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Afganistán: ni una causa perdida ni un problema olvidado

  • Artículo de opinión por Ban Ki-moon, Secretario General de las Naciones Unidas

El Afganistán es un claro ejemplo del precio que se paga por dejar una nación a merced de las fuerzas descontroladas de la anarquía. Esto justifica por sí solo los esfuerzos de la comunidad internacional para ayudar a reconstruir el país.

Para despejar cualquier duda, basta con recordar el 11 de septiembre de 2001 y sus repercusiones en todo el mundo. Ese día tomamos conciencia de que el vacío que se crea en un país despojado de sus instituciones cívicas tiende a llenarse de delincuentes y oportunistas. El Afganistán, inmerso en el caos y la pobreza, se convirtió en base de operaciones del terrorismo.

¿Hemos de aprender la misma lección otra vez? En los últimos seis años se ha forjado una gran alianza internacional para reconstruir las instituciones estatales del Afganistán. Tras amplias consultas populares, se aprobó una constitución moderna; se celebraron elecciones presidenciales y parlamentarias; regresaron al país tres millones de refugiados que habían pasado décadas en el exilio. Está claro que la gran mayoría de la población apoya la labor que hace la comunidad internacional en su favor.

Sin embargo, los progresos realizados se encuentran en peligro. Una vez más, los oportunistas están ganando terreno y tratan de convertir nuevamente al Afganistán en un lugar sin ley —un foco de inestabilidad, terrorismo y tráfico de drogas. Los medios de que se valen son desesperados: atentados suicidas con bombas, secuestros, asesinatos de funcionarios del Gobierno y asaltos a convoyes de asistencia. Tan descorazonadora o más que todo es la respuesta de algunas personas de fuera del Afganistán que abogan por la inactividad o incluso por la plena retirada de las fuerzas internacionales. Optar por eso constituiría una equivocación de proporciones épicas —la repetición de un error que ya ha tenido consecuencias terribles.

Las Naciones Unidas están presentes en el Afganistán desde hace varias décadas. Nuestra memoria institucional se remonta a los traumas causados por los talibanes y, con anterioridad, al período en que las milicias rivales combatían entre sí para hacerse con el exiguo botín de un país destrozado por la guerra civil. Nuestra esperanza para el futuro es que un día las instituciones estatales del Afganistán se sostengan por sí mismas y puedan acometer con dignidad la difícil labor de la reconstrucción y el desarrollo al tiempo que ofrecen seguridad y justicia a la población dentro de fronteras seguras.

Creo que ese día está a nuestro alcance. No podemos dejar que esa oportunidad sucumba ante la violencia inhumana de los insurgentes.

Aún con toda las frustraciones y contratiempos periódicos, me siento reconfortado por el firme y constante apoyo que la comunidad internacional presta al Afganistán. A pesar de los problemas de seguridad, se han realizado progresos evidentes: la escolarización de las niñas ha aumentado significativamente en los últimos cinco años y hoy hay seis millones de niños matriculados en las escuelas,mientras que bajo el régimen de los talibanes no llegaban al millón; más de cinco millones de niños han sido vacunados contra la polio, lo cual es crucial no sólo para ellos sino también para nuestra lucha por erradicar esa enfermedad en todo el mundo; y medio millón de ciudadanos afganos tiene ahora acceso a agua potable.

La construcción de nuevas carreteras ha ayudado a los agricultores a transportar sus productos a los mercados. En la actualidad, los agricultores afganos pueden atender el 95% de las necesidades de cereales del país; en 2001 ese porcentaje era inferior al 50%. La Comisión Independiente de Derechos Humanos del Afganistán, creada a raíz del Acuerdo de Bonn de 2001, tiene nueve oficinas provinciales y promueve activamente los derechos humanos. Bajo el régimen de los talibanes, la participación de la mujer en los asuntos públicos y en la política era nula; en la actualidad, el 28% de los escaños del Parlamento están ocupados por mujeres.

Las Naciones Unidas, junto a sus asociados nacionales e internacionales, las organizaciones no gubernamentales y la sociedad civil afgana, continuarán proporcionando al Gobierno del Afganistán toda la asistencia que sea necesaria para seguir avanzando a partir de esos logros. Nuestro éxito colectivo depende de que permanezca en el país la Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad, que, bajo el mando de la OTAN, ayuda a las autoridades locales de casi todas las provincias a mantener la seguridad y llevar a cabo proyectos de reconstrucción.

En diciembre el Ejército Nacional del Afganistán, apoyado por la Fuerza Internacional, recuperó el control de la ciudad de Musa Qala, en la provincia meridional de Helmand, que estaba ocupada por los insurgentes desde febrero de 2007 y es uno de los principales centros de cultivo de adormidera. Es importante señalar que esa operación militar estuvo dirigida por el Ejército afgano y que se llevó a cabo a petición de la población local. Ahora se podrán reanudar por fin las labores de desarrollo en Musa Qala.

Al Gobierno del Afganistán le queda un largo camino por recorrer antes de que pueda recuperar el control de su propio destino, pero ese día llegará. Es un trabajo arduo y sin gloria que requiere sacrificios. Ésa es, precisamente, la razón por la que estamos allí.


 

 
 
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Última actualización
18/11/08