BOLETIN ONU
Naciones Unidas - Centro de Información, México
No. 02/125
26 de septiembre de 2002
 

REPRESENTANTE DE LAS NACIONES UNIDAS PARTICIPA EN LA XI CONFERENCIA DE ESPOSAS DE JEFES DE ESTADO
Y DE GOBIERNO DE LAS AMERICAS

 

Ponencia
presentada por Marta Mauras, directora en la Oficina del Secretario General y Jefe de Gabinete de la Vice-Secretaria General de Naciones Unidas, en ocasión de la XI conferencia de esposas de Jefes de Estado y de Gobierno de las Américas realizada en la Ciudad de México el 26 de septiembre de 2002.

EL DESARROLLO Y LAS NACIONES UNIDAS

Introducción

Quiero empezar por agradecer la amable invitación de la Sra. Marta Sahagún de Fox para dirigirme hoy a las Primeras Damas de las Américas y a un grupo tan extenso y representativo de la compleja tarea del desarrollo a nivel nacional e internacional.

Las Primeras Damas realizan estos días en la ciudad de México su décima primera reunión después de más de una década de trabajo sostenido y sistemático. Quiero no sólo reconocer su dedicación y los significativos resultados obtenidos sino además expresar el gran honor que para mí significa continuar de alguna manera asociada a su tarea, primero desde la Oficina Regional de UNICEF que dirigí durante una gran parte de la década y ahora, desde la Oficina del Secretario General de Naciones Unidas, Kofi Annan.

En este período -los últimos once años y meses- se han visto grandes cambios en el mundo y en Latinoamérica. Quiero concentrar mis palabras hoy, primero, en una reflexión sobre la renovada importancia que ha adquirido el tema y la tarea del desarrollo en la agenda internacional; segundo, en el papel de las Naciones Unidas y el multilateralismo, y, tercero, en el imperativo de la participación de todos en la construcción de un mundo globalizado e interdependiente. Intento con eso dar una perspectiva global al análisis de los desafíos que enfrentamos en esta región, especialmente en el combate a la pobreza y la promoción y protección de los derechos de la niñez, que es el tema de esta reunión.

El desarrollo está de vuelta en la agenda política internacional

Hace unos pocos días terminó la Cumbre Mundial de Desarrollo Sostenible en Johannesburgo. A ella asistieron más de 100 Jefes de Estado y de Gobierno y un número sin precedentes -más de 16000- de delegados gubernamentales, no-gubernamentales, y del sector privado. La prensa en el mundo entero le dedicó a los temas y debates de la Cumbre numerosos titulares y comentarios. Esto, a mi juicio, es una demostración más de que el desarrollo está de vuelta en la agenda política del mundo. Y eso es un cambio importante.

Creo que ese renovado interés se debe fundamentalmente a dos razones:

La primera es la globalización. Por globalización quiero decir la vinculación de las naciones a través de la liberalización de la inversión y el comercio. Quién habría pensado hace algunos años que hoy muchas de las grandes corporaciones internacionales tendrían su sede, por ejemplo, en Nueva York o Madrid pero sus oficinas administrativas y de apoyo informático -las "back office"- en países en desarrollo? Quién habría dicho que la inversión extranjera del propio mundo en desarrollo alcanzaría a cifras tan altas como las que hoy representa, más de $300 mil millones al final de los 90 en tanto recibían como inversión extranjera directa sólo $208 mil millones?. Quién habría pensado que los países europeos estarían considerando políticas de inmigración positivas desde los países del Sur para obtener la mano de obra calificada que necesitan para reemplazar a su envejecida población?

Por globalización también quiero decir la comunicación instantánea y la transmisión de información en tiempo real, hecha posible por avances tecnológicos tales como los teléfonos celulares, las redes de noticias por la televisión abiertas las 24 horas, el correo electrónico y el Internet. Estamos más enterados de lo que pasa en el mundo, comparamos ventajas y desventajas entre regiones y países, entre pobres y ricos. Las barreras del idioma y la cultura pareciera que desaparecen.

