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Municiones de Racimo

  • Artículo de opinión por John Holmes, Secretario General Adjunto de la ONU para Asuntos Humanitarios

En estos tiempos difíciles, necesitamos buenas noticias.  La decisión de cerca de 50 estados de firmar una Convención prohibiendo las bombas de racimo (cluster bombs), una de las armas más insidiosas del mundo, es definitivamente una buena noticia.  Esta Convención, programada para ser firmada en Oslo el 3 de diciembre, es una oportunidad para los gobiernos alrededor del mundo de salvar las vidas de innumerables civiles, en particular niños, y minimizar el sufrimiento innecesario. La decisión de estos países muestra claridad moral y liderazgo global.

El remover las bombas de racimo de los arsenales del mundo y de los campos de batalla es inmensamente importante desde la perspectiva humanitaria. Estas armas plantean graves riesgos para los civiles durante y después de los conflictos.

La bomba de racimo es un recipiente explosivo  de metal que al explotar libera una lluvia de sub-municiones a través de una franja amplia que puede cubrir hasta varios cientos de metros.  Cuando la bomba explota, puede destruir propiedad e infraestructura, y matar y mutilar a las personas en ésta área. Aunque originalmente su intención fue la de utilizarse contra blancos particulares como pistas de aterrizaje, en la actualidad se utilizan sin precisión ni discriminación alguna.

Algunas veces las sub-municiones no explotan, ya sea por diseño o por falla.  Muchas de ellas serán activadas mas adelante por vehículos, animales y personas, incluyendo granjeros, refugiados que regresan a sus hogares, trabajadores de ayuda humanitaria y personal de las operaciones de mantenimiento de paz de la ONU.  Las bombas de racimo se han utilizado en lugares como Afganistán, El Chad, Eritrea, Etiopía, Irak, Kosovo durante los últimos 30 años. Los restos letales de estos conflictos continúan contaminando los campos e hiriendo a los residentes de miles de comunidades hoy día.

En la Guerra del Líbano en 2006, las bombas de racimo fueron utilizadas por ambas partes del conflicto.  Cuando la guerra terminó, alrededor de 200,000 civiles dudaban en regresar a sus hogares en el Líbano, debido a la alta cantidad de sub-municiones sin explotar que se encontró en las áreas urbanas.  Sus ingresos – de por sí precarios- fueron reducidos aún más, debido a la gran cantidad de tierras de cultivo contaminadas con sub-municiones sin explotar.

Las bombas de racimo fueron utilizadas tan recientemente como en agosto pasado, en la breve guerra entre Rusia y Georgia, en Osetia del Sur.

A través del tiempo, han sido los civiles y no los soldados, quienes deben temer más esta arma.  Los niños en particular, son los más vulnerables.  Siendo curiosos por naturaleza, frecuentemente son atraídos por las formas inusuales parecidas a juguetes, por los colores de las cubiertas de las sub-municiones, los cuales pueden ser fácilmente confundidos por objetos para jugar.  Cuando las sub-municiones explotan, estos niños mueren o quedan marcados y traumados de por vida.
 
Aquellos países que firmaron y ratificaron la Convención de Oslo prohibirán inmediatamente el despliegue de las bombas de racimo existentes.  La Convención también llama a la destrucción de todas las reservas de estas armas en los próximos ocho años – una provisión importante que prevendrá que estas armas sean movidas de un país que las considere nocivas a otro que no las considere así.

Significativamente, este acuerdo no solo se preocupa por las víctimas futuras, sino que busca ayudar a aquellos que ahora sufren por estas municiones.  La Convención insiste en que los estados provean de apoyo médico, financiero y psicológico a los sobrevivientes y a todas aquellas personas afectadas por las bombas de racimo.  También declara que las tierras contaminadas con estas sub-municiones sin explotar deberán ser limpiadas dentro de los próximos diez años.

Esto sería particularmente bienvenido en países como Laos, Vietnam y Cambodia, los cuales fueron los primeros países que en sufrir por el uso de municiones de racimo en los años 1960s, y continúan cargando este peso más de 30 años después.  En Laos, por ejemplo, se estima que el 25% de la tierra del país es todavía muy peligrosa para utilizarse, debido a los remanentes de un estimado de 80 millones de sub-municiones sin explotar.  Las bombas de racimo en Laos aún cobran vidas, dificultan el cultivo seguro de la tierra, e impiden el desarrollo de una infraestructura.

Insto a todos los estados a firmar y ratificar la Convención en Municiones de Racimo y su implementación sin más demora.  Aún en aquellos estados que no están directamente involucrados en la producción y el uso de estas armas deberían ayudar a construir un fuerte consenso global contra su uso potencial en el futuro.  Está dentro de nuestro poder el prevenir futuras tragedias humanas que surjan del uso de las municiones de racimo.  Aprovechemos esta oportunidad.

El poder de convocación de la ONU, hoy en día, es el último “poder suave” en el planeta. La verdadera ONU convierte sus palabras en acciones.

 


 

 

 

 

 


 

 
 
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Última actualización
19/01/09