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Discurso del Secretario General de las Naciones Unidas, Kofi Annan,
en Banqueting House, Whitehall (Londres, 10 de febrero de 2005)
Muchas gracias, Sr. Primer Ministro, por su notable presentación.
Me ha proporcionado de manera muy lúcida el contexto para lo que
tengo que decir esta mañana.
Excelencias,
Señoras y Señores:
Es un gran honor para mí haber sido invitado a hablar en este lugar
histórico. El hecho de que deseen escuchar al Secretario General
de las Naciones Unidas en estos momentos, y que el propio Tony Blair sugiriera
este intercambio público de ideas, me indica que todos ustedes
son conscientes del importante momento de la historia mundial que estamos
viviendo.
De hecho, nos enfrentamos a amenazas al orden y la paz mundiales de un
tipo y escala nunca vistos desde los momentos álgidos de la guerra
fría. Pero si pudiéramos convenir en maneras eficaces de
responder a esas amenazas, sería también una oportunidad
única de construir un mundo más seguro, más justo
y más libre para todos sus habitantes. Creo que ustedes atisbaron
esa oportunidad durante la reunión de los ministros de finanzas
del Grupo de los Siete que tuvo lugar en Londres la pasada semana, en
la que se hizo hincapié en las medidas para hacer frente a la pobreza
en el mundo y lograr los objetivos de desarrollo del Milenio.
¿A qué amenazas me refiero?
Las más evidentes son el terrorismo y las armas de destrucción
en masa. Muchos expertos nos dicen que la cuestión no es si se
combinarán ambas, sino cuándo, y si, por ejemplo, se podría
detonar una "bomba sucia" en el centro de Londres u otra gran
capital.
La pérdida de vidas sería espantosa, pero no tanto como
los efectos sociales y económicos. Los efectos se sentirían
no sólo aquí, sino en todo el mundo. Millones de personas
en Asia, África y América Latina perderían sus medios
de vida debido a los efectos en la economía mundial.
Los habitantes de esas zonas del mundo ya se enfrentan a muchas otras
amenazas más inmediatas: hambre, enfermedades, degradación
del medio ambiente, gobiernos corruptos y opresivos, y conflictos civiles
y étnicos, amenazas ante las cuales los pobres siempre son más
vulnerables que los ricos.
Mi propio continente, África, sufre los problemas más graves.
Las esperanzas de muchos países africanos se han desvanecido debido
al VIH/SIDA, que está devastando a los grupos de edad más
productivos y a los grupos sociales mejor educados, reduciendo la esperanza
de vida y amenazando con revertir decenios de desarrollo.
En algunas partes de África, cada pocos meses la combinación
de enfermedades, hambruna y conflictos mortíferos causa desastres
de proporciones similares a las del tsunami.
Y en un lugar, Darfur, las personas siguen siendo expulsadas de sus hogares
por una campaña brutal de violaciones, pillaje y asesinatos. Como
informó la semana pasada la Comisión Internacional de Investigación,
se trata de crímenes de guerra, y podría muy bien tratarse
de crímenes de lesa humanidad.
En esta era de interdependencia mundial, ustedes en Londres no pueden
permitirse ignorar esos sufrimientos, así como quienes viven en
otras partes del mundo tampoco podrían ignorar el sufrimiento causado
si Whitehall y la City tuvieran que ser evacuados debido a un ataque terrorista.
Hace cuatro años vimos en Nueva York cómo la desatención
del mundo a un país pobre y mal gobernado, el Afganistán,
permitió que ese país se convirtiera en una incubadora de
terrorismo, con consecuencias devastadoras al otro lado del mundo.
Y hace dos años vimos como un viajero infectado importaba inadvertidamente
un virus mortífero de China a Toronto, en mucho menos tiempo del
que tarda en incubarse la enfermedad. Gracias en parte a la rápida
acción de la Organización Mundial de la Salud (OMS), esa
vez el mundo se salvó.
La próxima quizás no tengamos tanta suerte. Mientras no
contemos con medios para coordinar las políticas y los presupuestos
de seguridad y atención de la salud, tanto en los países
pobres como en los ricos, seremos más vulnerables a las enfermedades,
ya se propaguen de manera natural o sean introducidas deliberadamente
por terroristas.
Ese es uno de los ejemplos que figuran en el informe titulado "Un
mundo más seguro: la responsabilidad que compartimos", elaborado
por el Grupo de alto nivel que establecí para estudiar las amenazas
mundiales y recomendar cambios en el sistema internacional. Me complace
que hoy celebren ustedes aquí un debate sobre ese informe y ver
a dos o tres miembros del Grupo entre la audiencia.
