|
Estamos aquí
para discutir el destino de seres humanos. No del ser humano en abstracto,
sino de millones y millones de hombres, mujeres y niños de carne
y hueso, todos los cuales anhelan mejorar su vida según sus propias
preferencias y todos los cuales son capaces de hacerlo si se les da la
oportunidad.
Actualmente no tienen esa oportunidad porque hay una multitud de problemas,
pobreza, hambre, enfermedad, opresión, conflicto, contaminación,
agotamiento de los recursos naturales, cada uno de los cuales hace más
difícil escapar de los demás.
Por desarrollo entendemos dar poder a la persona para romper ese círculo
vicioso.
Y para el desarrollo hacen falta recursos. Recursos humanos. Recursos
naturales. Y también, y esto es determinante, recursos económicos.
Por eso estamos aquí, y es una satisfacción ver aquí
a tantos de ustedes, en especial los que han venido de países desarrollados.
Se han dado cuenta, como se dan cuenta cada vez más y más
de nuestros conciudadanos, de que vivimos en un mundo, no en dos, y de
que nadie en este mundo puede sentirse cómodo ni seguro mientras
tantos otros padecen sufrimientos y privaciones.
Es también muy satisfactorio ver aquí a tantos líderes
del propio mundo en desarrollo.
No vienen a pedir limosna. Saben que ellos mismos tienen mucho que hacer
para movilizar recursos internos en sus propios países, así
como para atraer capital privado internacional y aprovecharlo.
Lo que sí están
pidiendo es la oportunidad de hacer oír su voz y asegurarse de
que se tienen en cuenta los intereses de sus países cuando se discute
cómo administrar la economía mundial.
Están pidiendo también que sus países tengan la posibilidad
de salir de la pobreza mediante el comercio, lo cual significa que los
mercados del mundo desarrollado deben estar completa y verdaderamente
abiertos a sus productos, y que deben eliminarse los subsidios injustos
que desequilibran la competencia entre los productos. La promesa de Doha
debe cumplirse.
Lo que muchos de ellos están pidiendo es alivio de una deuda que
constituye una carga insoportable.
Y muchos de ellos están diciendo que, para poder prescindir de
la ayuda en el futuro, sus países necesitan primero que se les
dé una mano en la forma de un incremento significativo de la asistencia
oficial para el desarrollo.
Hace dieciocho meses, los líderes políticos de todo el mundo
decidieron en la Cumbre del Milenio que debemos utilizar los quince primeros
años de este nuevo siglo para lanzar un ataque decisivo contra
la pobreza, el analfabetismo y la enfermedad. Y nos dieron una medida
clara del éxito o el fracaso: los Objetivos de Desarrollo para
el Milenio.
Alcanzar esos objetivos antes del 2015 no significaría haber ganado
la batalla por el desarrollo. Pero si no los alcanzamos sabremos que hemos
perdido.
Y todos los estudios serios coinciden en que no podemos alcanzarlos sin
al menos 50.000 millones de dólares más al año de
asistencia oficial, aproximadamente el doble de la cantidad actual, aportados
de una manera eficiente que, por ejemplo, deje a los países receptores
la libertad de elegir a los proveedores y los contratistas que mejor respondan
a sus necesidades.
La prueba más clara y más inmediata del espíritu
de Monterrey será que los países donantes proporcionen esa
ayuda.
Las nuevas propuestas que se hagan deben incrementar verdaderamente los
recursos disponibles para el desarrollo y no reducirlos con el tiempo.
Algunos donantes tal vez sean reacios a comprometerse, porque no están
convencidos de que la ayuda sirva.
A ellos les digo que repasen la historia. Abundan las pruebas de que la
ayuda sirve. La ayuda trae consigo mejoras espectaculares de la alfabetización,
y disminuciones espectaculares de la mortalidad infantil cuando es encauzada
a países con líderes esclarecidos e instituciones eficientes.
De hecho, un líder esclarecido puede utilizar la ayuda para establecer
instituciones eficientes.
La ayuda es imprescindible,
pero no es lo único. El desarrollo es un proceso complejo en el
que muchos agentes distintos tienen que trabajar juntos, y no los unos
contra los otros. Por poner sólo un ejemplo, no sirve de nada ayudar
a los ganaderos que crían vacas en un país si, al mismo
tiempo, se le exporta leche en polvo subvencionada.
Por eso es tan alentador ver aquí a ministros de economía
y empresarios junto a los ministros de carteras de desarrollo. Y por eso
el proceso de preparación de esta conferencia, con las Naciones
Unidas, la Organización Mundial del Comercio y las instituciones
de Bretton Woods trabajando juntos como nunca antes lo habían hecho,
ha sido tan extraordinario. Por fin todos hacemos frente juntos y de manera
coherente a los problemas.
Sr. Presidente, ese es el verdadero espíritu de Monterrey, que
debemos mantener en los meses y años venideros.
El "Consenso de Monterrey" no es un documento débil,
como han afirmado algunos. Será débil si no lo llevamos
a la práctica. Pero si cumplimos las promesas que contiene y seguimos
trabajando juntos, puede marcar un cambio verdadero en la vida de los
pobres de todo el mundo.
Asegurémosnos de que así sea.
Muchas gracias.
|