenina. Según el Fondo de Población
de las Naciones Unidas, 5.000 mujeres mueren cada año
como consecuencia de los denominados “crímenes
de honor” cometidos por miembros de sus familias.
La violación y otros actos de violencia sexual
se han utilizado masivamente como instrumento de guerra
en Ruanda, Bosnia, Sierra Leona y otros lugares.
Y
ésta es sólo la punta del iceberg. Es difícil
la recopilación de información exhaustiva
sobre la violencia y los abusos contra la mujer, bien
por el estigma al que se asocia y el miedo a las represalias,
bien porque este tipo de violencia es ampliamente aceptado
como un hecho común y casi inevitable, y por ello
no digno ni de consideración ni de solución.
Aunque la violación, la mutilación genital,
el abuso doméstico y conyugal, y ciertos castigos
tradicionales como la lapidación y las quemaduras
tienen mas posibilidades de alcanzar o de llegar a los
titulares del momento y provocar indignación, el
infanticidio femenino, la selección prenatal del
sexo y la desatención sistemática de las
niñas quedan fuera del radar de las autoridades
nacionales e internacionales, y alejados del punto de
mira de los medios de comunicación y del público.
Sin
embargo es obvio que la discriminación y la pobreza
exponen a cientos de millones de niñas y mujeres
a este tipo de abusos colaterales. La consiguiente negación
de derechos básicos como el acceso a los servicios
de salud, a la vivienda, a la educación, a la alimentación
y al agua, así como a la propiedad, afecta masivamente
a las mujeres dejándolas sin los medios y las herramientas
necesarias para hacer valer sus derechos en igualdad.
Incluso
la globalización y la migración, que pueden
aumentar la capacidad de control de las mujeres sobre
su propia vida a través de la información,
el empleo y cierta capacidad económica, presentan
inconvenientes alarmantes. Como señalara el Secretario
General, los cambios sociales desencadenados por estos
fenómenos “han tendido a producir nuevas
formas de violencia contra la mujer, o agravado las existentes,
incluida la trata a escala mundial”. También
han generado nuevas formas de subordinación ya
que las mujeres tienen más probabilidades de encontrar
empleo en sectores industriales destinados sólo
a mujeres y de baja remuneración. Las mujeres migrantes
indocumentadas se encuentran en situaciones de particular
vulnerabilidad ante el abuso y tienen escaso acceso a
la protección y la reparación.
La
paradoja es que la mayoría de los Estados -a pesar
de los diversos enfoques y varias velocidades- han aceptado
ampliamente el marco de la normativa internacional que
aspira a prevenir, combatir y castigar la discriminación
y violencia contra la mujer. Decididamente, reconocen
que la igualdad y los derechos de la mujer protegidos
jurídicamente constituyen derechos humanos, lo
cual da a las mujeres el poder de decisión para
ostentar o demandar sus derechos, en lugar de hacerlas
beneficiarias pasivas de políticas discrecionales.
Desde 1979 en adelante, una red de instrumentos jurídicos
ha venido consolidando un sistema de protección
basado en sólida jurisprudencia. Además
el Estatuto del Tribunal Penal Internacional y de los
Tribunales Internacionales para la Antigua Yugoslavia
y Ruanda destacaron y afrontaron delitos de género
durante los conflictos armados.
Lamentablemente
la cada vez mayor claridad que aporta la legislación
internacional no se ha correspondido con la implementación,
políticas y prácticas de los Estados,
especialmente donde más importa, es decir, en las
vidas diarias de las mujeres de todo el mundo. Como resultado,
el patriarcado, a menudo reforzado por la presión
de grupos culturales y religiosos o por la competitividad
por el empleo, continúa dominando las relaciones
familiares y comunitarias.
La
abdicación del Estado respecto de su responsabilidad
de proteger los derechos
humanos de las mujeres es inaceptable, tanto si se debe
a una táctica como si es el
resultado de la negligencia o equívocos sobre prioridades
y valores. La incapacidad de responsabilizar a los agresores
de sus actos es especialmente inaceptable.
No
hay nada inevitable en materia de violencia contra las
mujeres y nada que ganar
desviando la mirada hacia el otro lado. Por el contrario,
hay muchas pruebas que
confirman que promover y defender los derechos humanos
de la mujer hace avanzar a las sociedades en su conjunto.
Lo que se requiere ahora no es sólo un día
de reflexión y más promesas retóricas
sino un liderazgo decisivo y un compromiso sostenible
en el tiempo para poner fin a las prácticas abusivas
y la discriminación que impiden avanzar a las mujeres.