La segunda razón por el renovado interés en el desarrollo, y me refiero especialmente el interés en los países del Norte, es el ataque terrorista del 11 de septiembre y sus efectos posteriores. Hemos visto como la misma tecnología que abre fronteras y crea oportunidades se pone al servicio de la violencia devastadora por parte del terrorismo organizado; acciones que tienen profundas raíces económicas, sociales, políticas e ideológicas y muchas ramificaciones. No quiero decir con esto que haya una relación directa entre pobreza y terrorismo, pero a quién le cabe duda que mayor prosperidad y justicia, mejor distribuidas en el mundo, sólo pueden traer mayor seguridad y beneficios para todos?

Revisemos por un momento cuál ha sido este cambio en la agenda internacional y qué efectos tiene.

En las décadas de los 50 y los 60, el crecimiento del PIB era la meta y la industrialización su mayor instrumento. La sustitución de importaciones era particularmente popular en América Latina. El goteo o "trickle down" era la fórmula del desarrollo -de la inversión en maquinaria e infraestructura a la industrialización, de ésta al crecimiento y del crecimiento a la reducción de la pobreza-. El estado tenía un papel central.

Ya en los 70 esta estrategia comenzó a ponerse en duda. Como muestra, Brazil crecía relativamente rápido pero mostraba poco progreso en sus indicadores sociales. La recesión y las altas tasas de interés en los países desarrollados, los altos precios del petróleo y el deterioro de los precios de los productos básicos de los países en desarrollo sentaron las bases para los problemas de balanza de pagos y la severa crisis de deuda externa de muchos países en desarrollo, cuyo caso más emblemático fue la crisis financiera de México de 1982. De 1950 a 1980, el PBI per capita en América Latina aumentó anualmente un 2.5%. Pero desde 1981 hasta el 2001, es decir en veinte años!, el crecimiento promedio fue casi nulo, apenas un 0.3% anual. Y aunque esto incluye cuatro años de relativa mejoría al principio de los 90, sus efectos poco menos que han desaparecido con las crisis financieras, políticas y sociales que han sobrevenido en la región desde 1995.

La desesperada necesidad por financiamiento externo abrió el camino para el ajuste estructural, una serie de recetas macroeconómicas impuestas por las instituciones de Bretton Woods como condición para sus préstamos. Estas medidas conocidas más tarde como el "Consenso de Washington" significaron básicamente más mercado y menos gobierno: liberalizar, desregular y privatizar. Con el colapso de la Unión Soviética y la planificación central, quedó asentado el modelo lo que a su vez dio impulso a la globalización.

Comenzó así a quedar clara la necesidad de revisar la estrategia. Después de una década y media de ajuste estructural, África mostraba tasas crecientes de pobreza y cada vez menor ingreso per capita. Las economías en transición no parecían remontar y las crisis financieras de la mitad de la década (México en 1994-95; Lejano Oriente en 1997-98; Brazil y Rusia en 1998) tomaron a todos por sorpresa. En América Latina cundía la desilusión al constatar que las liberalizaciones no acarreaban consigo las tan esperadas mejoras en las condiciones de vida. Y se comenzó a reconocer que la globalización no beneficiaba a todos.

Vale la pena recordar que fue el estudio de UNICEF en 1987 sobre El Ajuste con Rostro Humano el que volvió a enfatizar la importancia de la educación, los servicios de salud y nutrición y el papel del gobierno para asegurarlos. Otros estudios mostraban las limitaciones del mercado, sobre todo para proteger a los más pobres y vulnerables y se empezó, finalmente, a llegar a la conclusión de que el estado y el mercado debían complementarse; que las políticas macroeconómicas y los mecanismos del mercado son condiciones necesarias para el crecimiento económico, pero no son suficientes.

Hoy reconocemos que las condiciones para un desarrollo perdurable incluyen el buen gobierno, las medidas anti-corrupción, el respeto por los derechos humanos y el imperio de la ley, además de políticas explícitas de combate a la pobreza, de apoyo a la mujer y de inversión en salud y educación.

