POR QUÉ NUESTRO MUNDO NECESITA
ADMINISTRAR MEJOR LAS MIGRACIONES
Por: Kofi Annan
Enero 2004
La inmigración
constituye uno de los principales desafíos que la
Unión Europea ampliada deberá afrontar en
los años y decenios venideros. Si las sociedades
europeas están a la altura de las circunstancias,
la inmigración redundará en su propio enriquecimiento
y fortalecimiento. Si no es así, pueden enfrentarse
a un retroceso de sus niveles de vida y a una fractura social.
No cabe ninguna duda de que las sociedades
europeas necesitan inmigración. Los europeos viven
cada vez más y tienen menos hijos. Sin inmigrantes,
la población de una Unión Europea que pronto
contará con 25 Estados miembros disminuirá
y pasará de los 450 millones que tiene en la actualidad,
aproximadamente, a menos de 400 millones en 2050.
La Unión Europea no es la única
afectada por este problema. El Japón, la Federación
de Rusia y la República de Corea, entre otros, se
verán posiblemente en una tesitura similar caracterizada
por la regresión de la economía y el estancamiento
de la sociedad, con unos puestos de trabajo que no se pueden
cubrir y unos servicios que no se pueden prestar. La inmigración
no puede resolver por sí sola estos problemas, pero
sí representa una parte esencial de cualquier solución.
Aún en países sin estos problemas demográficos,
los inmigrantes pueden constituir motores del crecimiento
económico y agentes del dinamismo social
Podemos tener la certeza de que las personas
seguirán queriendo venir a vivir en países
desarrollados. En el desigual mundo actual, un vasto número
de asiáticos, africanos y latinoamericanos carecen
de oportunidades para mejorar su condición, oportunidades
que la mayoría de las personas en los países
ricos dan por sentadas. Anhelan una nueva vida en una tierra
de oportunidades, al igual que el potencial del nuevo mundo
atrajera otrora a decenas de millones de europeos empobrecidos
pero emprendedores.
Todos los países tienen derecho
a decidir si admiten a inmigrantes voluntarios (en contraposición
a los refugiados de buena fe, a quienes el derecho internacional
brinda protección), aunque sería poco sensato
que los países ricos les cerraran sus puertas. Ello
no sólo redundaría en perjuicio de sus perspectivas
económicas y sociales a largo plazo, sino que también
provocaría que un creciente número de personas
tratara de entrar por la puerta trasera, es decir, solicitando
asilo político (sobrecargando así un sistema
concebido para proteger a los refugiados que han huido ante
el miedo a la persecución) o recurriendo a los servicios
de traficantes y poniendo a menudo su vida o su integridad
física en peligro en desesperados periplos clandestinos
a bordo de barcos, camiones, trenes o aviones.
La inmigración ilegal es un problema
real y los Estados han de aunar sus fuerzas para ponerle
coto, en particular adoptando medidas enérgicas contra
los traficantes cuyas redes delictivas organizadas explotan
a las personas más vulnerables y socavan las bases
del Estado de derecho. Con todo, la lucha contra la inmigración
ilegal debería formar parte de una estrategia de
mucho mayor alcance. Los países deberían aportar
unos cauces efectivos para la inmigración legal procurando
sacar provecho de sus beneficios y salvaguardando al mismo
tiempo los derechos humanos básicos de los inmigrantes.
Los países pobres también
pueden beneficiarse de las migraciones. En 2002, los emigrantes
enviaron a los países en desarrollo remesas por valor
de 88.000 millones de dólares -un 54% más
que los 57.000 millones de dólares que recibieron
esos países en concepto de asistencia para el desarrollo.
Por consiguiente, las migraciones son
una cuestión de interés para todos los países
y que requiere una mayor cooperación internacional.
La Comisión Mundial sobre las Migraciones Internacionales,
recientemente constituida y copresidida por destacadas personalidades
públicas de Suecia y Sudáfrica, puede contribuir
al establecimiento de normas y mejores políticas
internacionales que permitan regular las migraciones en
beneficio de todos. Tengo plena confianza de que aportará
buenas ideas y es de esperar que éstas reciban el
apoyo tanto de los países que "envían"
emigrantes como de los países que los reciben
La administración de las migraciones no es sólo
una cuestión de abrir puertas y aunar fuerzas en
el plano internacional; también es preciso que cada
país redoble sus esfuerzos para integrar a los recién
llegados. Los inmigrantes se han de adaptar a sus nuevas
sociedades y éstas deben también adaptarse
a ellos. Sólo una estrategia imaginativa de integración
permitirá que los inmigrantes constituyan un factor
de enriquecimiento para la sociedad que los acoge, en lugar
de un factor de desestabilización.
Si bien cada país abordará
esta cuestión en función de su carácter
y cultura propios, es preciso tener siempre presente la
enorme contribución que aportaron millones de inmigrantes
a las sociedades europeas modernas y por cierto, a otras
sociedades en todo el mundo. Muchos de ellos han resultado
líderes en el gobierno, la ciencia, los medios académicos,
el deporte y las artes. Otros, aunque menos famosos, desempeñan
un papel igualmente fundamental. Sin ellos, numerosos sistemas
sanitarios no contarían con personal suficiente,
muchos padres no tendrían la ayuda doméstica
que necesitan para dedicarse a sus actividades profesionales
y no se cubrirían numerosos puestos de trabajo que
prestan servicios y generan ingresos. Los inmigrantes son
parte de la solución, no parte del problema
En consecuencia, todos los que tengan
interés por el futuro de Europa y por la dignidad
humana deberían adoptar una posición contra
la tendencia de convertir a los inmigrantes en el chivo
expiatorio de los problemas sociales. La inmensa mayoría
de los inmigrantes son diligentes, valerosos y decididos.
No quieren que se lo den todo hecho, sino una justa oportunidad
para ellos y sus familias. No son delincuentes ni terroristas,
sino personas respetuosas de la ley. No quieren vivir aislados,
sino integrarse preservando su identidad.
En este siglo veintiuno, los emigrantes
necesitan a Europa y Europa necesita a los inmigrantes.
Una Europa de puertas cerradas sería más mezquina,
más pobre, más débil y más vieja.
Una Europa de puertas abiertas será más justa,
más rica, más fuerte y más joven, siempre
que Europa aborde debidamente la inmigración
El autor es el Secretario-General
de las Naciones Unidas. El artículo está basado
en un discurso pronunciado ante el Parlamento Europeo el
29 de enero de 2004.
|