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Factor Estigma

  • Artículo de opinión por Ban Ki-moon, Secretario General de las Naciones Unidas

En la vida me ha tocado conocer muchas personas notables: presidentes, reyes, diplomáticos. Uno de los encuentros para mí más memorables, y sin duda el más conmovedor, tuvo lugar hace poco más de un año, cuando me reuní con un grupo de funcionarios de las Naciones Unidas infectados por el VIH.

Fue un momento revelador. Me impresionó su valentía, y más aún la forma directa en que me hablaron de su vida. De pronto vi el rostro humano del VIH y me pregunté qué podía hacer yo, cómo podía ayudar.

No pude dejar de recordar que en muchas partes del mundo, entre ellas Asia, los infectados por el VIH frecuentemente son víctimas de discriminación. Por ello me sentí tan orgulloso de mis colegas de las Naciones Unidas que se han hecho presentes y se han hecho oír, han desafiado el estigma y la discriminación y han contribuido a hacer de las Naciones Unidas un modelo de la respuesta apropiada al SIDA en el lugar de trabajo.

Esta semana, más de 20.000 activistas, académicos y encargados de la formulación de políticas se reunieron en México, D.F., para celebrar la 17ª Conferencia Internacional sobre el SIDA, inicio de lo que muchos han llamado una “nueva era” en la lucha contra la enfermedad. Por primera vez se ha reducido el número de nuevos infectados por el VIH y el número de los que mueren. Un informe reciente de 2008 del ONUSIDA muestra que ha habido progresos alentadores en la prevención del VIH en varios de los países más vulnerables gracias a la modificación del comportamiento sexual (particularmente entre los jóvenes) y al mejor acceso a tratamiento antirretrovírico.

No habría sido posible conseguir esos avances sin el apoyo enérgico de la comunidad internacional. El mes pasado en Hokkaido, las naciones del Grupo de los Ocho renovaron su promesa de esforzarse por alcanzar la meta del acceso universal al tratamiento del VIH para 2010. Más recientemente, el Presidente George W. Bush firmó legislación por la cual se dedican 48.000 millones de dólares a la lucha contra el SIDA, la tuberculosis y la malaria en los próximos cinco años. No obstante, debemos recordar que uno de los principales obstáculos que dificultan la respuesta mundial al SIDA es de orden psicológico.

Se trata del factor estigma. En mayor o menor medida, prácticamente en todo el mundo la discriminación sigue siendo un elemento cotidiano para los que viven con VIH. En una tercera parte de los países del mundo prácticamente no existen leyes que protejan los derechos de los afectados. En casi todos se permite por lo menos alguna forma de discriminación, por ejemplo, contra las mujeres y los niños que contraen la enfermedad, contra los homosexuales, contra las comunidades en peligro.

El estigma sigue siendo la barrera más importante que se opone a la acción pública. Es una de las principales razones por las que tantos temen acudir a un médico para determinar si han contraído la enfermedad o para recibir tratamiento, en caso afirmativo. El estigma contribuye a que el SIDA sea un asesino silencioso, por el temor al oprobio que acarrea hablar de la enfermedad o tomar precauciones sencillas. El estigma es una de las principales razones de la devastación social que causa la epidemia del SIDA en el mundo.

Es posible luchar contra el estigma. Para ello es fundamental que haya leyes y políticas racionales, pero lo primero es la apertura, el valor de hacerse oír. Afortunadamente, cada vez hay más personas dispuestas a levantar la voz, como mis colegas de las Naciones Unidas.

Cuando visité la Conferencia sobre el SIDA, me recibió con un beso una joven activista de Honduras de apenas 12 años, Keren González. Infectada desde que nació, no sólo vive con VIH, sino que prospera. Publica una revista para niños afectados por el SIDA (financiada por el UNICEF) y participa en seminarios sobre concienciación y sensibilización respecto del SIDA en toda América Latina.

Keren conoce muy bien el peso del estigma. Cuando ingresó en la escuela de párvulos, los maestros la hicieron sentar en un rincón y le dijeron que no debía tocar los libros ni los juguetes de los otros niños. Sin embargo, con la comprensión vino la aceptación. “Soy la niña más popular de mi clase”, dice con orgullo. Su mayor temor no es su dolencia, sino la forma en que la han de recibir cuando pase a la escuela secundaria.

En la Aldea Global, centro para el activismo de las comunidades paralelo a la Conferencia, se congregaron otros afectados por el VIH, bailarines, dirigentes de la sociedad civil, incluso peluqueros, que vivían una vida plena y feliz, sin ocultar su condición. Uno de ellos era una mujer de Malawi, Maroc Daphane Jwonde, que en 1999, después de que su marido enfermara, se enteró de que también estaba infectada. Desde entonces lucha contra la discriminación (una compañera de trabajo le pidió que no usara la loza de la cocina que compartían) y me pidió que aprovechara la historia de su vida para “producir un cambio en el mundo”.

Esas personas son un elemento fundamental de la campaña mundial contra el SIDA. Es imposible no admirar su valentía y su dedicación, pero sus esfuerzos no bastan.

En México, D.F., exhorté a los dirigentes del mundo a unírseles, a pronunciarse contra la discriminación y a garantizar los derechos de las personas que viven con VIH. En las escuelas se debe enseñar respeto y comprensión. Los dirigentes religiosos deben predicar tolerancia. Los medios de difusión deben condenar el prejuicio y ejercer su influencia para promover el cambio social, desde la protección jurídica al acceso a la atención de la salud.

Por sobre todo debemos reconocer que el estigma del VIH no debe recaer sobre las víctimas de la enfermedad, sino sobre los que permiten que exista.




 

 

 

 

 


 

 
 
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Última actualización
18/11/08