BOLETIN ONU
Naciones Unidas - Centro de Información, México
No. 06/149
13 de diciembre de 2006
 

Discurso del Secretario General en el Museo

y Biblioteca Presidencial Truman

 

 


Gracias, Senador [Hagel] por su magnífica presentación. Es un gran honor ser presentado por un legislador tan distinguido. Y gracias también a usted, Sr. Devine, y a todos sus colaboradores, así como a la muy eficiente sección de la Asociación pro Naciones Unidas de Kansas City, por todo lo que han hecho para que esta ocasión fuera posible.

Es un gran placer y un privilegio encontrarme aquí en Missouri. Para mí es casi como volver a casa. Hace casi medio siglo fui un estudiante a unas 400 millas al norte de este lugar, en Minnesota. Llegué allá directamente desde África, y les aseguro que Minnesota me enseñó la importancia de un abrigo grueso, una bufanda abrigada ... e incluso de las orejeras.

Cuando se deja un hogar por otro, siempre hay cosas que aprender. Yo tuve que aprender mucho más cuando pasé de Minnesota a las Naciones Unidas, el hogar común indispensable de toda la familia humana, que ha sido también mi hogar en estos últimos 44 años. Hoy quiero referirme sobre todo a cinco cosas que he aprendido en los últimos 10 años durante los cuales he ocupado el cargo difícil, pero a la vez apasionante, de Secretario General.

Considero especialmente apropiado que lo haga aquí en este recinto en que se honra el legado de Harry S. Truman. Si Franklin Delano Roosevelt fue el arquitecto de las Naciones Unidas, el Presidente Truman fue el maestro de la obra y el fiel defensor de la Organización en sus primeros años, cuando enfrentaba problemas muy distintos de los que había previsto el Presidente Roosevelt. El nombre de Truman estará vinculado para siempre con el recuerdo del liderazgo preclaro de los Estados Unidos, en una gran empresa de alcance mundial. Y ustedes verán que cada una de las cinco cosas que aprendí me lleva a concluir que ese liderazgo se necesita hoy tanto como hace 60 años.
Aprendí, en primer lugar, que en el mundo de hoy, la seguridad de cada uno de nosotros está vinculada a la de todos los demás.

• Esto ya era un hecho en los tiempos de Truman. El hombre que en 1945 dio la orden de utilizar armas nucleares por primera vez en la historia —y esperemos que esa haya sido la única— entendió que nunca más podría lograrse la seguridad de unos cuantos al precio de la inseguridad de otros. Como dijo en la Conferencia de la fundación de las Naciones Unidas en San Francisco, estaba firmemente decidido a impedir, si la mente, el corazón y la esperanza humana podían impedirlo, que se repitiera el desastre [es decir, la guerra mundial] por el cual el mundo entero padecería durante muchos años. Creía firmemente que, en adelante, la seguridad debería ser colectiva e indivisible. Por ello, ante la agresión de Corea del Norte contra el Sur en 1950, insistió en que la cuestión se llevara ante las Naciones Unidas y en que las fuerzas de los Estados Unidos combatieran bajo la bandera de la Organización, a la cabeza de una fuerza multinacional.

• Pero cuanto más cierto es todo esto en el mundo abierto de hoy: este mundo en que no sólo los Estados réprobos sino también los grupos extremistas pueden obtener armas mortíferas; en que el síndrome respiratorio agudo y grave (SARS) o la gripe aviar pueden ser transportados a través de los océanos, para no hablar de las fronteras nacionales, en cuestión de horas; un mundo en que los Estados fallidos en el corazón de Asia o de África pueden convertirse en refugio de terroristas; un mundo en que hasta el clima está cambiando de tal forma que ello repercutirá en la vida de todos los habitantes del planeta.

• Contra amenazas como éstas, ninguna nación puede hacerse más segura tratando de alcanzar la supremacía sobre las demás. Todos compartimos la responsabilidad por la seguridad de los demás y sólo si procuramos asegurarnos los unos a los otros podremos alcanzar la propia seguridad duradera.

• Considero además que esta responsabilidad no es sólo una cuestión de que los Estados estén dispuestos a acudir en ayuda de los demás cuando son atacados, aunque eso es importante. Supone también nuestra responsabilidad compartida de proteger a los pueblos del genocidio, de los crímenes de guerra, la depuración étnica y los crímenes de lesa humanidad, una responsabilidad que todas las naciones aceptaron solemnemente en la Cumbre de las Naciones Unidas celebrada el año pasado. Esto significa que el respeto de la soberanía nacional ya no puede ser utilizado como escudo por gobiernos empeñados en aniquilar a su propio pueblo, o como pretexto para que el resto de nosotros no hagamos nada cuando se cometen esos crímenes atroces.

