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“La
voz de la mujer llega lejos; levanta y hace caer personas,
levanta y hace caer familias, levanta y hace caer
naciones...”.
¿Por qué, entonces, la matriz del mundo,
las poderosas dadoras de vida, merecedoras de honor
y respeto padecen semejantes horrores, aquí,
tan cerca...? Seguramente, ésa fue una de las
incógnitas que quiso desvelar Esther Chávez
cuando comenzó a luchar por esclarecer los
crímenes que se producían y siguen ocurriendo
en Ciudad Juárez, la ciudad que la vio nacer
hace los suficientes años como para confiar
en su relato, nacido de la experiencia. La ciudad
que, también, la contempla contando muertas
desde hace ya 15 años.
De
ese relato de vida y lucha hizo partícipes
a todos y todas los que quisieron presenciar el homenaje
que se le rindió en el Centro de Información
de Naciones Unidas en México. Sus palabras
ayudaron pero, seguramente, no fueron bastante para
describir esa desgracia que, como ella dice, “cuando
se conoce, te cambia la vida; ya no eres la misma”.
Semejante
desgracia es la de mujeres jóvenes que han
de pagar con sus vidas el hecho de serlo. El hecho
de haber nacido hembras en medio de un desierto patriarcal
que hace creerse a los hombres con potestad suficiente
como para vejar, violar, torturar y asesinar a las
mujeres que les rodean.
Pero, ¿por qué nadie hace nada? Sólo
gracias a la presión que ejercen grupos como
Ocho de Marzo, fundado por Esther Chávez, entre
otras activistas comprometidas con la causa han conseguido
hacer visible las atrocidades que suceden en ese norte
inhóspito y lograr que los Gobiernos federal
y estatal reaccionen, poco a poco.
Cuando
la iniciativa de Chávez la llevó a denunciar
los casos de Ciudad Juárez ante el Comité
para la Eliminación de la Discriminación
contra la Mujer (CEDAW), el Gobierno de la República
nombró una Comisionada encargada, exclusivamente,
de investigar y dar seguimiento a las diversas situaciones
de violencia y asesinatos de mujeres que se producían
en Juárez. Además, la Lda. María
López Urbina, redactó, por orden del
Gobierno, un informe en el que aparecían como
involucrados de forma directa o indirecta más
de 170 funcionarios públicos. El informe sirvió,
únicamente, para que, algunos de ellos, pasaran
una más que corta estancia en la cárcel
y, después..., nada. Todo igual.
Pero,
precisamente, para que todo cambie es por lo que Esther
Chávez ha querido dar fuerza y valor a sus
sucesoras. A las que quedarán al frente de
la lucha. “El feminicidio no ha sido aún
resuelto, la batalla ha de seguir porque el problema
nos pertenece a todos”.
Toda esta labor, la suya propia, la de sus cómplices
de causa, y la que les queda por hacer a sus sucesoras
no ha sido, ni mucho menos, lo más parecido
a un vergel en primavera. Amenazas, acusaciones injuriosas,
calumnias... contra ella por querer ser contadora
de muertas; también contra las demás;
algunas compañeras lo pagaron con la vida.
Si,
darlo todo por los derechos y la vida de las demás
no es reconocido por el Estado, al menos aún
queda el aplauso y agradecimiento de todas las familias,
y de organizaciones nacionales e internacionales como
Naciones Unidas o la Comisión Interamericana
de Derechos Humanos que, en sus reflexiones, llega
a un punto clave de la cuestión y es que, estas
luchadoras son pieza irremplazable en el camino hacia
la consecución de un Estado de derecho, democrático
y duradero.
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