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El agua es vida

  • Artículo de opinión por Ban Ki-moon, Secretario General de las Naciones Unidas

En las Naciones Unidas el 22 de marzo es el Día Mundial del Agua. No esperamos que la gente interrumpa sus quehaceres y guarde un minuto de silencio, pero quizás debería hacerlo. Cada 20 segundos muere un niño como consecuencia de enfermedades relacionadas con la falta de agua potable. Eso arroja la escandalosa cifra de 1,5 millones de jóvenes vidas truncadas cada año.

En el mundo, más de 2.500 millones de personas viven en condiciones pésimas de higiene y saneamiento. Ayudándoles haríamos algo más que reducir el número de muertes; también contribuiríamos a proteger el medio ambiente, paliar la pobreza y promover el desarrollo. La razón es que el agua es fundamental para gran parte de la labor que realizamos con esos fines.

El agua es esencial para la supervivencia. A diferencia del petróleo, no hay sustitutos. Pero hoy en día los recursos de agua dulce se están aprovechando casi al máximo de su capacidad. El crecimiento demográfico exacerbará el problema, al igual que el cambio climático. Cuanto más crece la economía mundial, más sed de agua tiene.

Como en el caso del petróleo, los problemas derivados de la escasez de un recurso esencial suelen a cruzar las fronteras. International Alert indica que hay 46 países, donde viven 2.700 millones de personas, en los que el cambio climático y las crisis relacionadas con el agua crean un elevado riesgo de conflictos violentos. En otros 56 países, con una población de 1.200 millones de habitantes, existe un elevado riesgo de inestabilidad política. Esto es más de la mitad de la población mundial.

No se trata de una cuestión de ricos o pobres, del norte o del sur. Ante la celebración de los Juegos Olímpicos, China está desviando centenares de millones de metros cúbicos de agua a una ciudad como Beijing, propensa a la sequía, pero se prevé que la escasez continuará durante años. En América del Norte, el enorme caudal del río Colorado rara vez llega al mar. La falta de agua afecta a una tercera parte de los Estados Unidos y a una quinta parte de España.

El sistema hídrico del lago Chad, en el África central, sostiene a unos 30 millones de personas. Sin embargo, durante los 30 últimos años se ha reducido a una décima parte de su superficie anterior, debido a la sequía, al cambio climático, a una mala gestión y a una explotación excesiva. Al visitar el Brasil el otoño pasado, tuve que anular una excursión por un importante afluente del Amazonas. Se había secado.

Me he pasado el último año pregonando la importancia del cambio climático. Hemos visto los resultados en la “hoja de ruta de Bali” que traza el camino que deben seguir las negociaciones sobre un tratado jurídicamente vinculante para limitar las emisiones de gases de efecto invernadero tomando el relevo del Protocolo de Kyoto cuando éste expire en 2012. Este año intentaré concienciar a la opinión pública acerca de los objetivos de desarrollo del Milenio.

Uno de esos objetivos es reducir a la mitad para 2015 el número de personas que no tienen acceso al agua en condiciones de seguridad. Se trata de un objetivo crucial. Cuando se examinan los problemas de salud y desarrollo que debe afrontar la población mundial más pobre —enfermedades como la malaria o la tuberculosis, aumento de los precios de los alimentos, degradación del medio ambiente— el agua resulta ser a menudo el común denominador.

El próximo mes de septiembre reuniré a altos cargos políticos de todo el mundo en una cumbre que tendrá lugar en Nueva York para estudiar la manera de alcanzar los objetivos fijados, sobre todo en África. Mientras tanto, tenemos que empezar a pensar mejores estrategias para administrar el agua —para aprovecharla de manera eficiente y compartirla equitativamente. Eso significa establecer alianzas en las que participen no sólo los gobiernos sino también grupos, personas y empresas de la sociedad civil.

Nos hallamos en las primeras fases de esta toma de conciencia. Pero hay algunos signos alentadores, especialmente en el sector privado. Durante mucho tiempo se ha considerado culpables a las empresas. Las columnas de humo de las centrales eléctricas contaminan nuestro aire, los vertidos de la industria ensucian nuestros ríos; pero eso está cambiando. Las empresas trabajan cada vez más para ser parte de la solución y no del problema.

Este mes se reunieron en Nueva York miembros del Pacto Mundial de las Naciones Unidas, la mayor iniciativa voluntaria de civismo empresarial del mundo, para tratar la cuestión del agua. Las empresas presentes tenían un valor total de cerca de medio billón de dólares y empleados en unos 200 países.

El tema principal: pasar del simple aprovechamiento a una buena gestión del agua. Eso se traduce en un compromiso de colaboración con las Naciones Unidas, los gobiernos y los grupos de la sociedad civil para proteger lo que es un recurso cada vez más escaso y beneficiar a las comunidades locales.

Todo viaje está constituido por una infinidad de pequeños pasos y de ellos se habló también. Una importante empresa textil explicó como trabajaba con las administraciones locales y los agricultores para conservar las cuencas hidrográficas al cultivar el algodón. Un diseñador de pantalones vaqueros se propone cambiar las etiquetas indicando que deben lavarse en frío y colgarse a secar como medida para ahorrar agua.

Una gota en un balde de agua, dirán algunos. Pero para mí es el comienzo de una oleada de cambio.

 

 


 

 
 
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Última actualización
18/11/08