Artículo
de opinión del Secretario General de la ONU,
Ban
Ki-moon, sobre:
¿Por
qué el mundo ha cambiado en favor de la ONU?
Mayo
de 2007
¿Por
qué el mundo ha cambiado en favor de las Naciones
Unidas?
Lo
que yo experimento todas las mañanas puede ser
lo mismo que experimentan ustedes. Tomamos los periódicos
o prendemos el televisor —en Nueva York, Lagos o
Yakarta— y leemos o escuchamos la información
diaria sobre el sufrimiento humano en el Líbano,
Darfur o Somalia. Por supuesto, como Secretario General
de las Naciones Unidas, al menos estoy en posición
de intentar hacer algo para remediar estas tragedias.
Y lo hago, todos los días.
Cuanto entré en funciones hace casi cinco meses,
lo hice sin ilusiones. Un distinguido predecesor observó
muy bien que era “el trabajo más imposible
del mundo”. Yo mismo he bromeado que soy más
secretario que general porque, al fin y al cabo, el Secretario
General no tiene poder si el Consejo de Seguridad no está
unido. En el pasado, al igual que hoy, esta unidad ha
sido muy difícil de alcanzar. A pesar de ello,
continúo sintiéndome tan optimista como
el día en que asumí este cargo.
Quizá esto sea difícil de entender dadas
las dimensiones y el carácter inextricable de los
muchos problemas que afrontamos, quizá sobre todo
en el Oriente Medio. Las demandas son cada vez mayores
en todos los frentes, desde el mantenimiento de la paz
hasta la asistencia humanitaria y la salud, y hoy se pide
a las Naciones Unidas que hagan más que nunca,
a pesar de que los recursos para hacer estos trabajos
disminuyen proporcionalmente. Por otra parte, consideremos
algunas de las maneras en las que el mundo ha cambiado
en los últimos años, en beneficio de las
Naciones Unidas.
Por muchas razones distintas a la del Iraq, hoy se aprecian
más el multilateralismo y la diplomacia para afrontar
las crisis. Algunas cuestiones que requieren “un
poder blando” —el ámbito natural de
las Naciones Unidas— han pasado a un primer plano
del programa mundial. Tan sólo el pasado año,
por citar un ejemplo, se ha llegado a un consenso sobre
el cambio climático y los peligros del calentamiento
de la Tierra. Importantes personalidades desde Bill Gates
hasta Tony Blair y Bono se han comprometido a ayudar a
las Naciones Unidas a lograr los objetivos de desarrollo
del Milenio, desde reducir la pobreza hasta detener la
propagación del VIH/SIDA y el paludismo.
Quizá lo más alentador es que el público
continúa apoyando mucho a las Naciones Unidas.
Según una nueva encuesta de WorldPublicOpinion.org,
una gran mayoría de personas (un 74%) creen que
las Naciones Unidas deberían tener un mayor papel
en el mundo, ya sea impidiendo actos de genocidio y defendiendo
a naciones bajo ataque o investigando resueltamente los
abusos de derechos humanos. Incluso en los Estados Unidos,
donde la desilusión con las Naciones Unidas ha
sido últimamente muy grande, tres de cada cuatro
estadounidenses son partidarios de unas Naciones Unidas
más fuertes, y casi otros tantos esperan que la
política exterior de su nación se desarrolle
en colaboración con las Naciones Unidas. Para las
Naciones Unidas, todo eso también equivale a un
cambio de clima. No diría que hemos llegado a un
nuevo momento como el de San Francisco, pero quizá
no estemos demasiado lejos, siempre que aprovechemos la
oportunidad.
Nosotros, los coreanos, somos personas enérgicas.
Por naturaleza, somos pacientes pero persistentes, resueltos
a cumplir los objetivos que nos hemos fijado. Como muchos
de mis compatriotas, creo en el poder de las relaciones.
Durante años he llevado en mi billetero (junto
con listas de estadísticas comerciales y económicas)
un gastado pedazo de papel con caracteres chinos, cada
uno sobre la edad y la etapa de la vida de una persona.
A los 30 años, una persona está en la flor
de la vida. A los 50 se dice que conoce su destino. A
los 60 posee la sabiduría de saber escuchar.
