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"Redefinir
la Seguridad"
Por: Sergio
Vieira de Mello, Alto Comisionado de Naciones Unidas para
los Derechos Humanos
La
preponderancia militar de Estados Unidos y Gran Bretaña
no debe inducirnos a pensar que la estabilidad internacional
pueda garantizarse por la fuerza. Si el sistema internacional
quiere basarse en algo distinto al poder, los Estados tendrán
que volver a la institución que construyeron: Naciones
Unidas. Esta institución se enfrenta a una grave crisis.
Debemos encontrar formas de resolverla o afrontar consecuencias
terribles. Los debates acerca de Irak antes de la guerra y
ahora en el período subsiguiente han demostrado que
las potencias del mundo son incapaces de hablar entre si en
un lenguaje común. Esto se ha visto de la manera más
dramática en las instituciones globales. Desde el principio
de Naciones Unidas, el Consejo de Seguridad ha sido responsable
de la seguridad, y la Comisión de Derechos Humanos
ha aspirado a proteger los derechos humanos. Sin embargo,
en el caso de Irak, el Consejo ha sido, y al parecer sigue
siendo, incapaz de ponerse de acuerdo acerca de la seguridad
y del papel de Naciones Unidas. De modo similar, la Comisión
de Derechos Humanos, que se aproxima al final de su período
de sesiones anual de seis semanas, está demostrando
ser casi incapaz de discutir sobre los derechos humanos.
Existe
una forma de renovar, o de redescubrir, un lenguaje común
que nos pudiera sacar del actual punto muerto? Yo creo que
si la hay, siempre que podamos cambiar de forma radical la
relación entre la seguridad y los derechos humanos.
El debate del Consejo de Seguridad, versó sobre las
armas de destrucción masiva, una cuestión clásica
de seguridad, y sumamente familiar para el Consejo de Seguridad
desde su inicio. Fueron incapaces o les faltó la voluntad
de imaginar que su mandato se extendiera más allá
de esa estrecha base. El debate del Consejo no trató
sobre las muchas otras cuestiones de interés evidente
para los miembros, como la falta de democracia en Irak o los
horrores sistemáticos infligidos por su Gobierno a
los oponentes políticos, reales o imaginados. El Consejo
de Seguridad se vio incapaz de hablar acerca de un tema más
amplio, que era cómo ocuparse de los peligros de seguridad
planteados por un Gobierno que violaba flagrantemente los
derechos humanos de sus ciudadanos y que, dada la tendencia
que tiene la brutalidad a forzar sus límites, a continuación
se dedicó a atacar a sus vecinos. Al final, la impresión
fue que los principales participantes en el debate hablaban
de una cosa mientras tenían otra en mente.
Quizá
los miembros del Consejo de Seguridad pensaron que sería
más propio abordar las cuestiones de derechos humanos
en la Comisión de Derechos Humanos. Pero en el actual
periodo de sesiones de la Comisión, muchos de los 53
Estados representados han estado alegando que ésta
no debería considerar la cuestión de Irak, puesto
que el Consejo de Seguridad ya lo estaba haciendo. Algunos
mantenían que los asuntos iraquíes tenían
que ver principalmente con la seguridad, no con los derechos
humanos, y por tanto debían seguir siendo competencia
del Consejo. Otra línea de argumentación sostenía
que los derechos humanos en Irak eran esencialmente una cuestión
relacionada con la guerra, dado el penoso coste de ésta
en vidas de civiles, y no de las violaciones de los derechos
humanos que precedieron durante largo tiempo al conflicto
bélico. Sin embargo, el deseo manifiesto de la mayoría
de los Estados, tanto en Ginebra como en Nueva York, ha sido
evitar abrir una discusión sobre los derechos humanos
en Irak. En las semanas anteriores al comienzo de la guerra
en Irak, hablé con muchos de los protagonistas del
debate del Consejo. Debería ser obvio, pero quizá
merezca la pena mencionar que ninguno de ellos sentía
animadversión hacia Naciones Unidas; ninguno quería
que el Consejo de Seguridad no alcanzase un consenso sobre
Irak. Lo que les faltaba era encontrar la manera de hablar
acerca del problema - enmarcarlo políticamente - de
forma que el Consejo de Seguridad pudiera alcanzar un consenso.