El mensaje general del informe es que se ha acabado la época en
que cada país, o incluso cada continente, podía encargarse
de su propia seguridad.Las amenazas a las que nos enfrentamos son amenazas
para todos, y están vinculadas entre sí.
No podremos derrotar al terrorismo a menos que abordemos también
las causas de los conflictos y del desgobierno en los países en
desarrollo.
No podremos derrotar a la pobreza mientras el comercio y las inversiones
en cualquier parte importante del mundo se vean inhibidos por temor a
la violencia o la inestabilidad.
Es por ello que el informe "Un mundo más seguro" complementa
bien otro importante informe que encargué, el informe del Proyecto
del Milenio, dirigido por el Profesor Jeffrey Sachs. El informe, titulado
"Invirtiendo en el Desarrollo", muestra que realmente podemos
lograr los objetivos de desarrollo del Milenio -reducir a la mitad la
pobreza extrema y el hambre, lograr la educación primaria universal,
reducir la mortalidad maternoinfantil, combatir el VIH/SIDA y el paludismo,
y los demás- para la fecha prevista de 2015. Y muestra cómo
hacerlo.
Conjuntamente, los dos informes contienen un programa de decisiones que
si son ejecutadas rápidamente por los gobiernos, realmente nos
da la oportunidad de lograr en este siglo un mundo mejor, más justo
y más seguro.
Por ejemplo, en el informe "Un mundo más seguro" se pide
una estrategia mundial amplia para luchar contra el terrorismo; un régimen
de no proliferación más firme; una nueva comisión
de consolidación de la paz, para evitar que los países vuelvan
a sumirse en la guerra y el caos después de alcanzar acuerdos de
paz; una aceptación clara por el Consejo de Seguridad de nuestra
responsabilidad internacional colectiva de proteger a las personas contra
el genocidio y otros crímenes comparables, cuando los Estados soberanos
no puedan o quieran hacerlo; y criterios de legitimidad claros a fin de
que los utilice el Consejo para decidir cuándo autorizar o respaldar
el uso de la fuerza militar.
En el informe sobre la inversión en el desarrollo se pide que los
países pobres y ricos lleguen a una transacción clara que
los beneficie mutuamente. Los países en desarrollo que están
bien gobernados y están haciendo de la lucha contra la pobreza
su máxima prioridad necesitan asistencia, y tienen derecho a esperarla,
para fomentar su capacidad de producir y exportar, que, evidentemente,
depende de infraestructuras físicas y sociales adecuadas. A fin
de que puedan hacer las inversiones necesarias, se les debe liberar de
la abrumadora carga de la deuda, y también necesitan más
recursos. Sus exportaciones deben tener acceso pleno y justo a los mercados
de los países ricos, y no deben tener que competir en los mercados
mundiales con productos subsidiados de los países ricos.
Muchos países donantes, entre ellos el Reino Unido, han prometido
aumentar su asistencia oficial para el desarrollo, paulatinamente, hasta
llegar al objetivo acordado hace tiempo de destinar a la asistencia el
0,7% del producto nacional bruto. Me satisface esa decisión, pero
a fin de alcanzar los objetivos de desarrollo del Milenio para 2015 necesitamos
aumentar la asistencia inmediatamente. Es por ello que ideas como el Mecanismo
Internacional de Financiación son tan importantes.
En el informe también se señalan algunas acciones de "ganancia
rápida", en las que un gasto relativamente pequeño
podría producir mejoras espectaculares en muy poco tiempo. Me complace
que usted, Sr. Primer Ministro, haya apoyado y adoptado una de esas medidas,
la distribución gratuita y masiva de mosquiteros contra el paludismo
y de fármacos eficaces contra el paludismo en las regiones en las
que se transmite esa enfermedad, para fines de 2007. Esto podría
salvar las vidas de hasta 1 millón de niños africanos anualmente.
Pero la idea central es que la asistencia puede lograr resultados importantes
cuando se dirige a países que están bien gobernados y pueden
absorberla. En el informe se indica que muchos países ya cumplen
esas condiciones, y sugiere que en 2005 los donantes deberían identificar
por lo menos una docena de países que estén en la "vía
rápida" para un incremento rápido de la escala de la
asistencia oficial para el desarrollo. Apoyo firmemente esa recomendación.