• Sin embargo, como dijo Truman, si sólo aceptamos de palabra los altos ideales y luego vulneramos los principios de justicia más sencillos, mereceremos que caiga sobre nosotros la ira implacable de quienes aún no han nacido. Y cuando me entero de los asesinatos, las violaciones y el hambre a la que se ve sometida la gente de Darfur, temo que aún no hemos ido mucho más allá de la aceptación de palabra. En este caso la lección para mí es que los principios altisonantes como el de la responsabilidad de proteger al prójimo se quedaría en mera retórica a menos que aquellos que tienen el poder de intervenir eficazmente, ejerciendo poder político, económico o, en última instancia, fuerza militar, estén dispuestos a tomar la iniciativa.

• Creo que tenemos una responsabilidad no sólo con nuestros contemporáneos sino también con las generaciones futuras: la responsabilidad de conservar los recursos que les pertenecen a ellos tanto como a nosotros y sin los cuales no podemos sobrevivir. Esto significa que tenemos que hacer mucho más, con carácter urgente, para prevenir o reducir el ritmo del cambio climático. Cada día que pasa sin que hagamos algo, o en que hagamos muy poco, supone costos mucho más altos para nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos.

En segundo lugar, aprendí que no sólo somos todos nosotros responsables de la seguridad de los demás. También somos en cierta medida responsables de su bienestar. La solidaridad mundial es necesaria y posible.

• Es necesaria porque sin un cierto grado de solidaridad ninguna sociedad puede ser verdaderamente estable y nadie tendrá realmente asegurada su propia prosperidad. Esto es válido para la sociedad de los países, como lo descubrieron las grandes democracias industriales del siglo XX, pero también se aplica a la economía de mercado global cada vez más integrada en la que vivimos hoy. Es poco realista pensar que algunos pueden seguir derivando grandes beneficios de la globalización, en tanto que miles de millones de seres humanos quedan sumidos en una pobreza abyecta o se ven precipitados en ella. Tenemos que dar a nuestros conciudadanos, no sólo en cada país sino en toda la comunidad mundial, al menos la oportunidad de participar de nuestra prosperidad.

• Por ello, hace cinco años, en la Cumbre del Milenio organizada por las Naciones Unidas se aprobó un conjunto de objetivos, los objetivos de desarrollo del Milenio, que deberán alcanzarse para el año 2015: objetivos como el de reducir a la mitad la proporción de personas en el mundo que carecen de agua limpia para beber; de garantizar que todas las niñas, así como los niños, cursen al menos la enseñanza primaria; de reducir radicalmente la mortalidad infantil y de las madres, y detener la propagación del VIH/SIDA. Mucho de esto sólo pueden lograrlo los gobiernos y la población de los propios países pobres. Pero los países ricos también tienen una función fundamental que cumplir a ese respecto. Nuevamente en este caso, Harry Truman resultó ser un pionero, al proponer en el discurso de su toma de posesión en 1949 un programa que con el tiempo se llamó asistencia para el desarrollo. El éxito que hemos tenido al movilizar a los países donantes para que respalden los objetivos de desarrollo del Milenio, mediante el alivio de la deuda y el aumento de la ayuda externa, me convence de que la solidaridad mundial no sólo es necesaria, sino también posible.

• Desde luego, la ayuda externa por sí sola no es suficiente. Hoy sabemos que el acceso a los mercados, las relaciones de intercambio justas y un sistema financiero no discriminatorio son igualmente importantes para que los países pobres tengan una oportunidad. En las próximas semanas y meses ustedes como estadounidenses pueden contribuir a cambiar radicalmente la situación de muchos millones de personas pobres, si están dispuestos a salvar la Ronda de Doha de negociaciones comerciales. Podrán lograrlo, siempre que pongan los intereses más amplios del país por encima de los de ciertos grupos de presión sectoriales muy poderosos, y alienten a Europa y a los países en desarrollo grandes a que hagan lo mismo.

En tercer lugar, aprendí que tanto la seguridad como el desarrollo dependen en última instancia del respeto de los derechos humanos y del estado de derecho.

• Aunque el mundo es cada vez más interdependiente, sigue estando dividido, no sólo por las diferencias económicas sino también por la religión y la cultura. Esto no es de por sí un problema. En el transcurso de la historia, la vida de los seres humanos se ha enriquecido por la diversidad y las diferentes comunidades han aprendido unas de las otras. Pero si nuestras diferentes comunidades han de vivir juntas en paz debemos insistir también en lo que nos une, esto es, nuestra humanidad común y nuestra común convicción de que la dignidad y los derechos humanos deben estar amparados por la ley.