Yo estoy en esta última etapa, que supone más
que simplemente escuchar, a pesar de que escuchar es muy
importante. Quizá podría hablarse mejor
de discernimiento —ver una persona o situación
en su totalidad, tanto lo bueno como lo malo, y poder
establecer una comunicación y una buena relación
de trabajo a pesar de los desacuerdos, por profundos que
sean. Confío en que este será el distintivo
de mi mandato como Secretario General. Creo en las conversaciones
y en el diálogo antes que en la confrontación.
A veces esta diplomacia será pública y otras
entre bastidores, ya que así a menudo hay más
posibilidades de éxito.
Hago hincapié en la palabra posibilidades. El éxito
no suele ser algo predestinado. Lo que es importante es
intentar obtenerlo, como hemos hecho en Darfur —una
de mis mayores prioridades. He insistido mucho, en Washington
y con otros colaboradores, a fin de conseguir más
tiempo para negociar con el Presidente del Sudán,
Omar al-Bashir, el despliegue de una fuerza internacional
de mantenimiento de la paz, bajo los auspicios de la Unión
Africana. De momento sólo se ha obtenido una victoria
parcial —el Gobierno de Jartum ha decidido aceptar
a 3.500 efectivos de las Naciones Unidas, un número
muy inferior al de los 20.000 que se consideran necesarios.
Sigo confiando en que la diplomacia decidida todavía
pueda obtener resultados más satisfactorios. Sin
embargo, van muriendo personas inocentes y está
claro que el tiempo no es infinito.
Con el mismo espíritu he visitado el Oriente Medio
en cuatro ocasiones en cuatro meses y me he reunido y
hablado por teléfono varias veces con el Presidente
de Siria, Bashar al-Assad, la última vez en Damasco.
Mi objetivo es también entablar una relación
que pueda ayudar a moderar los acontecimientos en el Líbano
y, más adelante, a que Siria se reincorpore plenamente
a la comunidad internacional. La diplomacia discreta no
siempre funciona, como digo a veces. Pero puede funcionar,
incluso en las circunstancias más tensas, como
vimos no hace mucho cuando la crisis de los rehenes británicos
con el Irán se resolvió entre bastidores.
La
semana próxima, los países industrializados
del Grupo de los Ocho se reunirán en Alemania para
examinar, entre otras cosas, el cambio climático
—una causa que me propongo hacer plenamente mía.
Demasiado a menudo hablamos del calentamiento de la Tierra
como si fuese una cuestión técnica. Hablamos
del comercio de carbono, de máximos para las emisiones
de gases y de nuevas tecnologías, desde la de automóviles
de bajo consumo de combustible hasta la energía
solar. No hay que decir que todas ellas son importantes.
No obstante, el aspecto del cambio climático en
el que quiero insistir es un aspecto más humano.
Tiene que ver con la desigualdad intrínseca del
fenómeno. Aunque el calentamiento de la Tierra
nos afecta a todos, nos afecta de manera diferente. Los
países ricos tienen recursos y conocimientos para
adaptarse. Quizá un día dejará de
nevar en los pueblos suizos donde se practica el esquí,
como me dice un colega que acaba de regresar de unas vacaciones
en los Alpes —pero los valles suizos podrían
convertirse en una “nueva Toscana”, llena
de viñedos soleados. Las desventajas para África,
ya asolada por la desertificación, o para los habitantes
de las islas de Indonesia, que temen quedar sumergidos
bajo las olas, son mucho más adversas.
Si hay un tema que unifique mi trabajo, o una visión,
es esta dimensión humana —el valor definitivo
del diálogo y de las relaciones diplomáticas
entabladas con confianza pero también con lucidez,
teniendo en cuenta cómo afectan las políticas
mundiales —nuestras políticas— a las
personas y a la vida diaria. Todas las mañanas
podemos leer información sobre tragedias humanas
en nuestros periódicos. Pero ¿con cuánta
frecuencia escuchamos la voz de esas personas?, o ¿con
cuánta decisión y determinación intentamos
ayudar? Esto es lo que prometo hacer.
El Sr. Ban, ex Ministro de Relaciones Exteriores de la
República de Corea, prestó juramento como
octavo Secretario General de las Naciones Unidas el pasado
mes de diciembre.
El autor es el Secretario General de las Naciones Unidas