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Declaración del Secretario General de las Naciones Unidas,
Kofi Annan, ante el Consejo de Seguridad
el 11 de agosto de 2006

 

Acojo con sumo agrado el proyecto de resolución que están por aprobar, y me alivia profundamente que en él se disponga la cesación completa e inmediata de las hostilidades. Es absolutamente imprescindible que la lucha se detenga ahora. Siempre que así sea, considero que este proyecto de resolución permitirá concertar un acuerdo de cesación del fuego sostenible y duradero en los días venideros, y espero que pueda ser el comienzo de un proceso orientado a solucionar los problemas políticos subyacentes de la región por medios pacíficos.

Sin embargo, debo decirles lo profundamente decepcionado que estoy de que el Consejo no haya llegado a este punto mucho, mucho antes, y estoy convencido de que mi decepción y sentido de frustración son compartidos por centenares de millones de personas en todo el mundo. Durante semanas, yo y muchos otros hemos estado pidiendo reiteradamente una cesación inmediata de las hostilidades, para bien de la población civil de ambas partes que ha padecido sufrimientos y pérdidas terribles e innecesarias. Todos los miembros del Consejo deben ser conscientes de que esta incapacidad para reaccionar con mayor prontitud ha hecho tambalear la confianza que deposita el mundo en su autoridad e integridad.

Desde el 12 de julio, cuando Hizbollah lanzó un ataque no provocado contra Israel, matando a ocho soldados israelíes y secuestrando a otros dos, tanto el Líbano como Israel han vuelto a sumirse en el caos de la guerra, la muerte y la destrucción.

Según el Gobierno del Líbano, más de 1.000 libaneses han perdido la vida y más de 3.600 han resultado heridos. Aproximadamente un cuarto de la población del Líbano —cerca de un millón de personas— se ha visto obligada a desplazarse. Se cuentan demasiados niños entre las víctimas. De hecho, han muerto más niños que combatientes en este conflicto. Los bombardeos israelíes han reducido a escombros miles de hogares. También han destruido docenas de puentes y carreteras, debido a lo cual más de 100.000 personas no tienen acceso a lugares seguros; los suministros de socorro tampoco pueden llegar a ellos. Esos estragos resultan trágicos en cualquier caso. El hecho de que el pueblo del Líbano haya tenido que sufrirlos justo ahora que comenzaba a avanzar de verdad hacia la reforma política y la recuperación económica hace que sean más trágicos todavía.

Por su parte, los israelíes han revivido una amenaza de la que esperaban, debido a buenas razones, haber escapado cuando se retiraron del Líbano hace seis años, como certificó el Consejo por recomendación mía.

Han muerto aproximadamente 41 civiles israelíes, y las vidas de cientos de miles han resultado afectadas al verse obligados a guarecerse en refugios o huir de sus casas debido a los ataques con cohetes de Hizbollah, que disparó indiscriminadamente para sembrar el mayor terror posible, sin esforzarse por distinguir entre objetivos civiles y militares, poniendo también en peligro a los civiles en su propio bando al disparar desde zonas densamente pobladas.

El daño tampoco se ha limitado al Líbano e Israel. Otra región que a duras penas puede permitirse otro capítulo de violencia u otra fuente de inestabilidad ha resultado también afectada. Se ha proporcionado más munición a los extremistas. Las propias Naciones Unidas han sido objeto de protestas y violencia, pese a los esfuerzos humanitarios de la Organización, incluidos los esfuerzos desplegados por los valientes miembros de nuestro personal de mantenimiento de la paz de la Fuerza Provisional de las Naciones Unidas en el Líbano (FPNUL) para llegar a las personas atrapadas en el fuego cruzado. La FPNUL ha tenido que hacer frente a una situación para la cual no ha recibido un mandato y para la cual no está equipada.

Admiro y me enorgullezco de los valientes hombres y mujeres que sirven bajo la bandera de las Naciones Unidas y, por supuesto, de todos los trabajadores de asistencia humanitarios; han hecho gala de un coraje increíble desde el 12 de julio al cumplir con su labor, rodeados de intensos enfrentamientos, que han herido a 16 miembros del personal de las Naciones Unidas y, trágicamente, han causado la muerte de otros cinco.

En efecto, la tenacidad de la FPNUL ha hecho posible la solución diplomática que ustedes, miembros del Consejo de Seguridad, acaban de fraguar. Sin ella hubieran tenido que enfrentarse a la difícil perspectiva de que la FPNUL se retirara. En efecto, puede ser que en las próximas horas y días todavía tengan que enfrentarse a esa retirada si no se aplica la cesación inmediata de las hostilidades que se pide en el proyecto de resolución.