• Esto también es fundamental para el desarrollo. Es más probable que los inversionistas extranjeros y los propios ciudadanos de un país participen en la actividad productiva cuando sus derechos básicos están garantizados y tienen la certeza de que se les otorgará un tratamiento justo conforme a la ley. Y es más probable que se adopten políticas que propicien verdaderamente el desarrollo económico si la gente que más necesita ese desarrollo puede hacerse oír.

• En pocas palabras, los derechos humanos y el estado de derecho son indispensables para la seguridad y la prosperidad mundial. Como dijo Truman, debemos probar de una vez por todas, con nuestras acciones y de manera concluyente, que el derecho prima. Por eso este país ha estado siempre a la vanguardia del movimiento mundial de los derechos humanos. Pero ese liderazgo sólo lo mantendrán los Estados Unidos si permanecen fieles a sus principios, incluso en la lucha contra el terrorismo. Cuando parecen abandonar sus propios ideales y objetivos, ello desde luego inquieta y confunde a sus amigos en el extranjero.

• Por otra parte es preciso que los Estados observen las normas establecidas en el trato entre ellos, así como con sus propios ciudadanos. En algunas ocasiones esto puede resultar poco conveniente, pero lo que importa en última instancia no es la conveniencia, sino obrar correctamente. Ningún Estado puede hacer que sus propias acciones parezcan legítimas a los ojos de los demás. Cuando se recurre a la fuerza, especialmente la fuerza militar, el mundo sólo la considerará legítima cuando tenga la certeza de que se ha empleado por un motivo justo, por fines que son ampliamente compartidos, según normas ampliamente reconocidas.

• Ninguna comunidad, en ningún lugar del mundo, sufre por el respeto excesivo del estado de derecho; por el contrario, muchas sufren por la observancia insuficiente del estado de derecho y la comunidad internacional está entre ellas. Esto debe cambiar.

• Los Estados Unidos han aportado al mundo el ejemplo de una democracia en que todos, incluso los más poderosos, están sujetos a las restricciones de la ley. En este momento de predominio, los Estados Unidos tienen una valiosa oportunidad de implantar los mismos principios a escala mundial. Como dijo Harry Truman, todos tenemos que reconocer, por más poderosos que seamos, que debemos renunciar a hacer siempre lo que se nos antoje.

En cuarto lugar, muy ligado al anterior, los gobiernos deben rendir cuenta de sus acciones en el plano internacional, así como en el nacional.

• Hoy día los actos de un Estado con frecuencia pueden tener un efecto decisivo en la vida de los habitantes de otros Estados. Por tanto, ¿acaso no debe dar explicaciones a esos otros Estados y a sus ciudadanos, así como a los suyos propios? Yo creo que sí.

• En la situación actual, la rendición de cuentas entre Estados es muy desigual. A los Estados pobres y débiles se les puede hacer rendir cuentas fácilmente porque necesitan la asistencia extranjera. Pero los Estados grandes y poderosos, cuyos actos tienen mayores repercusiones para los otros, sólo están obligados a rendir cuentas ante sus propios ciudadanos, mediante sus instituciones nacionales.

• Ello confiere a la población y las instituciones de esos Estados poderosos la responsabilidad especial de tener en cuenta la opinión y los intereses mundiales, así como los nacionales. Y hoy día también tienen que tener en cuenta la opinión de lo que en la jerga de las Naciones Unidas se denomina “agentes no estatales”. Es decir, sociedades mercantiles, organizaciones benéficas y grupos de presión, sindicatos, fundaciones filantrópicas, universidades y centros de estudio; toda una variedad de formas en que la gente se agrupa voluntariamente para reflexionar sobre el mundo, o intentar cambiarlo.

• No se debe permitir que ninguna de esas formas sustituya al Estado, ni los procesos democráticos por los que los ciudadanos eligen a sus gobiernos y deciden las políticas. Pero todas tienen la capacidad de influir en los procesos políticos, tanto a nivel internacional como nacional. Los Estados que tratan de ignorar este hecho niegan la realidad.

• En realidad, los Estados ya no pueden, si es que alguna vez pudieron, hacer frente a los desafíos mundiales por sí solos. Cada vez es más necesario conseguir el apoyo de esos otros agentes, tanto en la formulación de estrategias mundiales como en su puesta en práctica, una vez convenidas. Uno de mis principios rectores como Secretario General ha sido conseguir su ayuda para lograr los objetivos de las Naciones Unidas, por ejemplo, mediante el pacto mundial con empresas internacionales, que puse en marcha en 1999, o en la lucha mundial contra la poliomielitis, que espero que ya esté en su etapa final, gracias a una extraordinaria alianza entre el sistema de las Naciones Unidas, los Centros de los Estados Unidos para el Control y la Prevención de Enfermedades y, de manera decisiva, la Asociación Rotaria Internacional.