En resumen, hemos visto en las últimas décadas un giro decisivo desde un enfoque en la inversión en capital físico hacia una inversión en capital humano; desde el estado al mercado y, ahora, a una zona intermedia donde tanto el estado como el mercado tienen un papel importante que cumplir y donde el ámbito de decisiones es tanto local y nacional como global. El objetivo final del desarrollo, dice Amartya Sen, es gente saludable e ilustrada; a su vez, para alcanzar el desarrollo es preciso contar con gente saludable e ilustrada.


El papel de las Naciones Unidas y el multilateralismo

El enfoque en los seres humanos como objetos y sujetos del desarrollo tuvo su máxima expresión en la Cumbre del Milenio, realizada en Naciones Unidas en septiembre del 2000. Con esto culminaba una década extraordinaria de debates y compromisos internacionales que empezó con la Cumbre Mundial de la Infancia en 1990, la primera en crear un plan de acción con metas cuantitativas.

Los líderes mundiales adoptaron la Declaración del Milenio en la que acuerdan usar los primeros quince años de este nuevo siglo para un ataque frontal contra la pobreza, el deterioro ambiental y la inseguridad en el mundo. Esta Declaración representa un nuevo consenso sobre la condición humana y una visión común de qué es preciso hacer para responder a las aspiraciones de la gente y a la realidad de un mundo interdependiente. En la Declaración se adoptan un conjunto de metas concretas y mensurables, los Objetivos de Desarrollo del Milenio. Éstos incluyen reducir a la mitad la proporción de gente cuyo ingreso es menor a un dólar al día, alcanzar la enseñanza primaria universal,
promover la igualdad entre mujeres y hombres, reducir la mortalidad de menores de cinco años en dos tercios, reducir la tasa de mortalidad materna en tres cuartos, reducir a la mitad el VIH/SIDA y la malaria, y reducir a la mitad el número de gente sin acceso al agua potable.

La tarea es inmensa si uno considera que hay más de mil millones de personas en pobreza extrema en el mundo, y que muchos países especialmente en África enfrentan los efectos devastadores del SIDA y del deterioro económico. El mundo está dividido entre ricos y pobres como nunca antes. Un sexto de la humanidad ha alcanzado niveles de bienestar imposibles de imaginar sólo hace unas décadas. Al mismo tiempo, otro sexto de la humanidad lucha por la sobrevivencia diaria, en una batalla a muerte contra la enfermedad, el hambre y la catástrofe ambiental. En el medio hay cerca de cuatro mil millones de personas que, aunque no al borde del desastre, están lejos de vivir vidas seguras y con el bienestar de los países ricos.

Es preciso reconocer el innegable progreso experimentado en los últimos treinta años (la esperanza de vida promedio en el mundo ha subido de 60 a 70 años, la mortalidad infantil ha caído de 100 por mil nacidos vivos a 50, la tasa de alfabetos adultos ha subido de 60 a 80 por ciento). Pero las perspectivas de cumplir los Objetivos del Milenio al 2015 son mixtas. Algunas regiones del mundo, como el Lejano Oriente y el Sur de Asia, van bien encaminadas. Pero gran parte de África sub-Sahara y de Asia Central están perdiendo terreno, en tanto en Latinoamérica el progreso es lento. Para el mundo en general, la pobreza extrema (definida como un-dólar-por-día) ha disminuido de 29 por ciento en 1990 a 23 por ciento en 1999, aunque esto se debe casi exclusivamente a los avances en el Lejano Oriente y el Pacífico. En América Latina, la tasa de pobreza ha declinado sólo de 16.8 por ciento a 15.1 por ciento en el mismo período, pero el número de pobres
ha aumentado de 74 a 77 millones de personas. En materia de mortalidad de menores de 5 años la tasa en la región ha bajado de 54 por mil nacidos vivos en 1990 a 37 por mil nacidos vivos en el 2000, pero las disparidades son enormes con, por ejemplo, Haití con 125 muertes por mil y Cuba con 9 muertes por mil nacidos vivos.

