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Es tiempo de hablar

  • Artículo de opinión por Kai Eide, Representante Especial del Secretario General de las Naciones Unidas de Afganistán.

Está en proceso la ofensiva militar más grande desde el 2002 en la provincia Helmand en Afganistán. Al mismo tiempo, se está llegando al consenso de que  no se puede alcanzar una solución de largo plazo a través de medidas militares. He abogado constantemente por la necesidad de preparar el terreno para un proceso político que pueda conducir a un acuerdo político. Es por ello que las operaciones militares deben realizarse de tal modo que no le cierren espacio a los esfuerzos para iniciar dicho proceso.

En la reciente Conferencia en Londres, más de 70 países y organizaciones acordaron crear un fondo fiduciario que ayudará a integrar a los Talibanes y a otros insurgentes para que acepten poner fin a los enfrentamientos. Aún se tienen que decidir los detalles sobre cómo funcionará este fondo, a quienes estará dirigido y cómo se proporcionarán los incentivos.

A mi parecer, este fondo fiduciario para la reintegración no es un “catalizador” por sí mismo como algunos sugieren; sin embargo, podría ser una herramienta importante si se combina con un proceso de reconciliación dirigido a quienes son parte de insurgencias por razones ideológicas más que económicas y si en algún punto dicho proceso involucra las estructuras políticas de la insurgencia. Desde hace tiempo he argumentado que si quieren resultados relevantes y sostenibles, tendrán que involucrar de manera adecuada a las personas con la autoridad pertinente.

No hay duda alguna de que existen combatientes que están del lado de la insurgencia debido a la falta de oportunidades económicas lícitas. Sin embargo, creo que tenemos una tendencia a exagerar el número de quienes luchan por estas razones. No debemos subestimar el número de aquellos que luchan motivados por ideología, resentimiento y sentimiento de humillación, además de los elementos delictivos. Con frecuencia, el origen de estas motivaciones se funda en la convicción de que el gobierno es corrupto e incapaz de mantener el Estado de Derecho y el orden, aunado a la percepción de la invasión extranjera, no sólo en términos militares, sino también en términos de faltas de respecto hacia la cultura, los valores y la religión en Afganistán. Ofrecer incentivos económicos puede ser percibido como un intento de comprar lealtades y convicciones y generar un mayor resentimiento. Un fondo de reintegración sin un proceso político puede fortalecer con facilidad a la insurgencia en lugar de debilitarla. A pesar de que pueda no sea difícil comprar a un joven desempleado, incluso si ello resultara insostenible, sí lo es comprar sus convicciones, su sentido de humillación o enajenación del poder.

El gobierno afgano y la comunidad internacional han establecido en repetidas ocasiones sus condiciones para llevar a cabo un proceso político. La base de estas condiciones es la aceptación y respeto de la Constitución Afgana. No se puede permitir que la insurgencia, a través de medios políticos,  lleve de vuelta al país a los años obscuros de la década de los noventas.  Quienes elijan reconciliarse deberán respetar los logros obtenidos desde el 2002 y aceptar las aspiraciones de la mayoría de los afganos para tener un Afganistán más pacífico y próspero, donde todos y cada uno de los afganos pueda disfrutar de los derechos adquiridos.

Las autoridades afganas deberán ser las encargadas de crear y conducir el proceso político y no puede ser impuesto por civiles o militares internacionales con escaso conocimiento sobre esta compleja sociedad. Sin embargo, la comunidad internacional deberá apoyar, en términos políticos y financieros, y facilitar a las autoridades afganas lo que requieran. Este proceso, cuando se lanzado, no será repentino ni tampoco producirá avances drásticos de la noche a la mañana; requerirá una sincronización cuidadosa entre actores clave.

Es probable que las invitaciones públicas para que la insurgencia se una al proceso de reconciliación encuentren rechazo. Iniciativas diplomáticas más cautelosas podrían dar resultados. Como en otros procesos de paz, medidas para fomentar confianza podrían ser adoptadas a fin de probar perspectivas para lograr un proceso más amplio. Eliminar individuos de la lista de sanciones de Naciones Unidas podría ser una de tales medidas. Cinco individuos ya han sido eliminados como resultado de una solicitud que realizó el gobierno afgano en enero. Medidas adicionales debieran considerarse. Otra medida para fomentar confianza debería ser la liberación de reclusos del centro de detención de los Estados Unidos en Bagram.

Sin embargo, dichas medidas deben de ser complementadas con la colaboración de la insurgencia. El compromiso de los talibanes de no atacar las instalaciones de salud ni las escuelas y facilitar asistencia humanitaria podrían ser las contribuciones iniciales. En su declaración después de la Conferencia en Londres, el líder de los Talibanes, Mullah Omar, declaró que estaba comprometido a proporcionar educación a todos los afganos. Los Talibanes deberán demostrar que esto es en serio con el cese de ataques a las escuelas. En el pasado, los Talibanes han facilitado el paso de asistencia humanitaria en áreas bajo su control, como los programas de vacunación, al menos de manera temporal, no obstante, deben de aumentar los esfuerzos para mejorar el acceso de esta ayuda. Tales medidas para fomentar confianza servirán para probar si es posible un proceso encaminado a un acuerdo político.

El Presidente Karzai anunció su intención de organizar una Jirga de paz a finales de esta primavera. El objetivo será doble: en primer lugar, consolidar un consenso nacional incluyente en torno a un proceso político. No se permitirá una política de reconciliación que genere nuevas líneas de fragmentación dentro de la sociedad afgana, a la par de las líneas étnicas. En segundo lugar, el proceso Jirga movilizará a líderes religiosos y comunitarios para la reconciliación. Este esfuerzo también deberá involucrar a la sociedad civil de Afganistán, incluyendo a los grupos de mujeres, para asegurar que se respeten los derechos de todos y que la reconciliación de algunos no se produzca a expensas de otros. La Jirga de Paz deberá ser más que un evento, deberá marcar el inicio de un proceso, un diálogo interno e incluyente, que permita a los líderes afganos abordar el proceso de reconciliación sabiendo que la sociedad afgana como tal lo respalda.

Asimismo, el involucramiento de los países vecinos, en especial Pakistán, será crítico. Una participación fuerte y genuina por parte de este país constituye la clave para el proceso de reconciliación.

La campaña militar continuará en las semanas y meses siguientes; sin embargo, no deberá conducirnos nuevamente a la militarización  de nuestra estrategia integral en Afganistán. Existe, en este momento en particular, una necesidad urgente de inyectar más oxígeno político a las áreas no militares de nuestra colaboración.


 

 

 

 

 


 

 
 
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Última actualización
5/01/09