Así pues, ya era hora de que pudiéramos contar con este proyecto de resolución, que representa un importante paso adelante. Me complace que los miembros del Consejo hayan logrado resolver sus diferencias, adaptando varios puntos de vista, y espero que aprueben este texto unánimemente. Una vez aprobado el texto deben trabajar con la misma determinación para aplicar plenamente sobre el terreno las medidas que han acordado.

En primer lugar, hay que proporcionar garantías reales de tránsito seguro y acceso a los necesitados a los convoyes de ayuda humanitaria y a los trabajadores de socorro. En cuanto finalicen los enfrentamientos comenzará el gran reto de ayudar a las personas a regresar a sus hogares sanas y salvas y a reconstruir sus vidas.

En segundo lugar, en el proyecto de resolución se concede una gran importancia a la soberanía y la integridad territorial del Líbano, en consonancia con las resoluciones 425 (1978), 1559 (2004) y 1680 (2006) del Consejo de Seguridad. La comunidad internacional debe brindar todo el apoyo posible al Gobierno del Líbano de manera que pueda ejercer esa soberanía. El Gobierno, por conducto de sus fuerzas armadas y su policía, debe ser capaz de ejercer su autoridad en todo el país y todas sus fronteras, sobre todo para evitar los flujos de armas ilícitas y desestabilizadoras. Solamente cuando haya una sola autoridad y una sola arma existirá la posibilidad de una estabilidad duradera. El Estado del Líbano, como cualquier otro Estado soberano, debe tener el monopolio del uso de la fuerza en su propio territorio.

Naturalmente eso implica la retirada completa y rápida de Israel del territorio del Líbano. Ahora tenemos un escenario claro para lograr ese objetivo.

La decisión del Gobierno del Líbano de desplegar 15.000 efectivos de las fuerzas armadas del país en el sur es un importante acontecimiento. No obstante, aunque el ejército pueda estar dispuesto a llevar a cabo esa tarea, el propio Gobierno ha reconocido que necesita ayuda. Esto hace que la decisión del Consejo de fortalecer el mandato y el número de efectivos de la FPNUL sea un ingrediente fundamental del conjunto de medidas.

Ahora la FPNUL se enfrenta a una nueva tarea, quizás incluso más difícil y peligrosa que la anterior. Debe ser firme y eficaz y garantizar que no quede un vacío entre la retirada de Israel y el despliegue de las fuerzas del Líbano. Evidentemente, para que pueda llevar a cabo este nuevo mandato necesita ser reforzada con la máxima urgencia y se le debe proporcionar una capacidad militar sofisticada. El Consejo no puede permitirse descansar ni un minuto. Insto a sus miembros a que de inmediato celebren consultas intensas con los actuales y posibles contribuyentes de tropas con miras a generar las fuerzas adicionales necesarias lo antes posible, antes de que la situación sobre el terreno se descontrole nuevamente. Exhorto al Consejo a que se asegure de que ellos tengan el equipo que necesiten.

También hago un llamamiento a todos los posibles donantes para que respondan con rapidez a las solicitudes del Gobierno del Líbano de ayuda financiera en su lucha por reconstruir su devastado país.

Algunos quizás estén renuentes a hacerlo porque no cuentan con garantías firmes de que esta vez la paz llegará para quedarse. De hecho, esas garantías son esenciales, y deben basarse no sólo en la cesación de las hostilidades o el despliegue de una fuerza de paz mayor, sino en la solución de los problemas políticos fundamentales subyacentes, incluida la liberación de prisioneros, comenzando por los que han sido tomados como rehenes, así como en la solución de la cuestión de las granjas de Sheba’a, de conformidad con la resolución 1680 (2006).

Por consiguiente, asumiré de inmediato el papel que se me ha asignado en el proyecto de resolución de hoy. Hemos tenido una terrible lección respecto de los peligros que acarrea permitir que los problemas se agraven. Ahora ya todos debemos saber que a menos que solucionemos los asuntos pendientes éstos nos pueden tomar por sorpresa.

El Gobierno del Líbano se reunirá mañana, y el Gabinete de Israel lo hará el domingo, para examinar la resolución. Durante el fin de semana estableceré con ambas partes la fecha y el momento exactos en que entrará en vigor la cesación de las hostilidades.

