La ciencia al servicio de todas las naciones
Por: Kofi Annan
Febrero 2004
En el mundo del siglo XXI, todas las
naciones encaran problemas apremiantes relacionados con
la ciencia y la tecnología. ¿Cómo estimular
el crecimiento en una economía de la información?
¿Cómo prevenir los daños al medio ambiente
mundial y regional? ¿Cuál es la mejor manera
de introducir nuevas tecnologías beneficiosas, frustrar
los actos de terrorismo o reaccionar con rapidez ante la
propagación de nuevas enfermedades? En la actualidad,
ninguna nación que desee formular políticas
bien fundamentadas y adoptar medidas eficaces en relación
con esas cuestiones puede darse el lujo de no crear una
capacidad científica y tecnológica propia
e independiente.
En la Cumbre del Milenio, celebrada en septiembre de 2000,
los dirigentes mundiales aprobaron la Declaración
del Milenio, consistente en un conjunto de objetivos comunes
centrados en los pro-blemas fundamentales de nuestro tiempo.
Ocupan un lugar primordial en esa Declaración los
ocho objetivos de desarrollo del Milenio (www.un.org/millenniumgoals),
los cuales van desde reducir en un 50% los niveles de pobreza
extrema hasta detener la propagación del VIH/SIDA
y asegurar el acceso universal a la enseñanza primaria,
y cuyo plazo de cumplimiento se fijó en 2015. Se
trata de un conjunto de objetivos simples pero convincentes
que cualquier hombre o mujer, lo mismo en Nueva York que
en Nairobi o Nueva Delhi, puede apoyar y comprender sin
dificultad.
Sin embargo, hasta el momento, el avance hacia el logro
de esos objetivos ha sido dispar en el mejor de los casos.
Ello responde a muchas razones, en particular el crecimiento
lento de la economía mundial, la lentitud con que
avanzan las reformas en los países en desarrollo
y el apoyo insuficiente de los países desarrollados.
Lo que se necesita es una asociación verdadera entre
los países desarrollados y los países en desarrollo,
una asociación que incluya la esfera de la ciencia
y la tecnología. La cooperación entre las
comunidades científicas y tecnológicas de
distintos países y regiones generaría una
enorme reserva colectiva de conocimientos y especialistas.
Si todas las naciones tuvieran acceso pleno a esa comunidad
científica mundial más amplia y la oportunidad
de crear una capacidad científica independiente,
su público podría entablar un diálogo
franco sobre los beneficios y riesgos de las nuevas tecnologías,
como los organismos modificados genéticamente o la
nanotecnología, y se podrían adoptar decisiones
bien fundamentadas respecto de su introducción en
nuestras vidas.
Tenemos la suerte de vivir en una era que abre a todas las
naciones nuevas oportunidades de participación en
la gran aventura de la ciencia y la tecnología. En
todas partes se están concibiendo nuevos modelos
de programas de enseñanza cien-tífica con
el propósito de mejorar las oportunidades de educación,
como el Programa Amigos de la Ciencia en Chile (www.gener.cl/comunidad/ciencia.shtml),
en el marco del cual se enseña ciencias a niños
de familias pobres y se les alienta a que cursen estudios
científicos en el nivel secundario, o el modelo de
reforma de la enseñanza científica del National
Science Resources Center de los Estados Unidos (www.si.edu/nsrc),
según el cual los estudiantes pueden vincular de
manera práctica sus nuevos conocimientos con la vida
cotidiana. Nuevas formas de comunicación permiten
hoy día que científicos de las naciones menos
adelantadas colaboren en ac-tividades de investigación
con colegas de países vecinos o situados al otro
lado del mundo. Por ejemplo, la Science and Development
Network (Red para la ciencia y el desarrollo), con sede
en Londres (www.SciDev.net) ofrece información actualizada
sobre temas científicos al mundo en desarrollo y
fomenta redes regionales de insti-tuciones.
Esas iniciativas son alentadoras, pero se necesita más.
Para alcanzar esos objetivos es preciso que explotemos al
máximo la creatividad y la capacidad de iniciati-va
e innovación humanas. En un informe reciente, titulado
Inventing a Better Future: A Strategy for Building Worldwide
Capacities in Science and Technology (www.interacacademycouncil.net/streport),
se proponen nuevas iniciativas para fortalecer las capacidades
científicas nacionales de todos los países
y fomentar la cooperación mundial. Fue preparado
por un grupo de estudio internacional, integrado por prestigiosos
científicos, convocado por el nuevo Consejo InterAcademias,
un órgano establecido en parte en respuesta a mis
llamamientos a las academias científicas nacionales
para que movilizaran a sus mejores científicos y
proporcionaran conocimientos y asesoramiento especializados
a las Naciones Unidas y otras organizaciones internacionales.
En el informe se recomienda que cada nación formule
una estrategia científica y tecnológica que
refleje las prioridades locales, en particular el apoyo
a la ciencia pura, la educación y la capacitación
que le permita tener compe-tencia local en determinadas
esferas de prioridad nacional. En él se sugiere que
las naciones en desarrollo asignen como mínimo entre
el 1% y el 1,5% de su producto interno bruto al fortalecimiento
de la capacidad científica y tecnológica.
En el segundo informe del Consejo, cuya presentación
se ha previsto para el próximo verano, se incluirán
recomendaciones concretas sobre el aprovechamiento de la
ciencia y la tecnología para aumentar la productividad
agrícola en África. A cargo de su preparación
está un grupo de expertos de África y otras
regiones quienes trabajan juntos en el examen de un problema
crucial para la vida de cientos de millones de africanos.
Estas iniciativas del Consejo InterAcademias demuestran
que el espíritu de asociación mundial se mantiene
vivo y vigoroso en las comunidades científicas del
mundo. Confío en que sigamos aprovechando el impulso
generado y logremos extenderlo hacia otras esferas de la
actividad humana.
(Kofi Annan es el Secretario
General de las Naciones Unidas)
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