60° Aniversario
de la Organización de las Naciones Unidas
Por Kofi A. Annan
Este
domingo se cumple el sexagésimo aniversario de la
firma de la Carta de las Naciones Unidas en 1945. Casi desde
ese momento se ha venido debatiendo aca-loradamente la “reforma”
de las Naciones Unidas.
Ello se debe a que el idealismo y las aspiraciones que suscitan
las Naciones Unidas siempre han superado los resultados
que han obtenido. Muy a menudo, no hemos estado a la altura
de las expectativas del mundo.
En los Estados Unidos, el debate actual se centra en dos
documentos del Con-greso: un informe preparado por un grupo
de trabajo integrado por miembros de los dos partidos y
encabezado por el ex Presidente republicano de la Cámara
de Diputa-dos, Newt Gingrich, y el ex senador demócrata
George Mitchell, y la “Ley de las Naciones Unidas”,
presentada por el diputado Henry Hyde y aprobada por la
Cáma-ra de Diputados el 17 de junio, que establece
un vínculo entre una larga lista de re-formas y la
posibilidad de que los Estados Unidos retengan sumas que
adeudan a las Naciones Unidas.
Hay numerosos aspectos comunes entre una y otra fórmula,
al igual que entre ambas y algunas reformas que yo mismo
he propuesto o que, si me incumben, ya he puesto en marcha.
Y no es motivo de sorpresa: el deseo de un cambio es generaliza-do,
no sólo en los Estados Unidos sino en muchos otros
Estados Miembros de las Naciones Unidas, así como
entre muchos funcionarios de la Organización.
Todos queremos que la gestión en las Naciones Unidas
sea más transparente y responsable, y que sus mecanismos
de supervisión sean más potentes e independientes.
Todos desearíamos que la Asamblea General simplificara
su programa y su es-tructura de comisiones, de modo que
el tiempo y los recursos se dediquen a abordar cuestiones
candentes y no a aplicar resoluciones aprobadas hace años
en un contexto político diferente.
Todos ansiamos hacer del mecanismo de derechos humanos de
las Naciones Unidas un instrumento más digno de crédito
y de mayor autoridad, concretamente sustituyendo a la presente
Comisión de Derechos Humanos por un Consejo de Dere-chos
Humanos, cuyos miembros darían el ejemplo mediante
la aplicación de las normas que se les ha encomendado
mantener.
Todos desearíamos que se estableciera en las Naciones
Unidas una Comisión de Consolidación de la
Paz, que coordinara y apoyara la labor de los países
que prestan asistencia en la transición de la guerra
a la paz, de modo que no se repita la peligrosa recaída
en la anarquía que observamos en el Afganistán
antes de 2001 y más recientemente en Haití,
así como en varios países africanos.
Y todos queremos imponer normas de conducta más estrictas
en las misiones de las Naciones Unidas para el mantenimiento
de la paz, especialmente para poner fin al abuso y la explotación
sexuales.
Estos son sólo algunos de los muchos ejemplos. Estoy
convencido de que esta convergencia de expectativas nos
ofrece, quizás por primera vez en 60 años,
una oportunidad de acortar la distancia entre las aspiraciones
y los resultados obtenidos.
Las diferencias existentes —no tanto entre las Naciones
Unidas y los Estados Unidos como entre la Ley Hyde y las
demás propuestas formuladas— guardan rela-ción
con dos aspectos básicos: el método que ha
de emplearse para efectuar la re-forma y el contexto mundial
en que la reforma de las Naciones Unidas cobra tanta importancia.
Para el Sr. Hyde y sus colegas, la reforma sólo puede
lograrse si se amenaza con reducir draconiana y unilateralmente
la contribución de los Estados Unidos al presupuesto
de las Naciones Unidas.
A mi juicio, ese planteo es sumamente erróneo y,
de adoptarlo el Gobierno de los Estados Unidos en su conjunto,
su efecto contraproducente sería desastroso: rompería
la coalición reformista entre los Estados Unidos
y otros Estados Miem-bros, cuya presión colectiva,
de otra manera, permitiría hacer realidad las reformas.
Las Naciones Unidas son una asociación de Estados
soberanos que acordaron, al ratificar la Carta, compartir
los gastos de la Organización “en la proporción
que determine la Asamblea General”. La escala de cuotas,
que determina la parte que co-rresponde a cada Estado Miembro,
se renegocia cada seis años, y todos los años
la Asamblea General aprueba una resolución —invariablemente
apoyada por los Esta-dos Unidos— en que se exhorta
a todos los Miembros a pagar sus cuotas de forma puntual,
íntegra e incondicional.