Ésa es la experiencia adquirida. Permítanme recordarles brevemente los cuatro puntos anteriores:

Primero, todos somos responsables de la seguridad de los demás.

Segundo, podemos y debemos dar a todo el mundo la oportunidad de beneficiarse de la prosperidad mundial.

Tercero, tanto la seguridad como la prosperidad dependen de los derechos humanos y el estado de derecho.

Cuarto, los Estados deben rendir cuentas ante los demás, y ante diversos agentes no estatales, de su comportamiento en el plano internacional.

En quinto y último lugar, de los cuatro puntos anteriores se deriva inexorablemente que sólo podemos lograr todas esas cosas trabajando juntos mediante un sistema multilateral y aprovechando al máximo el singular instrumento que nos legaron Harry Truman y sus contemporáneos, a saber, las Naciones Unidas.

• De hecho, sólo mediante las instituciones multilaterales puede haber una rendición de cuentas mutua. Y por ello es muy importante organizar esas instituciones de manera justa y democrática para que los pobres y los débiles tengan cierto grado de influencia sobre los actos de los ricos y los poderosos.

• Ello es especialmente pertinente para las instituciones financieras internacionales, como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Los países en desarrollo deben tener una mayor representación en esos órganos, cuyas decisiones pueden tener un efecto prácticamente de vida o muerte sobre su destino. Y también es pertinente para el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, cuya composición aún refleja la realidad de 1945, y no la del mundo actual.

• Por ese motivo he seguido insistiendo en la reforma del Consejo de Seguridad. Pero la reforma abarca dos cuestiones distintas. Una es que debe ampliarse el número de miembros, de manera permanente o a largo plazo, a fin de dar mayor representación a partes del mundo cuya participación es limitada en la actualidad. La otra, tal vez aún más importante, es que todos los miembros del Consejo de Seguridad, y en particular las principales potencias que son miembros permanentes, deben aceptar la responsabilidad especial que conlleva ese privilegio. El Consejo de Seguridad no debe ser un estrado más en el que se defienden los intereses nacionales, sino el comité de gestión, si lo desean, de nuestro joven sistema de seguridad colectivo.

• Como dijo el Presidente Truman, la responsabilidad de los grandes Estados es servir, y no dominar, a los pueblos del mundo. Truman mostró lo que puede lograrse cuando los Estados Unidos asumen esa responsabilidad. E incluso hoy, ninguna de nuestras instituciones mundiales puede lograr avances considerables cuando los Estados Unidos se mantienen distantes. Pero cuando participan plenamente todo es posible.

Esos cinco puntos pueden resumirse en cinco principios, que considero fundamentales para el futuro desarrollo de las relaciones internacionales: la responsabilidad colectiva, la solidaridad mundial, el estado de derecho, la rendición de cuentas mutua y el multilateralismo. Permítanme que se los confíe a ustedes, ya que en tres semanas cederé mi puesto al nuevo Secretario General.

Amigos míos, hemos avanzado mucho desde 1945, cuando se establecieron las Naciones Unidas. Pero aún queda mucho por hacer para llevar a la práctica esos cinco principios.

Estando frente a ustedes me viene a la memoria la última visita de Winston Churchill a la Casa Blanca, justo antes de que Truman dejara su cargo en 1953. Churchill recordó su único encuentro anterior, en la conferencia de Potsdam en 1945. “Debo confesarle”, dijo con atrevimiento, “que le tenía en muy baja estima entonces. Me irritaba profundamente que hubiera ocupado el puesto de Franklin Roosevelt”. Luego hizo una pausa y prosiguió: “Le juzgué mal. Desde entonces, usted, más que ningún otro hombre, ha salvado la civilización occidental”.

Amigos míos, nuestro desafío actual no es salvar la civilización occidental, ni tampoco la oriental. La civilización en sí está en peligro, y sólo podemos salvarla si todos los pueblos nos unimos en esa labor.

El pueblo americano hizo tanto, en el último siglo, por construir un sistema multilateral eficaz, con las Naciones Unidas en el centro. ¿Es menos necesario hoy para el pueblo americano, y necesita menos atención de éste, que hace 60 años?

Está claro que no. Hoy más que nunca los estadounidenses, como el resto de la humanidad, necesitan un sistema mundial que funcione, mediante el cual los pueblos del mundo puedan hacer frente a los desafíos mundiales de manera conjunta. Y para que funcione, el sistema aún clama por un liderazgo estadounidense de amplias miras, al estilo de Truman.

Espero y ruego que los dirigentes estadounidenses actuales, y futuros, lo ejerzan.

Muchas gracias.


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