| Acojo
con sumo agrado el proyecto de resolución
que están por aprobar, y me alivia profundamente
que en él se disponga la cesación
completa e inmediata de las hostilidades. Es absolutamente
imprescindible que la lucha se detenga ahora. Siempre
que así sea, considero que este proyecto
de resolución permitirá concertar
un acuerdo de cesación del fuego sostenible
y duradero en los días venideros, y espero
que pueda ser el comienzo de un proceso orientado
a solucionar los problemas políticos subyacentes
de la región por medios pacíficos.
Sin embargo, debo decirles lo profundamente decepcionado
que estoy de que el Consejo no haya llegado a este
punto mucho, mucho antes, y estoy convencido de
que mi decepción y sentido de frustración
son compartidos por centenares de millones de personas
en todo el mundo. Durante semanas, yo y muchos otros
hemos estado pidiendo reiteradamente una cesación
inmediata de las hostilidades, para bien de la población
civil de ambas partes que ha padecido sufrimientos
y pérdidas terribles e innecesarias. Todos
los miembros del Consejo deben ser conscientes de
que esta incapacidad para reaccionar con mayor prontitud
ha hecho tambalear la confianza que deposita el
mundo en su autoridad e integridad.
Desde el 12 de julio, cuando Hizbollah lanzó
un ataque no provocado contra Israel, matando a
ocho soldados israelíes y secuestrando a
otros dos, tanto el Líbano como Israel han
vuelto a sumirse en el caos de la guerra, la muerte
y la destrucción.
Según el Gobierno del Líbano, más
de 1.000 libaneses han perdido la vida y más
de 3.600 han resultado heridos. Aproximadamente
un cuarto de la población del Líbano
—cerca de un millón de personas—
se ha visto obligada a desplazarse. Se cuentan demasiados
niños entre las víctimas. De hecho,
han muerto más niños que combatientes
en este conflicto. Los bombardeos israelíes
han reducido a escombros miles de hogares. También
han destruido docenas de puentes y carreteras, debido
a lo cual más de 100.000 personas no tienen
acceso a lugares seguros; los suministros de socorro
tampoco pueden llegar a ellos. Esos estragos resultan
trágicos en cualquier caso. El hecho de que
el pueblo del Líbano haya tenido que sufrirlos
justo ahora que comenzaba a avanzar de verdad hacia
la reforma política y la recuperación
económica hace que sean más trágicos
todavía.
Por
su parte, los israelíes han revivido una
amenaza de la que esperaban, debido a buenas razones,
haber escapado cuando se retiraron del Líbano
hace seis años, como certificó el
Consejo por recomendación mía.
Han muerto aproximadamente 41 civiles israelíes,
y las vidas de cientos de miles han resultado afectadas
al verse obligados a guarecerse en refugios o huir
de sus casas debido a los ataques con cohetes de
Hizbollah, que disparó indiscriminadamente
para sembrar el mayor terror posible, sin esforzarse
por distinguir entre objetivos civiles y militares,
poniendo también en peligro a los civiles
en su propio bando al disparar desde zonas densamente
pobladas.
El
daño tampoco se ha limitado al Líbano
e Israel. Otra región que a duras penas puede
permitirse otro capítulo de violencia u otra
fuente de inestabilidad ha resultado también
afectada. Se ha proporcionado más munición
a los extremistas. Las propias Naciones Unidas han
sido objeto de protestas y violencia, pese a los
esfuerzos humanitarios de la Organización,
incluidos los esfuerzos desplegados por los valientes
miembros de nuestro personal de mantenimiento de
la paz de la Fuerza Provisional de las Naciones
Unidas en el Líbano (FPNUL)
para llegar a las personas atrapadas en el fuego
cruzado. La FPNUL ha tenido que hacer frente a una
situación para la cual no ha recibido un
mandato y para la cual no está equipada.
Admiro
y me enorgullezco de los valientes hombres y mujeres
que sirven bajo la bandera de las
Naciones Unidas y, por supuesto, de todos los trabajadores
de asistencia humanitarios; han hecho gala de un
coraje increíble desde el 12 de julio al
cumplir con su labor, rodeados de intensos enfrentamientos,
que han herido a 16 miembros del personal de las
Naciones Unidas y, trágicamente, han causado
la muerte de otros cinco.
En efecto, la tenacidad de la FPNUL ha hecho posible
la solución diplomática que ustedes,
miembros del Consejo de Seguridad, acaban de fraguar.
Sin ella hubieran tenido que enfrentarse a la difícil
perspectiva de que la FPNUL se retirara. En efecto,
puede ser que en las próximas horas y días
todavía tengan que enfrentarse a esa retirada
si no se aplica la cesación inmediata de
las hostilidades que se pide en el proyecto de resolución.