El atolladero en la Comisión de Derechos Humanos es
similar y quizás peor. Ambos foros de discusión
carecieron de un modo de conceptuar la seguridad en cuestión
de derechos humanos y reconocer que las violaciones graves
de los derechos humanos constituyen muy a menudo el núcleo
de la inseguridad interna e internacional.
No
es un problema nuevo. Consideramos la lista de los últimos
fracasos de Naciones Unida, muy especialmente su incapacidad
para evitar el genocidio en Ruanda y la masacre de Srebrenica.
Qué tenían estos en común? Eran emergencias
graves, más tarde horribles matanzas, cuya naturaleza
no encajaba en los esquemas conceptuales del Consejo de Seguridad
y ni siquiera en los de la Comisión de Derechos Humanos.
No eran amenazas a la seguridad internacional en el sentido
en que el Consejo las reconoce y entiende convencionalmente,
y la Comisión de Derechos Humanos tampoco fue capaz
de producir algún impacto en su terrible avance. Este
es el fracaso político distintivo de nuestra era: la
incapacidad de comprender la amenaza para la seguridad que
suponen las violaciones graves de los derechos humanos, y
la incapacidad de lograr consensos prácticos a la hora
de actuar contra la amenaza. Sin duda ahora podemos ver, al
contemplar la pérdida de miles de vidas en Irak, que
el precio de nuestro fracaso se está haciendo mayor.
Y ya era trágicamente alto.
Debemos
recurrir a los Estados miembros de Naciones Unidas, especialmente
a los que se sientan en el Consejo de Seguridad y sobre todo
a China, Francia, Rusia, el Reino Unido y EEUU para lidiar
con este fracaso y superarlo de alguna forma que se base en
el examen de sus responsabilidades, no de sus rivalidades.
Criticar a Naciones Unidas como tal por no alcanzar un consenso
sobre Irak es equivocarse de plano. Cuando los Estados miembros
enredan sus propias normas o desbaratan su propia arquitectura
política colectiva, es un error culpar a Naciones Unidas
o a su secretario general, cuyos buenos oficios no se emplean
lo bastante a menudo. Kofi Annan ha abogado incansablemente
en pro del consenso sobre estas cuestiones vitales, pero no
puede forzarlo. Y yo tampoco estoy en situación de
poder hacerlo en la Comisión de Derechos Humanos, cuyos
mandatos son llevados a cabo por mi oficina, pero que, yo
no dirijo ni controlo. En ambos lugares, el poder reside justamente
en los Estados miembros. Deben encontrar un modo de usarlo
para tratar los derechos humanos como factor esencial en la
seguridad interna e internacional.
Los
Estados miembros de Naciones Unidas tienen una oportunidad.
Con sus últimas acciones han puesto aún más
de manifiesto algunas de las carencias de la institución
que crearon (pero también puesto de relieve algunos
de sus puntos fuertes). Todos los Estados, especialmente los
miembros del Consejo de Seguridad, deberían aprovechar
esta oportunidad para examinar sus relaciones como es debido
y estudiar los medios que hay para llevar a cabo una reforma.
Las definiciones disfuncionales de la seguridad han revelado
su inutilidad en la crisis que envuelve actualmente a nuestro
mundo. Actualmente, el pueblo de Irak, que ha sufrido durante
tanto tiempo, es quien soporta principalmente el dolor, primero
de la guerra y ahora de una paz refutada y polémica.
Tiene que quedar claro que ha llegado la hora de que todos
los Estados redefinan la seguridad global, para situar los
derechos humanos en el centro de este concepto. Al hacerlo,
todas las naciones deben ejercer su responsabilidad de manera
acorde con su fuerza. Sólo entonces los Estados responsables,
en lugar de los meramente fuertes, serán capaces de
aportar una estabilidad duradera a nuestro mundo.
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