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El comercio y el género

Si bien un número cada vez mayor de mujeres se suma a la fuerza de trabajo mundial, los cambios en la índole del empleo como resultado de la globalización y la liberalización del comercio han tenido enormes repercusiones en su trabajo y en los demás aspectos de su vida. Sin embargo, los efectos son diferentes para las mujeres y los hombres, fenómeno que se ha dado en llamar el «diferencial de género».

No cabe duda de que la liberalización, además de los efectos con frecuencia positivos que tiene en la economía en general al abrir nuevos mercados, atraer la inversión en infraestructura y aumentar los niveles de sueldos y la productividad, ha creado muchas oportunidades para las trabajadoras. Los mercados en expansión, en particular en las industrias de exportación de gran intensidad de mano de obra, como los textiles y el vestido, el calzado, la horticultura y el procesamiento de datos, se están comportando muy bien en los países en desarrollo de bajos ingresos con una gran disponibilidad de mano de obra femenina de bajo costo y en su mayor parte no especializada. El "movimiento de personas físicas" en condiciones de mayor libertad, o la migración temporal, prevista en el Acuerdo General sobre el Comercio de Servicios (AGCS), ya ha producido un aumento espectacular del número de trabajadores migrantes. En el Hemisferio Occidental, las mujeres representaron más de la mitad de todos los migrantes en 2000; sólo en los Estados Unidos, la mayoría de los trabajadores de la industria del vestido, así como los trabajadores agrícolas peor remunerados, son mujeres migrantes que abandonaron sus países para encontrar trabajo en el Norte y cuyas remesas enviadas a sus hogares contribuyen enormemente a la economía nacional. No obstante, incluso en los sectores con gran potencial para el empleo de mujeres, éstas todavía ganan menos que los hombres y están confinadas al extremo inferior de las escalas de sueldos y calificaciones. La competencia entre los países en desarrollo ha creado una presión a la baja sobre los sueldos, y las mujeres, en particular de las zonas rurales y del sector informal urbano de la economía, son particularmente vulnerables.

En muchos casos la liberalización también ha traído consigo la eliminación de las subvenciones agrícolas pagadas por los países en desarrollo a los pequeños agricultores, en su mayoría mujeres, lo que ha generado una pérdida generalizada de empleos. En algunos países africanos y latinoamericanos que han diversificado su economía para dedicarse a las exportaciones de productos agrícolas no tradicionales, como frutas, verduras y flores frescas, las mujeres pueden encontrar nuevos trabajos y actualmente representan la mayor parte de la mano de obra en esos sectores. Pero las condiciones de trabajo pueden ser precarias puesto que el trabajo es estacional y a menudo entraña el uso de plaguicidas, causante de importantes problemas de salud. Y el hecho de que gran parte del empleo en esos sectores está controlado por empresas transnacionales (ETN) hace que esos problemas no siempre puedan ser objeto de reglamentación gubernamental.

Lo mismo puede decirse de las aproximadamente 200 zonas industriales francas (ZIF) creadas por unos 50 países en desarrollo para atraer inversores extranjeros que procuran reducir los costos de producción trasladando funciones no básicas a lugares de bajos costos. Si bien el trabajo en las ZIF suele estar mejor remunerado que en el sector agrícola o el servicio doméstico, las mujeres, que representan el 80% de los trabajadores de esas zonas, siguen confinadas a empleos mal remunerados y de escasa especialización, y ganan entre un 20 y un 50% menos que los hombres, según el Fondo de Desarrollo de las Naciones Unidas para la Mujer (UNIFEM). En las ZIF en que la producción demanda más capital y las tecnologías son más avanzadas, los hombres predominan entre los trabajadores técnicos y calificados. Por ejemplo, en Malasia, donde la producción de las ZIF se concentra en la electrónica de alta tecnología, la elaboración de alimentos, los servicios, los productos farmacéuticos y la tecnología de la información, las mujeres representan únicamente el 54% de los trabajadores, en comparación con el 90% en un país como Nicaragua en que los textiles constituyen el principal producto de las ZIF.

