Artículo
de opinión de Pedro Medrano,
Director
Regional del Programa Mundial de Alimentos (PMA)
para
América Latina y el Caribe
sobre
desnutrición infantil en el mundo
Febrero
de 2007
¿QUÉ
ESTAMOS ESPERANDO?
Tenemos
los datos. La desnutrición que aflige a cientos
de millones de niños en el mundo no conlleva tan
solo una pesada carga moral y humana para la sociedad,
sino que tiene también un enorme costo económico
que coarta los esfuerzos internacionales para erradicar
la pobreza.
Un
nuevo estudio –el primero en su clase en la región—sobre
seis países de Centroamérica y la República
Dominicana que realizaron el Programa Mundial de Alimentos
(PMA) y la Comisión Económica para América
Latina y el Caribe (CEPAL), encontró que tan solo
en 2004 el costo de la desnutrición infantil para
la región equivalía a un promedio de 6.4%
del Producto Interno Bruto (PIB). El costo total para
los siete países sumaba 6 mil 700 millones de dólares.
Las
pérdidas estimadas para cada país van desde
el 2.3% del PIB en Panamá hasta el 11.4% en Guatemala.
El hecho de que estas inmensas pérdidas hayan sido
cuantificadas exhaustivamente por primera vez, permitirá
que quienes formulan políticas públicas
en la región puedan tomar las decisiones que ayudarán
a enfrentar este problema.
Lo
mismo se puede decir de otros países y regiones
en el mundo en desarrollo en donde prevalece la desnutrición.
Si no se toman las decisiones y acciones adecuadas, el
problema continuará frenando significativamente
las economías de los países afectados por
esta lacra.
Siempre
hemos sabido que la desnutrición infantil es una
tragedia para los mismos que la sufren y un reproche moral
para el resto de nosotros. Ahora tenemos evidencia tangible
de que si permitimos que continúe, seguiremos perpetuando
un costoso error. Es evidente que no aliviaremos la carga
de la pobreza mientras no lidiemos con la crisis de la
desnutrición.
En
América Latina y el Caribe específicamente,
la desnutrición infantil causa estragos especialmente
en las comunidades rurales pobres que tienen grandes poblaciones
de descendencia indígena y africana. Su sola existencia
agrava las manifiestas desigualdades que son las peores
del mundo, marginando aún más a los pueblos
más vulnerables.
Por
su propia naturaleza, la desnutrición en los niños
se esconde y se hace casi invisible para gobiernos, comunidades
y, en algunas ocasiones, pasa inadvertida por los propios
padres de familia. Para un niño en la edad crítica
que va de los 0 a 3 años, sin embargo, la desnutrición
puede acarrear daños mentales y físicos
irreversibles que lo condenan a no poder alcanzar jamás
su máximo potencial como miembro contribuyente
pleno de la sociedad.
Hasta
hace poco, pensábamos que la desnutrición
se “resolvería” simplemente por medio
del crecimiento económico. Ahora los estudios revelan
que la reducción real de la pobreza solo será
realidad si atacamos directamente el hambre y la desnutrición
que afecta a las personas pobres. Estamos ante una oportunidad
de realizar un cambio de paradigma en cuanto a cómo
enfrentar la pobreza.
Si
es que se desea avanzar hacia la erradicación de
la pobreza, los países afectados tendrán
que darle mayor prioridad a su lucha contra la desnutrición
y reflejarlo mediante mayores y sostenidas asignaciones
presupuestarias. De forma paralela, será necesario
que la comunidad internacional asigne una mayor cantidad
de asistencia para el desarrollo.
Necesitaremos
invertir no solo en mejorar la infraestructura económica
de los países pobres, sino también en incrementar
la inversión en su capital humano. Queda claro
que si queremos que los esfuerzos destinados a erradicar
la pobreza rindan frutos, debemos comenzar por asistir
a los niños con desnutrición, especialmente
a los menores de 3 años, quienes el 80 por ciento
de sus pequeños cerebros aún se están
formando.
Si
pudiésemos intervenir y brindar los nutrientes
necesarios –alimentos, vitaminas y minerales—al
igual que los servicios básicos de salud a tiempo,
entonces estos niños se salvarían de los
efectos negativos a largo plazo de la desnutrición.
También debiésemos asegurarnos de que las
madres reciban los cuidados adecuados, incluyendo educación
en nutrición y crianza básica de los niños.
La
posibilidad de erradicar la pobreza está a nuestro
alcance. Enfrentarla ahora será infinitamente más
barato que lidiar con sus destructivas consecuencias en
las décadas venideras. Sabemos qué hacer
y tenemos los medios. Si los argumentos morales y humanitarios
no fueran suficientes para hacer de la desnutrición
infantil algo inaceptable, ahora tenemos argumentos sociales
y económicos de peso justificar que sí hay
que acabar con ella.
Pedro Medrano es el Director Regional del Programa Mundial
de Alimentos para América Latina y el Caribe. El
PMA es la agencia humanitaria más grande del mundo
y cada año alimenta a un promedio de 90 millones
de personas pobres para suplir sus necesidades nutricionales,
incluyendo 58 millones de niños con hambre en al
menos 80 de los países más pobres del mundo.