El Líbano ha sido una víctima durante demasiado tiempo. Envuelto en una transformación política desde finales de la guerra civil, ha seguido siendo un escenario en el que los actores, tanto internos como regionales, pudieron llevar a cabo programas que sirvieron a sus intereses propios. Esa explotación de un país vulnerable es vergonzosa. Ha socavado los loables esfuerzos de muchos ciudadanos libaneses por consolidar su país como un Estado soberano, independiente y democrático.

El país y su población merecen algo mejor. Merecen el pleno apoyo de las Naciones Unidas en sus esfuerzos por romper las cadenas de la injerencia externa y los conflictos internos. Para ello se necesita crear un consenso nacional entre los libaneses y contar con una cooperación constructiva basada en la buena voluntad mutua y el diálogo sostenido entre todas las partes y actores pertinentes en el plano regional, incluidos los Gobiernos de Siria y el Irán.

De hecho, en las cinco últimas semanas se nos ha recordado una vez más cuán frágil, tensa y asolada por la crisis ha llegado a ser la región del Oriente Medio; probablemente sea ahora más compleja y difícil que nunca antes. La región está sufriendo cambios y transformaciones a una escala y de una importancia estratégica no vistas desde que las potencias coloniales se retiraron, a finales de la segunda guerra mundial. Quizás incluso más ominosos que la destrucción física sean los cambios de percepción que han estado acaeciendo tanto dentro de la región como fuera de ella. El Oriente Medio, que durante tanto tiempo ha figurado como una de las prioridades en el orden del día de este Consejo, probablemente siga siéndolo durante los años venideros.

El proyecto de resolución que están a punto de aprobar es sólo un paso hacia el enfoque amplio que se necesita. Es preciso que se adopten otras medidas, muchas otras. Para impedir otro nuevo brote de violencia y derramamiento de sangre, la comunidad internacional debe estar dispuesta a ofrecer apoyo y asistencia sostenidos para la reconstrucción política y económica del Líbano, y además abordar el contexto más amplio de la crisis en la región.

En particular, no debemos dar la espalda al derramamiento de sangre, el sufrimiento y las penurias que han continuado afligiendo a los civiles palestinos en Gaza y en la Ribera Occidental, ni al peligro de los cohetes Qassam que sigue amenazando a las comunidades israelíes fronterizas con la Franja de Gaza. Sin lugar a dudas, el progreso que se alcance en el proceso de paz en el Oriente Medio facilitará la solución de los conflictos en otras partes de la región, y viceversa. Por consiguiente, de ahora en adelante las distintas crisis en la región deben abordarse no de manera aislada o bilateral, sino como parte de un esfuerzo holístico y amplio, aprobado y liderado por el Consejo, para lograr establecer la paz y la estabilidad en la región en su conjunto.

Las crisis paralelas en el Líbano y Gaza en las últimas semanas han demostrado, una vez más, que no existen soluciones militares para este conflicto. La guerra no es —repito, la guerra no es— la continuación de la política por otros medios. Por el contrario, representa un fracaso catastrófico de la habilidad y la imaginación políticas, un destronamiento de la política pacífica de la primacía de la que debería disfrutar. Al adoptarse la primera medida hoy para poner fin a la guerra en el Líbano, el Consejo está reafirmando tardíamente esta primacía, como los fundadores de esta Organización esperaban que lo hiciera.

Sólo las soluciones políticas serán sostenibles a largo plazo. Los tratados de paz entre Israel y Egipto y entre Israel y Jordania son expresiones de arreglos y acuerdos políticos estables. Mediante esos tratados los dirigentes de los países interesados han llevado valientemente la estabilidad y la paz a las fronteras que anteriormente eran fuentes de violencia y, de esta forma, a sus pueblos. En última instancia, habrá que poner en práctica, en todas las fronteras donde haya conflicto, acuerdos similares, basados en fundamentos por todos conocidos. Sólo soluciones amplias pueden establecer la paz duradera.

Las Naciones Unidas abogan por una solución justa para todos esos problemas. Abogamos por la seguridad para el Líbano, Israel y la región. Abogamos por una solución amplia y, por lo tanto, debemos hacer todos nuestros esfuerzos por abordar todos los problemas y conflictos independientes pero interrelacionados en la región, manifiestos o latentes.

Las demoras sólo se traducirán en la pérdida de más vidas, la pérdida de más esperanzas y un mayor deterioro del prestigio y la autoridad del Consejo y de la Organización.

Debemos evitar que los pueblos del Líbano, de Israel y de la región más amplia derramen más sangre, tanto ahora como en los meses y años venideros.


incio

 


 

 

 

 

 

 

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Última actualización
14/08/06