Así
pues, ya era hora de que pudiéramos contar
con este proyecto de resolución, que representa
un importante paso adelante. Me complace que los
miembros del Consejo hayan logrado resolver sus
diferencias, adaptando varios puntos de vista, y
espero que aprueben este texto unánimemente.
Una vez aprobado el texto deben trabajar con la
misma determinación para aplicar plenamente
sobre el terreno las medidas que han acordado.
En primer lugar, hay que proporcionar garantías
reales de tránsito seguro y acceso a los
necesitados a los convoyes de ayuda humanitaria
y a los trabajadores de socorro. En cuanto finalicen
los enfrentamientos comenzará el gran reto
de ayudar a las personas a regresar a sus hogares
sanas y salvas y a reconstruir sus vidas.
En
segundo lugar, en el proyecto de resolución
se concede una gran importancia a la soberanía
y la integridad territorial del Líbano, en
consonancia con las resoluciones 425
(1978), 1559
(2004) y 1680
(2006) del Consejo de Seguridad. La comunidad internacional
debe brindar todo el apoyo posible al Gobierno del
Líbano de manera que pueda ejercer esa soberanía.
El Gobierno, por conducto de sus fuerzas armadas
y su policía, debe ser capaz de ejercer su
autoridad en todo el país y todas sus fronteras,
sobre todo para evitar los flujos de armas ilícitas
y desestabilizadoras. Solamente cuando haya una
sola autoridad y una sola arma existirá la
posibilidad de una estabilidad duradera. El Estado
del Líbano, como cualquier otro Estado soberano,
debe tener el monopolio del uso de la fuerza en
su propio territorio.
Naturalmente
eso implica la retirada completa y rápida
de Israel del territorio del Líbano. Ahora
tenemos un escenario claro para lograr ese objetivo.
La
decisión del Gobierno del Líbano de
desplegar 15.000 efectivos de las fuerzas armadas
del país en el sur es un importante acontecimiento.
No obstante, aunque el ejército pueda estar
dispuesto a llevar a cabo esa tarea, el propio Gobierno
ha reconocido que necesita ayuda. Esto hace que
la decisión del Consejo de fortalecer el
mandato y el número de efectivos de la FPNUL
sea un ingrediente fundamental del conjunto de medidas.
Ahora la FPNUL se enfrenta a una nueva tarea, quizás
incluso más difícil y peligrosa que
la anterior. Debe ser firme y eficaz y garantizar
que no quede un vacío entre la retirada de
Israel y el despliegue de las fuerzas del Líbano.
Evidentemente, para que pueda llevar a cabo este
nuevo mandato necesita ser reforzada con la máxima
urgencia y se le debe proporcionar una capacidad
militar sofisticada. El Consejo no puede permitirse
descansar ni un minuto. Insto a sus miembros a que
de inmediato celebren consultas intensas con los
actuales y posibles contribuyentes de tropas con
miras a generar las fuerzas adicionales necesarias
lo antes posible, antes de que la situación
sobre el terreno se descontrole nuevamente. Exhorto
al Consejo a que se asegure de que ellos tengan
el equipo que necesiten.
También
hago un llamamiento a todos los posibles donantes
para que respondan con rapidez a las solicitudes
del Gobierno del Líbano de ayuda financiera
en su lucha por reconstruir su devastado país.
Algunos
quizás estén renuentes a hacerlo porque
no cuentan con garantías firmes de que esta
vez la paz llegará para quedarse. De hecho,
esas garantías son esenciales, y deben basarse
no sólo en la cesación de las hostilidades
o el despliegue de una fuerza de paz mayor, sino
en la solución de los problemas políticos
fundamentales subyacentes, incluida la liberación
de prisioneros, comenzando por los que han sido
tomados como rehenes, así como en la solución
de la cuestión de las granjas de Sheba’a,
de conformidad con la resolución 1680
(2006).
Por
consiguiente, asumiré de inmediato el papel
que se me ha asignado en el proyecto de resolución
de hoy. Hemos tenido una terrible lección
respecto de los peligros que acarrea permitir que
los problemas se agraven. Ahora ya todos debemos
saber que a menos
que solucionemos los asuntos pendientes éstos
nos pueden tomar por sorpresa.
El
Gobierno del Líbano se reunirá mañana,
y el Gabinete de Israel lo hará el domingo,
para examinar la resolución. Durante el fin
de semana estableceré con ambas partes la
fecha y el momento exactos en que entrará
en vigor la cesación de las hostilidades.
El
Líbano ha sido una víctima durante
demasiado tiempo. Envuelto en una transformación
política desde finales de la guerra civil,
ha seguido siendo un escenario en el que los actores,
tanto internos como regionales, pudieron llevar
a cabo programas que sirvieron a sus intereses propios.