Una conclusión obvia es que para llegar al año 2015 con las metas cumplidas se precisa un esfuerzo mancomunado de los países en desarrollo y de los países desarrollados, interactuando en la comunidad de naciones.

Las Naciones Unidas ocupan un lugar especial en esta dinámica. No somos grandes proveedores de dinero; el Banco Mundial y los bancos regionales contribuyen muchos más recursos financieros que las Naciones Unidas. Nuestro papel es un tanto diferente.

Primero, en las Naciones Unidas se fijan normas y políticas de aplicación universal. Las grandes conferencias en la última década sobre el medio ambiente, la mujer, la población, la infancia, los derechos humanos, el crimen y muchas otras han ayudado a la comunidad mundial a repensar los grandes temas de nuestro tiempo y a establecer la base conceptual para la cooperación para el desarrollo, en gran parte reflejada en la Cumbre del Milenio.

Tratados y convenciones como la Convención de los Derechos de los Niños son una parte importante de ese marco internacional.

En segundo lugar, las Naciones Unidas están presentes en los países en desarrollo a través del apoyo concreto a sus políticas y programas, incluso en momentos de gran vulnerabilidad como es el caso hoy en Afganistán, o de conflicto, como en el Congo.

Y, por último, las Naciones Unidas juegan un papel promotor de ideas. Desde su plataforma, las Naciones Unidas han hecho un llamado para que la globalización "funcione para todos" y las políticas de desarrollo se centren en el ser humano y no en el crecimiento económico. Por ejemplo, la campaña mundial contra el SIDA ha adquirido gran resonancia gracias a esos esfuerzos.

Una tarea crucial para las Naciones Unidas es ayudar a convertir los compromisos globales en realidad. La Conferencia de Financiamiento para el Desarrollo realizada en Monterrey, México a comienzos de este año es digna de destacar por el acuerdo que allí alcanzaron los países donantes y los receptores de ayuda. Los países en desarrollo acordaron continuar con la reforma de sus economías, el fortalecimiento de sus instituciones, el combate a la corrupción, el respeto a los derechos humanos, y a gastar más en las necesidades de los pobres. Los países desarrollados acordaron apoyarlos con el alivio a la deuda, abriendo sus mercados, proveyendo más financiamiento y ayuda, y ofreciéndole al mundo en desarrollo más participación en las decisiones sobre la economía global.

Pero también fue acordado que estas estrategias no tendrán resultados si no hay recursos - humanos y, sobre todo, financieros-. Por eso fue especialmente importante en Monterrey el que tanto Estados Unidos como la Unión Europea anunciaran aumentos sustanciales a la ayuda oficial al desarrollo. Las cifras son aún muy menores a las necesidades (alcanzando para el 2006 alrededor de $12 mil millones de un total adicional estimado por año de $50 mil millones), pero representan un cambio importante de actitud y un triunfo para la causa en favor de la ayuda para el desarrollo.

Más importante aún para esta región, en Monterrey se reafirmó un principio fundamental: los países en desarrollo necesitan generar sus propios recursos para lo cual reclaman acceso al comercio y requieren atraer inversión extranjera, temas centrales de la nueva ronda de comercio iniciada en Doha. Un estudio reciente estimó que remover las barreras de comercio podría traer una ganancia potencial para los países en desarrollo de alrededor de $130 mil millones al año, comparado con los niveles actuales de ayuda de alrededor de $50 mil millones.

Otro tema distinto es el uso de esos recursos. Baste señalar, sin ánimo de extenderme, que el documento preparado por la CEPAL y UNICEF para esta reunión argumenta que es preciso aumentar el gasto social en la región de manera pro-cíclica, es decir, incluso en momentos de recesión económica, de tal manera de proteger en particular a la infancia.