La diferencia de remuneración tampoco desaparece necesariamente con el tiempo. En economías orientadas hacia las exportaciones que han logrado buenos resultados como Hong Kong, Malasia, la República de Corea y Singapur, los sueldos de las mujeres se estabilizaron entre el 58 y el 65% de los correspondientes a los hombres, lo que demuestra que las fuerzas competitivas generadas por el comercio exterior no eliminaron las diferencias de remuneración, según un estudio de la UNCTAD preparado para la Conferencia de São Paulo. Para remediar esto se precisan estrategias a largo plazo tanto para aumentar el contenido tecnológico y de valor añadido de las exportaciones de los países en desarrollo como para asegurar la igualdad de género en la educación y capacitación.

Se considera en gran medida que el sector de los servicios ofrece a las mujeres grandes oportunidades de empleo, en particular en el procesamiento de datos en línea orientado a las exportaciones. Actualmente, las mujeres en la India ocupan alrededor del 30% de todos los puestos profesionales de trabajo en la industria informática, según la OIT. Hay numerosos ejemplos en todo el mundo de cómo las mujeres han aprovechado con éxito las TIC – desde las ventas de artesanías en línea hasta los centros de llamadas y las tarifas de usuarios de teléfonos móviles – como fuente de ingresos. Pero la infame "brecha digital" sigue reflejando en el mundo del trabajo la mucho más antigua brecha entre los géneros. Como señala la OIT, "las industrias manufactureras tradicionales que solían emplear a mujeres desaparecen gradualmente, y las trabajadoras que encuentran empleo en los nuevos sectores, con frecuencia relacionados con las TIC, pocas veces son aquellas que perdieron sus puestos en los sectores tradicionales".

La externalización de funciones, y en particular su traslado al extranjero, es otro resultado de la globalización, que cada vez más entraña la subcontratación informal por ETN o sus afiliadas de mujeres como trabajadoras temporales para la producción y el cobro o para efectuar tareas en el hogar. Estos arreglos informales proporcionan salarios mínimos o una retribución por trabajo a destajo, y muy poca seguridad en el trabajo y escasas prestaciones sociales, cuando las hay.

En definitiva, la liberalización de los servicios tiene el potencial para aumentar la eficiencia y la competitividad de las economías locales, pero a riesgo de crear o profundizar las desigualdades que sufren los pobres y las mujeres, tal como indica el estudio de la UNCTAD. Por consiguiente, tal vez sea preciso adoptar reglamentos y salvaguardias nacionales sólidos para proteger a las trabajadoras y a otros prestadores de servicios en pequeña escala. Los gobiernos también deben garantizar el acceso de la mujer a la educación, la salud, la tierra, el capital y el crédito y proporcionarles redes de seguridad, como pensiones, prestaciones de desempleo y transferencias de alimentos.

Las normas comerciales multilaterales y la mujer

El impacto del comercio sobre el género no se limita a la propia liberalización, sino que abarca las normas de la OMC que rigen el sistema comercial multilateral. Por ejemplo, en la agricultura, la erosión de los acuerdos preferenciales que rigen las exportaciones agrícolas no tradicionales del grupo de países en desarrollo de África, el Caribe y el Pacífico afectará profundamente a las mujeres, dado que éstas comprenden la mayoría de los trabajadores en ese sector. De igual manera, en el sector manufacturero, la eliminación gradual del sistema de cupos previsto en los acuerdos multifibras con arreglo al Acuerdo sobre los Textiles y el Vestido de la OMC liberalizará aún más el sector, lo que tendrá un efecto potencialmente desproporcionado en las mujeres. La producción se trasladará a países más importantes con grandes excedentes de mano de obra femenina, en detrimento de las mujeres de muchos de los países menos adelantados (PMA) que dependen fuertemente de esos acuerdos.

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