Esa explotación de un país vulnerable
es vergonzosa. Ha socavado los loables esfuerzos
de muchos ciudadanos libaneses por consolidar su
país como un Estado soberano, independiente
y democrático.
El
país y su población merecen algo mejor.
Merecen el pleno apoyo de las Naciones Unidas en
sus esfuerzos por romper las cadenas de la injerencia
externa y los conflictos internos. Para ello se
necesita crear un consenso nacional entre los libaneses
y contar con una cooperación constructiva
basada en la buena voluntad mutua y el diálogo
sostenido entre todas las partes y actores pertinentes
en el plano regional, incluidos los Gobiernos de
Siria y el Irán.
De
hecho, en las cinco últimas semanas se nos
ha recordado una vez más cuán frágil,
tensa y asolada por la crisis ha llegado a ser la
región del Oriente Medio; probablemente sea
ahora más compleja y difícil que nunca
antes. La región está sufriendo cambios
y transformaciones a una escala y de una importancia
estratégica no vistas desde que las potencias
coloniales se retiraron, a finales de la segunda
guerra mundial. Quizás incluso más
ominosos que la destrucción física
sean los cambios de percepción que han estado
acaeciendo tanto dentro de la región como
fuera de ella. El Oriente Medio, que durante tanto
tiempo ha figurado como una de las prioridades en
el orden del día de este Consejo, probablemente
siga siéndolo durante los años venideros.
El
proyecto de resolución que están a
punto de aprobar es sólo un paso hacia el
enfoque amplio que se necesita. Es preciso que se
adopten otras medidas, muchas otras. Para impedir
otro nuevo brote de violencia y derramamiento de
sangre, la comunidad internacional debe estar dispuesta
a ofrecer apoyo y asistencia sostenidos para la
reconstrucción política y económica
del Líbano, y además abordar el contexto
más amplio de la crisis en la región.
En particular, no debemos dar la espalda al derramamiento
de sangre, el sufrimiento y las penurias que han
continuado afligiendo a los civiles palestinos en
Gaza y en la Ribera Occidental, ni al peligro de
los cohetes Qassam que sigue amenazando a las comunidades
israelíes fronterizas con la Franja de Gaza.
Sin lugar a dudas, el progreso que se alcance en
el proceso de paz en el Oriente Medio facilitará
la solución de los conflictos en otras partes
de la región, y viceversa. Por consiguiente,
de ahora en adelante las distintas crisis en la
región deben abordarse no de manera aislada
o bilateral, sino como parte de un esfuerzo holístico
y amplio, aprobado y liderado por el Consejo, para
lograr establecer la paz y la estabilidad en la
región en su conjunto.
Las crisis paralelas en el Líbano y Gaza
en las últimas semanas han demostrado, una
vez más, que no existen soluciones militares
para este conflicto. La guerra no es —repito,
la guerra no es— la continuación de
la política por otros medios. Por el contrario,
representa un fracaso catastrófico de la
habilidad y la imaginación políticas,
un destronamiento de la política pacífica
de la primacía de la que debería disfrutar.
Al adoptarse la primera medida hoy para poner fin
a la guerra en el Líbano, el Consejo está
reafirmando tardíamente esta primacía,
como los fundadores de esta Organización
esperaban que lo hiciera.
Sólo las soluciones políticas serán
sostenibles a largo plazo. Los tratados de paz entre
Israel y Egipto y entre Israel y Jordania son expresiones
de arreglos y acuerdos políticos estables.
Mediante esos tratados los dirigentes de los países
interesados han llevado valientemente la estabilidad
y la paz a las fronteras que anteriormente eran
fuentes de violencia y, de esta forma, a sus pueblos.
En última instancia, habrá que poner
en práctica, en todas las fronteras donde
haya conflicto, acuerdos similares, basados en fundamentos
por todos conocidos. Sólo soluciones amplias
pueden establecer la paz duradera.
Las
Naciones Unidas abogan por una solución justa
para todos esos problemas. Abogamos por la seguridad
para el Líbano, Israel y la región.
Abogamos por una solución amplia y, por lo
tanto, debemos hacer todos nuestros esfuerzos por
abordar todos los problemas y conflictos independientes
pero interrelacionados en la región, manifiestos
o latentes.
Las
demoras sólo se traducirán en la pérdida
de más vidas, la pérdida de más
esperanzas y un mayor deterioro del prestigio y
la autoridad del Consejo y de la Organización.
Debemos
evitar que los pueblos del Líbano, de Israel
y de la región más amplia derramen
más sangre, tanto ahora como en los meses
y años venideros.
incio
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