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Escuchen las primeras víctimas del cambio climático
- Artículo de opinión por Ban Ki-moon, Secretario General de las Naciones Unidas
Las cartas están sobre la mesa. Las naciones industrializadas
del Grupo de los Ocho se han reunido en Heiligendamm y
las fuerzas coaligadas para luchar contra el calentamiento
del planeta se han dividido en campos rivales. Por un
lado, Alemania y Gran Bretaña quieren que se celebren
conversaciones urgentes para concertar un nuevo tratado
sobre el cambio climático, que entraría
en vigor en 2012, cuando expire el Protocolo de Kyoto,
y hablan de tomar medidas drásticas para reducir
las emisiones de carbono y limitar el aumento de la temperatura
de la Tierra a 2 grados centígrados en los próximos
40 años. Por su parte, los Estados Unidos, que
cuentan con una iniciativa propia, se oponen a esas metas
y plazos por considerarlos arbitrarios.
Está
por ver cómo se desarrollan los acontecimientos.
Pero mientras los Estados Unidos y Europa deliberan, hay
ciertos hechos fundamentales que no admiten discusión.
En primer lugar, los datos científicos son incontestables:
el calentamiento del planeta no puede ponerse en duda
y los seres humanos somos los principales responsables.
Todos los días surgen nuevas pruebas, como el último
informe de Greenpeace sobre la recesión de los
glaciares en el Everest o el descubrimiento hecho público
la semana pasada de que el Océano Antártico
ya no puede absorber más CO2. Parece increíble:
el lugar del mundo que absorbía más carbono
ha llegado al límite de su capacidad.
En
segundo lugar, este es el momento de actuar. La mayoría
de los economistas están de acuerdo en que el costo
de la inacción superará, probablemente en
varios órdenes de magnitud, al de la acción
temprana. No se sabe a ciencia cierta si los daños
que el huracán Katrina provocó en Nueva
Orleans se debieron al calentamiento del planeta, pero
esa tragedia no deja de ser una advertencia sobre los
peligros sociales y financieros que conlleva el no actuar
a tiempo. Es asimismo evidente que no podemos seguir analizando
infinitamente las opciones que se nos presentan. La solución
más de moda, la compraventa de derechos de emisión
de carbono, no es sino una de las alternativas posibles.
Debemos adoptar una estrategia a largo plazo que incluya
las nuevas tecnologías, el ahorro de energía,
los proyectos forestales y los combustibles renovables,
así como los mercados privados. Y no hay que olvidar
la utilidad de la adaptación, pues, al fin y al
cabo, las medidas paliativas tienen una efectividad limitada.
Hay
un tercer hecho, que a mi juicio es el más importante
de todos. Se trata básicamente de una cuestión
de equidad, de valores, que es uno de los grandes imperativos
morales de nuestra era. El calentamiento del planeta nos
afecta a todos, pero no de igual manera: las naciones
ricas poseen los recursos y conocimientos necesarios para
adaptarse, mientras que el agricultor africano que ve
como se arruinan sus cosechas o muere su ganado a causa
de la sequía y las tormentas de arena, o el habitante
de las islas de Tuvalu que teme que su aldea quede pronto
sumergida bajo las aguas, son infinitamente más
vulnerables. Esta diferencia nos resulta familiar: ricos
frente a pobres, el Norte frente al Sur. Hablemos claramente:
las soluciones al calentamiento del planeta propuestas
por las naciones desarrolladas no pueden ponerse en práctica
a expensas de sus vecinos menos afortunados. Será
imposible conseguir nuestro objetivo de desarrollo del
Milenio de reducir la pobreza mundial a la mitad, enunciado
solemnemente en anteriores reuniones del Grupo de los
Ocho, a menos que se colmen las aspiraciones de los países
en desarrollo de ampliar su participación en la
prosperidad mundial.
La
dimensión humana es el principio por el que deben
guiarse los pueblos del mundo al afrontar juntos cualquier
problema común, como el cambio climático.
En mi opinión se trata de un deber, una extensión
de la obligación sacrosanta de proteger que es
el fundamento de las Naciones Unidas. Cada día
recorro el vestíbulo de la Sede de las Naciones
Unidas en Nueva York, donde algunos de los periodistas
gráficos más famosos del mundo exponen actualmente
su obra, que refleja los rostros y las voces de personas
a quien con demasiada frecuencia no vemos ni escuchamos,
personas de todo el mundo, muchas de las cuales padecen
cotidianamente grandes penurias que se ven agravadas por
el cambio climático.
Los
debates que mantenemos en el Consejo de Seguridad, que
suelen ser anodinos y llenos de la impenetrable jerga
diplomática, vuelven en ocasiones a la vida para
asombro de los presentes, y por momentos dejan a un lado
la diplomacia. Recuerdo en concreto un debate celebrado
en abril, en el que el representante de Namibia expuso
su percepción de los peligros inherentes al cambio
climático, gritando prácticamente: “No
se trata de un ejercicio académico, sino de una
cuestión de vida o muerte para mi país”.
A
continuación explicó que los desiertos de
Namib y Kalahari se estaban extendiendo, destruyendo tierras
de cultivo y volviendo inhabitables regiones enteras.
Esto me hizo pensar en mi propio país, Corea, que
cada vez con más frecuencia tiene que soportar
asfixiantes tormentas de arena que cruzan el Mar Amarillo
procedentes del cada vez mayor desierto del Gobi. El representante
de Namibia continuó diciendo que la malaria se
había propagado a zonas donde hasta ahora era desconocida
la enfermedad y que, en una tierra famosa por su biodiversidad,
se estaban extinguiendo especies enteras de animales y
plantas. Por último afirmó que los países
en desarrollo como el suyo cada vez estaban más
expuestos a lo que calificó de “guerra química
o biológica de baja intensidad”.
Las
emociones expresadas por el representante de Namibia eran
intensas y correspondían a una realidad vital,
no imaginaria. Es importante que el mundo desarrollado
escuche y actúe en consecuencia. Este es el mensaje
que deseo transmitir en Heiligendamm durante los próximos
días y por ello anunciaré en breve la convocatoria
de una reunión especial de alto nivel sobre el
cambio climático, que se celebrará en Nueva
York en septiembre, antes del período de sesiones
anual de la Asamblea General, tal como han solicitado
Bangladesh, los Países Bajos, Noruega y el Brasil,
así como Singapur, Barbados y Costa Rica. También
por ello he nombrado recientemente a tres enviados especiales,
cuyo cometido es expresar los intereses y preocupaciones
de las naciones más vulnerables al cambio climático,
donde residen la gran mayoría de los habitantes
del planeta.
Considero
alentadora que el Presidente George Bush haya declarado
recientemente su intención de anunciar una iniciativa
de los Estados Unidos sobre el clima. Sería conveniente
que esto se hiciera dentro del marco mundial de debate
de las Naciones Unidas, para que así nuestra labor
respectiva se complemente y refuerce mutuamente. En diciembre,
los líderes de todo el mundo volverán a
reunirse en Bali para continuar trabajando a partir de
lo que se decida esta semana en Alemania y en las demás
reuniones mencionadas.
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