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Comercio y pobreza

La pobreza es el desafío de nuestro tiempo. Casi la mitad de la población mundial, unos 2,800 millones de personas, viven con menos de 2 dólares diarios. Más de 1,000 millones de ellos viven en la extrema pobreza, y subsisten con menos de 1 dólar al día.

En 2000, los Estados Miembros de las Naciones Unidas se comprometieron a reducir la extrema pobreza a la mitad para el año 2015. Esta ambiciosa tarea, que es la piedra angular de los objetivos de desarrollo del Milenio, podría lograrse si los sistemas mundiales de finanzas y comercio funcionaran con menos contratiempos.

La pobreza y la extrema pobreza se concentran en los 50 países más pobres, a los que las Naciones Unidas denominan “países menos adelantados” (PMA). En esos países, 34 de los cuales se encuentran en el África subsahariana, el número de personas que viven en la extrema pobreza está aumentando y seguirá haciéndolo durante algún tiempo.

Si bien es cierto que el comercio mundial ha venido aumentando a un ritmo anual de casi el 5%, sus beneficios tienden a concentrarse en unos pocos países. Más del 80% del total de las exportaciones mundiales se producen en sólo 10 países. La mayor parte de cada dólar de beneficios que produce la economía mundial va a parar a los países ricos o de mediana renta. Según el Banco Mundial, sólo 3 centavos de cada dólar van a los países de baja renta, en los que reside el 40% de la población mundial.

Los beneficios del comercio son escasos en la mayoría de los países en desarrollo, con algunas excepciones notables; recuérdense, por ejemplo, la reciente expansión del comercio en China, donde el porcentaje de la población extremadamente pobre ha descendido en picado del 64% al 17% desde 1981, o el óptimo rendimiento de algunos países del Asia meridional. En 2001, las economías más importantes de los países en desarrollo dominaban la lista de los 10 principales países no exportadores de petróleo dentro de ese Grupo: China y México, seguidos de Malasia, Tailandia, el Brasil, Indonesia y la India. Para las economías más pequeñas, los resultados fueron mucho menos satisfactorios: el año pasado, los PMA africanos y los demás representaron un mero 0.62% del comercio mundial, y sus economías, combinadas, constituyeron el 0.58% del PIB mundial. Según el Banco Mundial, en 15 países latinoamericanos y del Caribe más del 25% de la población vive en la pobreza.


Escapar de la trampa de la pobreza

Encontrar el modo de escapar de la trampa de la pobreza y conseguir que el comercio haga aumentar la renta nacional es verdaderamente difícil. La expansión del comercio no conlleva automáticamente la reducción de la pobreza. Lo más importante es determinar si el comercio conduce al crecimiento económico. Resulta evidente que algunos tipos de comercio sí lo hacen, generando así más recursos que podrían utilizarse para mitigar la pobreza.

El tipo de bienes que conviene producir es incluso más importante que la liberalización del comercio cuando se trata de reducir la pobreza. Tradicionalmente, los precios de los productos básicos o materias primas, como los minerales y las cosechas sin elaborar, son objeto de fluctuaciones extremas que crean inestabilidad económica e impiden que el crecimiento se apoye en esos productos. Por ello, los PMA, que dependen en gran medida de los productos básicos, tienen menos posibilidades de obtener unos ingresos continuos de las exportaciones que los países que producen bienes elaborados (como el azúcar, el aceite vegetal o la fruta enlatada) o manufacturas.

No obstante, para pasar a producir bienes de mayor valor, los países requieren la inversión necesaria para potenciar su capacidad productiva. En los países con un bajo nivel de inversión y ahorro internos, el capital, la tecnología y los conocimientos necesarios pueden proceder del exterior, principalmente mediante la asistencia oficial para el desarrollo (AOD) y la inversión extranjera directa (IED). La capacidad productiva aumentará allí donde los bienes y la información puedan circular eficazmente: las redes modernas de carreteras, puertos, ferrocarriles y telecomunicaciones ayudan a fomentar el crecimiento y la competitividad. No obstante, si bien es cierto que la AOD destinada a los sectores sociales ha aumentado, la cuantía de la AOD dedicada al mejoramiento de la capacidad productiva ha disminuido.

Listos para exportar

Incluso los países en desarrollo con una canasta diversificada de productos competitivos tropiezan con las barreras comerciales. Los aranceles, por ejemplo, pueden ir del 14% para los productos agrícolas y el 8% para las manufacturas intensivas en mano de obra hasta el 3% en el caso de los productos industriales. Otro tipo de barrera son los rigurosos criterios sanitarios y ecológicos que imponen los países desarrollados a una serie de exportaciones de los países en desarrollo. Un ejemplo bien conocido es el de la empresaria mauritana que, a pesar de considerables esfuerzos e inversiones, no logró exportar su queso de camella a la Unión Europea en razón de las estrictas normativas vigentes.

Los subsidios que los países ricos pagan a sus productores nacionales crean una barrera comercial aún más imponente, ya que impiden que las exportaciones de los mismos productos procedentes de los países en desarrollo sean competitivas en los mercados mundiales. El algodón, cuyo precio en el mercado mundial ha caído en un 15% en lo que va de año, constituye un ejemplo especialmente significativo. En 2001, los subsidios de los países ricos a los cultivadores nacionales, que ascendieron en total a 4,000 millones de dólares, hicieron perder a los cultivadores brasileños 600 millones de dólares en ventas. En África, donde 15 millones de personas trabajan en la industria del algodón, los cultivadores pierden unos 250 millones de dólares anuales sólo a causa de los subsidios de los EE.UU., cuyos 25,000 cultivadores de algodón controlan más del 40% de las exportaciones mundiales de este producto, según el Wall Street Journal.

“Si la justificación moral y política más contundente de los subsidios es que son necesarios para salvar a los agricultores”, señaló el Secretario General de la UNCTAD, Rubens Ricupero, al Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas en junio de 2003, “los hechos demuestran que no están logrando su objetivo. (...) Los subsidios agrícolas, además de fracasar trágicamente en el propósito de ayudar a los pobres del Norte, también perjudican gravemente a los agricultores pobres del Sur. (...) En varios sentidos, los agricultores de los países pobres están financiando la asistencia social que reciben los de los países ricos. (...) Los mecanismos de apoyo a los agricultores de los países de la OCDE complican gravemente el problema de la pobreza y afectan de forma igualmente grave y directa las perspectivas de reducción de la pobreza a que aspiran los objetivos de desarrollo del Milenio. (...) Más que un problema económico o comercial, los subsidios al algodón constituyen un dilema moral para los hombres y mujeres de buena voluntad de todo el mundo”.

El 27 de abril, la OMC dictaminó que los subsidios de los EE.UU. al algodón distorsionaban los precios mundiales. El fallo se pronunció en respuesta a una denuncia interpuesta por el Brasil; los EE.UU. tienen previsto presentar un recurso.

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