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Haití: esta vez no podemos equivocarnos


Por Kofi Annan

Marzo 2003

"¡Otra vez!". Ésta fue la reacción instintiva de muchos funcionarios de las Naciones Unidas y de varios gobiernos a comienzos de este año, cuando se hizo evidente que Haití, el país más pobre del hemisferio occidental, estaba deslizándose rápidamente hacia el caos y cuando empezó a hablarse de una nueva intervención internacional. Estábamos en la misma situación que hace diez años. En 1994, una fuerza multinacional, con la aprobación del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, entró en Haití y restableció en el poder al Presidente electo, Jean Bertrand Aristide. Seis meses después, las Naciones Unidas mismas tomaron la misión a su cargo. Se hizo un esfuerzo real pero, visto retrospectivamente, de muy corta duración para rehabilitar el país y permitirle mantener la estabilidad, en particular formando, equipando y entrenando una fuerza de policía profesional.


Sin embargo, la historia se repite. Para el 28 de febrero, cuando el Presidente Aristide se fue, la fuerza de policía se había desintegrado y el país estaba en realidad en manos de matones armados. Al día siguiente, el Consejo de Seguridad volvió a autorizar la intervención de Estados Miembros de las Naciones Unidas, pero dando ahora a las Naciones Unidas solamente tres meses para hacerse cargo del mantenimiento de la seguridad.


Un equipo preliminar de las Naciones Unidas está ahora en Haití para determi-nar qué hay que hacer y qué características debe tener la futura presencia de las Na-ciones Unidas. Podemos estar seguros de que la misión será compleja. El Consejo de Seguridad ha prometido asistencia humanitaria y económica, así como ayuda en materia de gestión pública, derechos humanos y la creación de un Estado de derecho.


Los problemas parecen ahora más abrumadores que hace diez años. Han proliferado las armas y el tráfico de drogas ha hecho pie en el país. Los haitianos están frustrados y se sienten decepcionados, tanto por la comunidad internacional como por sus propios dirigentes. Los sucesos de febrero han exacerbado la polarización y el resultado es que ahora es difícil formar un nuevo gobierno, que tanto los opositores como los partidarios del Sr. Aristide acepten como legítimo.


¿No tendríamos que haber comprendido ya que los problemas de Haití no pueden ser resueltos por extranjeros? En definitiva, éste es un país que acaba de cumplir el bicentenario de su emancipación de la esclavitud y el colonialismo. Durante un tiempo, a comienzos del siglo XX, Haití fue un protectorado de los Estados Unidos. ¿No habría ahora que permitirle que él mismo ponga la situación en orden? Esa idea es atractiva solamente en abstracto. En la realidad, Haití no puede poner su situación en orden y la consecuencia de dejarlo confiado a sus propios medios será una continuación o el empeoramiento del caos. El mundo globalizado de hoy no puede permitirse el lujo de que haya un vacío político de esa índole, ni en las montañas de Afganistán ni a la puerta misma de la única superpotencia restante.


Ahora es más difícil que antes no prestar atención al espectáculo del sufrimiento humano, pero la diferencia crucial con el pasado es que el caos ya no se puede contener dentro de las fronteras de un país. Tiende a propagarse y manifestarse en los movimientos de refugiados, el terrorismo o el tráfico ilícito de drogas, armas e incluso seres humanos. Nadie quiere intervenir pero, en última instancia, no hay otra alternativa.


A medida que nos preparamos para actuar, debemos tener presentes muchas lecciones del pasado.
Una es que no hay ninguna organización, donante o entidad internacional que pueda hacer todo por sí sola. En las Naciones Unidas debemos trabajar en estrecha colaboración con nuestros colegas de la CARICOM y la Organización de los Estados Americanos, adoptando un enfoque integrado común. Esas organizaciones han desempeñado un papel destacado durante la actual crisis. Tendrán que seguir trabajando en Haití, como asociados regionales, mucho después de que hayan partido los "cascos azules". Haití no debe volver a quedar aislado en su propia región como sucedió en el pasado.


Otra lección es la importancia de ocuparse efectivamente y pronto de quienes pueden hacer descarrilar el proceso. La experiencia adquirida en otros países que salen de situaciones de caos y conflicto nos enseña que la única forma de neutralizar la influencia de grandes grupos de individuos alienados y armados es, además de desarmarlos, darles oportunidades reales y trabajo en la economía civil. Sin crecimiento económico, las milicias se vuelven a constituir muy fácilmente y el ciclo de pobreza, violencia e inestabilidad vuelve a ponerse en marcha.


Sin embargo, la lección más importante es que no puede haber una salida rápida. Haití va a necesitar nuestros recursos y nuestro apoyo durante mucho tiempo. La crisis actual es resultado, por lo menos, tanto de un comportamiento irresponsable de la clase política haitiana como de las omisiones y deficiencias de los anteriores esfuerzos internacionales. Esto significa que un verdadero éxito incluirá la ayuda para permitir que surjan grupos políticos nuevos y más responsables, partiendo del papel desempeñado durante la crisis por la sociedad civil. Esto no se puede hacer rápidamente. Se necesita un esfuerzo a largo plazo -diez años o más- para ayudar a restablecer la policía y el poder judicial, así como servicios sociales básicos, como los de salud y educación.


Con demasiada frecuencia, crisis como ésta concentran nuestra atención sólo cuando son más acuciantes, cuando las imágenes de la televisión son conmovedoras, la violencia aterra y el sufrimiento de millones de personas es muy difícil de contemplar. En un país como Haití, únicamente con una participación sostenida junto al gobierno y la sociedad civil podremos construir las instituciones que permitan que la democracia eche raíz. Es mucho lo que está en juego, sobre todo para los haitianos, pero también para nosotros. Esta vez, no equivocarnos significa actuar de manera diferente. Ante todo, significa prestar atención y facilitar recursos internacionales durante un largo plazo.

Kofi Annan es el Secretario General de las Naciones Unidas.
11 de marzo de 2004.


Para consultas, diríjase a:
Edward Mortimer
Correo electrónico: mortimer@un.org

 
 
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Última actualización
30/08/04