Así pues, para hacer cambios o reformas hay que negociar
acuerdos con otros Estados Miembros.
Como señaló el grupo de trabajo Gingrich-Mitchell,
“para surtir efecto, la di-plomacia estadounidense
debe forjar una coalición fuerte que cuente con Estados
Miembros clave de diversas regiones y grupos ... muchos
de los cuales comparten el vivo deseo de los Estados Unidos
de reformar a las Naciones Unidas de modo que se convierta
en una organización eficaz”. Esa coalición
no se forjará si una nación amenaza reducir
su propia contribución de forma unilateral. Otros
Estados no acep-tarán ese planteo intimidatorio.
Por fortuna, la propuesta de Hyde no cuenta con el respaldo
del Gobierno ni siquiera del grupo de trabajo.
Ahora bien, el contexto mundial es aún más
importante. Las Naciones Unidas no existen en el vacío,
ni porque sí. Son un foro en el que todos los pueblos
del mundo pueden reunirse para encontrar soluciones comunes
para sus problemas co-munes y, cuando así lo desean,
la Organización es también un instrumento
para lle-var a la práctica esas soluciones.
Es indudable que hoy en día hay más problemas
mundiales comunes, o al me-nos el mismo número, que
cuando se fundaron las Naciones Unidas.
Entre los más preocupantes figura la proliferación
de grupos terroristas y de armas de destrucción en
masa, así como el peligro de que esas armas caigan
en ma-nos de esos grupos.
Estas gravísimas amenazas acechan a las personas
de los países ricos y los paí-ses pobres por
igual. Que la Conferencia de Examen del Tratado sobre la
no prolife-ración de las armas nucleares no haya
podido encarar esos peligros parece increí-blemente
irresponsable. Espero que los dirigentes políticos
del mundo se dispongan a afrontar la cuestión, con
mucha mayor urgencia.
Para abordar estas cuestiones necesitamos, entre otras cosas,
un Consejo de Seguridad más sólido y representativo.
No obstante, las amenazas que parecen más inmediatas
a muchas personas de los países pobres son las de
la pobreza, la enfermedad, la degradación del medio
ambiente, el mal gobierno, los conflictos civiles y, en
algunos casos —es inevitable pensar en Darfur—,
la utilización de las violaciones, los saqueos y
las matanzas en masa para expulsar a poblaciones enteras
de sus hogares.
Sólo avanzaremos si afrontamos todas estas amenazas
a la vez. No es razona-ble que una nación espere
que la cooperación se oriente hacia las cuestiones
que más le importan, a menos que, a cambio de ello,
esté dispuesta a ayudar a otras a ocuparse de sus
prioridades. Además, como señaló el
grupo de alto nivel sobre la re-forma de las propias Naciones
Unidas, las amenazas de diferentes tipos están estre-chamente
interrelacionadas. La negligencia y el mal gobierno permitieron
que los terroristas encontraran refugio en el Afganistán.
El caos reinante en Haití provocó intentos
de emigración masiva hacia la Florida. Y los sistemas
de salud deficientes de los países pobres quizás
faciliten la propagación espontánea, o incluso
delibera-da, de enfermedades como la gripe aviar de un continente
a otro.
Así pues, el desarrollo y la seguridad están
interconectados y ambos a su vez están vinculados
con los derechos humanos y el imperio de la ley. El principal
obje-tivo de mi informe titulado “Un concepto más
amplio de la libertad” era sugerir me-didas que todas
las naciones en colaboración pueden y deberían
adoptar, para pro-gresar en todos estos ámbitos y
hacer de las Naciones Unidas un instrumento más eficaz
para lograr ese progreso.
Las decisiones podrán adoptarse en septiembre, cuando
se reúnan en la Sede de las Naciones Unidas para
la cumbre mundial de 2005 dirigentes políticos de
todo el mundo, más de 170 de los cuales ya han señalado
que asistirán a la cita.
Es muchísimo lo que está en juego. Tal vez
tarde en volver a presentarse la oportunidad de forjar una
respuesta común para las amenazas comunes. En ese
con-texto, y por ese motivo, es tan acuciante la necesidad
de reformar y reforzar las Na-ciones Unidas.
El Sr. Annan es Secretario General de las Naciones Unidas.
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