Creo firmemente que la cumbre que se celebrará en las Naciones
Unidas en septiembre nos da una oportunidad única de examinar conjuntamente
esas dos cuestiones. El próximo mes publicaré mi propio
informe, en que se recogen las observaciones hechas en esos dos informes
y se sugiere un programa de importantes decisiones. Evidentemente, incluirá
sugerencias para mejorar las propias Naciones Unidas.
El mundo necesita un foro para la adopción de decisiones colectivas
y un instrumento para las medidas colectivas. La intención de nuestros
fundadores fue que las Naciones Unidas fueran ambas cosas. Nuestra tarea
es adaptar y actualizar nuestra Organización a fin de que desempeñe
esas funciones en el siglo XXI.
Quizá no todos sepan que las Naciones Unidas ya se están
adaptando a los tiempos. Hace 20 años el mundo podía dividirse,
de manera un tanto rudimentaria, en democracias y autocracias. Habría
sido prácticamente impensable que las Naciones Unidas tomaran partido
por unas u otras o intentaran injerirse en los asuntos internos de sus
Estados Miembros.
Como contraste, hoy día casi todos los Estados Miembros aceptan
la democratización como algo deseable, al menos en teoría.
En lugar de estar divididos en dos bandos, se están amalgamando.
Algunos, como Gran Bretaña, son democracias desde hace mucho tiempo.
Uno o dos países siguen siendo autocracias sin reparo, o peor.
Muchos han hecho la transición hacia la democracia desde el fin
de la guerra fría, y muchos otros todavía están en
ese camino, definitivamente más abiertos y tolerantes que antes,
pero todavía con dudas y retrocesos.
En otras palabras, la democratización es un proceso. Las elecciones
fidedignas son un punto de partida importante, pero no la meta. En ese
gran proceso las Naciones Unidas están desempeñando un papel
importante. Nuestro Programa para el Desarrollo ya no se limita a cuestiones
estrictamente económicas. Cada vez se centra más en cuestiones
de gobernanza que, como todos sabemos, son decisivas para el desarrollo,
como mencioné anteriormente.
Hoy día hay destacado personal de derechos humanos de las Naciones
Unidas en 39 países, y docenas más se han beneficiado de
misiones técnicas y de asesoramiento o de visitas de relatores
especiales y otros expertos de derechos humanos. Una de las principales
divisiones de nuestro Departamento de Asuntos Políticos está
dedicada actualmente a la asistencia electoral. En los 13 últimos
años ha organizado elecciones, o ha ayudado y asesorado a los organizadores
locales, en 95 países. Más recientemente, estoy muy orgulloso
del papel que hemos desempeñado ayudando al pueblo del Afganistán,
Palestina y el Iraq a dar pasos significativos en el largo y arduo camino
hacia la democracia.
De hecho, los últimos avances en los tres países son alentadores:
En el Afganistán, cada vez se respeta más la autoridad del
Presidente elegido, y el país se está preparando para celebrar
este año elecciones parlamentarias.
En Palestina e Israel hay una verdadera oportunidad de generar y mantener
el impulso hacia delante. Los dirigentes elegidos de ambos lados acaban
de anunciar la cesación de la violencia tras cuatro años
de muertes y sufrimiento. Esto da finalmente la oportunidad de que se
reanude el proceso de paz. Debemos a los palestinos y los israelíes
hacer todo lo posible para que no se pierda esta valiosa oportunidad.
La conferencia que usted, Sr. Primer Ministro, ha convocado para el 1º
de marzo aquí en Londres no puede ser más oportuna. Espero
con gran interés asistir a ella y a la reunión conexa del
Cuarteto, que espero que sea la ocasión de dar nuevo ímpetu
a la Hoja de Ruta.
En cuanto al Iraq, el éxito de las elecciones que tuvieron lugar
la semana pasada nos proporciona una gran oportunidad, en la que el mundo
puede y debe unirse, independientemente de sus desacuerdos pasados, para
ayudar al pueblo iraquí, con dirigentes nuevos y elegidos, a dejar
de lado el amargo legado de la guerra y la dictadura y crear una sociedad
estable y democrática, en paz consigo misma y sus vecinos.
Es muy importante que la transición en el Iraq tenga éxito.
Estoy decidido a que las Naciones Unidas desempeñen el papel que
les corresponde para ayudar al pueblo iraquí a conseguirlo.
Nadie que haya seguido la situación puede dejar de conmoverse por
la muestra de valentía demostrada por el pueblo iraquí ante
las urnas. Las Naciones Unidas están muy orgullosas de la asistencia
que pudieron proporcionarle, tanto en la creación de la base política
para las elecciones como en los preparativos técnicos. Creo que
también podemos prestar asistencia en la siguiente etapa, la delicada
etapa de elaborar una constitución. Creo que nuestra asistencia
también debe ser política y técnica.