Una lección de la globalización, y del terror globalizado, es que estamos interconectados. El mundo es en realidad uno, las distancias se acortan, las barreras del tiempo desaparecen, el planeta parece más pequeño. Las enfermedades infecciosas, la guerra o los problemas ambientales en una parte del mundo afectarán probablemente a otras. Las decisiones financieras de los inversionistas privados en un lugar afectarán a muchos otros. Una recesión en Estados Unidos significa pérdida de empleos en Indonesia. Más aún, muchos de esos problemas no podrán ser resueltos por un país por sí solo. La conclusión es obvia: se necesita acción colectiva en un marco multilateral. Sólo hace unos días al inaugurar el período de sesiones de la Asamblea General, Kofi Annan señalaba: "Estoy aquí frente a Uds. como un multilateralista…..", su manera de recordarnos que las Naciones Unidas existen como el foro mundial por excelencia para perseguir el diálogo y la acción colectiva.


Asociaciones estratégicas

Es claro entonces que la tarea del desarrollo y de la paz es un asunto de todos. Es cierto que los grupos ciudadanos y las organizaciones no-gubernamentales han sido parte de las Naciones Unidas desde su fundación. Pero es en estos últimos años en que ha quedado de manifiesto el poder de movilización y la influencia que tienen las organizaciones de la sociedad civil en los asuntos públicos, nacionales e internacionales. El cumplimiento de las metas de desarrollo al 2015 va a requerir un esfuerzo colectivo a escala global en el que participen con responsabilidades y compromisos específicos todos los actores: gobiernos, organismos no-gubernamentales, el sector privado, la comunidad académica, los gobiernos locales, y muchos más.

Aunque Naciones Unidas continúa siendo una organización intergubernamental, lo que hacemos en el ámbito del desarrollo, y cada vez más en el ámbito de la paz y la seguridad, lo hacemos en asociación con otros. Nuestras puertas están cada día más abiertas para una amplia constelación de actores no estatales. En Monterrey, por ejemplo, los organismos de la sociedad civil participaron directamente en la preparación de los debates y en las mesas redondas con delegados ministeriales. En Johannesburgo, se lanzaron numerosas asociaciones entre el sector privado, las ONGs y los gobiernos para desarrollar proyectos concretos de desarrollo sostenible en apoyo a los compromisos adoptados por los Jefes de Estado. En la Sesión Especial sobre la Infancia, este año en Nueva York, numerosos niños y jóvenes participaron como miembros de delegaciones oficiales y contribuyeron con una declaración redactada por el Foro de la Infancia al plan de acción allí adoptado.

Fueron organismos de la sociedad civil movilizados globalmente que hicieron posible la aprobación de la Convención sobre la Prohibición de las Minas Anti-personal en tiempo record. Asimismo, el movimiento Jubileo 2000 logró inmenso éxito con su campaña por la cancelación de la deuda externa de los países más pobres. Pero su contribución es mucho más amplia y profunda, y a veces menos visible, desde la promoción y defensa de una causa hasta la provisión directa de servicios básicos.

Quiero destacar en particular a las Primeras Damas quienes, sin duda en el caso de Latinoamérica, están cumpliendo un papel no-tradicional de impulsoras y defensoras de la agenda social. Se aprecia cada vez más en los grandes eventos internacionales -la Cumbre del Milenio y la Sesión Especial sobre la Infancia son claros ejemplos- la creciente participación de las Primeras Damas, con un diálogo paralelo no-oficial pero sumamente útil sobre los temas de las conferencias.

En cuanto al sector privado, el Secretario General Kofi Annan ha lanzado también un Pacto Global para impulsar sobre todo al sector corporativo internacional a ajustarse a principios básicos en torno a un conjunto de derechos humanos, laborales y estándares ambientales. Además, las grandes fundaciones privadas en el mundo como las de Ted Turner, Bill y Melinda Gates, Rockefeller y muchas otras están contribuyendo más que muchos gobiernos a tareas fundamentales de desarrollo, destacando en particular el apoyo a la lucha contra el SIDA.

Por esto quiero resaltar cuán importante me parece que esta XI Reunión de Primeras Damas de las Américas, realizada en la ciudad de México, incluya un diálogo amplio con miembros de la sociedad civil. Con esa nota, quiero agradecer una vez más esta invitación que me honra y aspirar a continuar trabajando todos juntos por un mundo mejor.

Muchas gracias.


Presidente Mazaryk no.29, piso 6
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