En el plano político, mi Representante Especial, Sr. Ashraf Qazi,
ya está adoptando medidas para llegar a los grupos, principalmente
los árabes sunitas, que no participaron en las elecciones, por
el motivo que fuera, pero que están dispuestos a lograr sus objetivos
mediante la negociación y el diálogo pacíficos. Es
crucial tener éxito en esta empresa, ya que la inclusión
es un factor clave para una transición sin tropiezos.
En el plano técnico podemos proporcionar un asesoramiento valioso,
si se solicita, para redactar la constitución. Podemos ayudar a
la Comisión Electoral Independiente a organizar el referendo sobre
el proyecto de constitución y las elecciones parlamentarias subsiguientes,
ya que hemos trabajado con ella en los preparativos de las elecciones
de la semana pasada y seguimos trabajando con ella en la tabulación
y verificación de los resultados.
Ya estamos prestando ayuda en la reconstrucción, el desarrollo
y la asistencia humanitaria, por ejemplo en la rehabilitación de
las centrales eléctricas del Iraq y el suministro de agua potable
a los iraquíes vulnerables. Esas actividades las financia el Mecanismo
de los Fondos Internacionales para la reconstrucción del Iraq,
que establecimos con el Banco Mundial para ayudar a los donantes a canalizar
sus recursos para la reconstrucción del Iraq. Hasta la fecha 24
donantes han prometido unos 1.000 millones de dólares. Debemos
lograr que esas promesas se conviertan en realidad y los fondos se gasten
adecuadamente. Si las circunstancias y los fondos lo permiten, esperamos
poder ayudar a los iraquíes a mejorar sus vidas cotidianas de forma
tangible. El Iraq está en una región complicada del mundo,
y ha tenido una historia reciente tortuosa en todos los sentidos. También
tiene una sociedad muy diversa. Pero creo firmemente que, con la asistencia
internacional, esa sociedad puede utilizar las instituciones democráticas
para construir un futuro estable y próspero. La comunidad internacional
debe aunarse, a partir de ahora, en torno a esa esperanza y esa visión
y apoyar al pueblo iraquí en su gran experimento. Tenemos el mandato
del Consejo de Seguridad de encargarnos de aunar ese apoyo, y pensamos
hacerlo.
Señoras y Señores:
Hace dos años dije que este podría ser el momento más
decisivo para el sistema internacional desde que se crearon las Naciones
Unidas en 1945. Sigo creyéndolo. Estamos viviendo en tiempos de
peligro, pero también de grandes oportunidades. El interrogante
es si tendrán los gobiernos la voluntad de aprovechar esas oportunidades
y acordar un conjunto de reformas que ofrezcan protección contra
las amenazas de ambos tipos: desde el terrorismo y las armas de destrucción
en masa a la pobreza, el hambre y la enfermedad. Si les hacemos frente
a la vez nos aseguraremos que nadie, del Norte o del Sur, rico o pobre,
quede atrás y que todos estén interesados en que se aplique
todo el conjunto.
Ha llegado el momento de volver a poner a la seguridad económica
y militar en un marco común, como hicieron nuestros fundadores
en San Francisco hace 60 años. Expresaron su determinación
no sólo de "preservar a las generaciones venideras del flagelo
de la guerra", sino también de "promover el progreso
social y elevar el nivel de vida dentro de un concepto más amplio
de la libertad". Hasta ahora esa aspiración sólo se
ha logrado, como mucho, parcialmente. Decidamos, en esta ocasión,
hacerlo mejor.
Quisiera finalizar con una observación personal. Me quedan menos
de dos años como Secretario General de las Naciones Unidas. Al
pensar en el resto de mi mandato tengo un verdadero sentimiento de emoción
y dedicación. El programa para el resto de este año ya está
muy cargado. El seguimiento de los informes del Grupo de alto nivel y
el Proyecto del Milenio, el Iraq, el proceso de paz en el Oriente Medio;
cualquiera de estos temas por sí sólo es un gran desafío.
Juntos ponen a prueba nuestra voluntad y capacidad colectivas, Sin embargo,
son sólo una pequeña parte de toda la gama de difíciles
cuestiones que deben abordar las Naciones Unidas.
Por lo que a mí respecta, pienso dedicar todas mis energías,
y la plena autoridad de mi puesto, a promover la causa de la paz, la seguridad
y el desarrollo.
Muchas gracias.
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