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INTERVENCION DE
SU EXCELENCIA HARMODIO ARIAS CERJACK
MINISTRO DE RELACIONES EXTERIORES
DE LA REPUBLICA DE PANAMA
Debate general del quincuagésimo
octavo período ordinario de sesiones de la Asamblea General
de las Naciones Unidas
Nueva York, 29 de septiembre de 2003
Señor Presidente:
Me complace extenderle mis más cordiales felicitaciones
por su elección a la Presidencia de este período de
sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas.
Su designación para dirigir los debates de
este foro satisface profundamente a la Delegación de Panamá,
porque usted representa aquí el apego de los países
en desarrollo, particularmente de los del Grupo Latinoamericano
y del Caribe, al esfuerzo multilateral para procurar la paz, el
respeto a los derechos humanos y el desarrollo sostenible. Usted
como nosotros, señor Presidente, sabe que sin estos elementos
fundamentales es inútil todo intento de promover la democracia
y la justicia en el mundo.
Al iniciar este nuevo período de sesiones
de la Asamblea General, debemos renovar nuestro compromiso de utilizar
las reglas del multilateralismo para evitar conflictos internacionales;
si lo hacemos con sinceridad y desprendimiento, estaremos cumpliendo
nuestra misión de hacer evolucionar al mundo pacíficamente
hacia un mejor destino.
Estabilidad y seguridad, en sus más amplias
acepciones, son aspiraciones básicas de toda la humanidad.
Sin embargo, estos objetivos no serán alcanzables si lo que
pretendemos es configurar un mundo nuevo a contrapelo de las aspiraciones
de los pueblos, o a través del desarrollo sistemático
de grandes alianzas militares. Es un hecho histórico que
la utilización de poder militar solo trae mayores desequilibrios.
La seguridad humana, que es lo que nos interesa a todos los Estados,
grandes y pequeños, depende exclusivamente de nuestra entrega
a la arquitectura de seguridad colectiva que hemos concentrado en
las Naciones Unidas. Nuestro deber, entonces, es defender y reforzar,
a toda costa, los objetivos y propósitos de nuestra Organización,
y especialmente la integridad y la autoridad de nuestro sistema
legal internacional.
Señor Presidente:
Consecuente con esta manera de pensar, reitero hoy
aquí el compromiso de Panamá tanto con el principio
de autodeterminación de los pueblos, como con los mecanismos
de resolución pacífica de conflictos. Creemos que
las desavenencias que dividen nuestro mundo deben ser atendidas
dentro de un programa estructurado de prevención de conflictos,
y que éste debe contar con apoyo especializado para la justa
y ordenada negociación pacífica de los legítimos
intereses de cada Estado.
En virtud de lo anterior, apoyamos decididamente
las disposiciones de la Resolución 571337 de esta Asamblea
General, que señala las responsabilidades de los Estados
Miembros, de esta Asamblea General, del Consejo de Seguridad, del
ECOSOC, del Secretario General, de las organizaciones regionales,
de la sociedad civil y del sector privado en la prevención
de conflictos armados. El instrumento es de tal valor, que valió
la pena dedicar cinco meses a las intensas negociaciones que le
precedieron.
Señor Presidente:
Este año el mundo ha vivido una experiencia
extraordinaria, altamente debatida, cuyos efectos están aún
por descubrirse. No es aventurado afirmar que los estremecimientos
registrados dentro de las Naciones Unidas, y fuera de ella, por
los acontecimientos de Irak, han de repercutir en formas diversas
tanto en los trabajos internos de esta Organización, como
en el desarrollo de las relaciones internacionales.
Sin embargo, estamos convencidos de que las discrepancias
que se dieron en el Consejo de Seguridad han demostrado precisamente
que dicho órgano funcionó a cabalidad; que la diversidad
de opiniones y enfoques que existen en el mundo se vertieron allí
sin reservas, y que, al prevalecer al final las diferencias, se
obtuvo el beneficio marginal de dejar resaltados los requerimientos
de medición y control que es menester tomar en consideración
en el Consejo de Seguridad.
Salvando las diferencias, el Consejo de Seguridad
de las Naciones Unidas ha actuado con buen criterio al establecer
una relación pragmática con las potencias ocupantes
en Irak mediante la Resolución 1483 de 22 de mayo de 2003.
En adición, nuestra Organización está demostrando
que es insustituible en el campo humanitario, y pronto ha de confirmar
que también lo es en las esferas políticas, diplomáticas,
económicas y financieras. Nuestra tarea ahora debe ser evitar
la desintegración de Irak, país que tiene profundas
divisiones étnicas y religiosas y que, como es conocido de
todos, arrastra una lamentable historia de estragos mutuos entre
sus ciudadanos.
Señor Presidente:
La repudiada matanza del 19 de agosto de 2003 en
Bagdad, y ahora la de 22 de septiembre, dolorosos eventos en los
cuales perdieron la vida numerosos funcionarios nacionales e internacionales
de las Naciones Unidas, debe movernos a la reflexión y a
la toma de medidas urgentes para resolver; en forma concertada,
y a la mayor brevedad posible, la ausencia de acciones conjuntas
de la comunidad internacional para la reconstrucción de Irak.
Mientras solventamos este difícil asunto,
debemos tener presente a los funcionarios de las Naciones Unidas
que perecieron en ese atentado terrorista. Ellos eran, sin excepción,
seres humanos poseedores de grandes virtudes y cualidades humanas,
jóvenes en su mayoría, y ciudadanos de la más
amplia diversidad de naciones, incluyendo el Irak. Todos murieron
trabajando por la paz, bajo el liderazgo preclaro del Dr. Sergio
Vieira de Mello, nuestro Alto Comisionado para los Derechos Humanos
y Representante Especial de las Naciones Unidas en Irak.
A todos sus allegados, y a la gran familia de las
Naciones Unidas, les expresamos las más sinceras condolencias
de parte de Mireya Moscoso, Presidenta de Panamá, de su Gobierno
y del pueblo panameño.
El momento es propicio, señor Presidente,
para pedir que, dentro de las limitaciones de cada uno de nuestros
Estados, aunemos esfuerzos para la reconstrucción de Irak.
Mientras tanto, mirando el presente y pensando en el futuro, tenemos
la obligación de analizar a fondo esta experiencia que está
aún en pleno movimiento. Entre otras cosas, y por lo que
hasta ahora hemos podido observar, podemos concluir que en este
mundo globalizado las soluciones individualistas no son viables;
y que solo las Naciones Unidas pueden jugar el papel clave en la
reconciliación cultural y étnica de toda la humanidad,
en el manejo de la pobreza, en la promoción de la paz y en
la obtención de la seguridad mundial.
Señor Presidente:
Durante la Cumbre del Milenio, Panamá pidió,
entre otras cosas, que los Estados Miembros volviéramos a
promover el espíritu original de la Carta de las Naciones
Unidas. En virtud de esta solicitud, pretendemos que todos nos impongamos
la obligación de conciliarnos con los intereses generales
de la comunidad internacional, evitando así actuar en función
de nuestros particulares intereses estratégicos, militares
o políticos.
Hoy insistimos en plantear esta solicitud, y llamamos
la atención hacia la urgente necesidad de consolidar el sistema
multilateral como garantía de estabilidad y seguridad, elementos
fundamentales para la convivencia pacífica. Posiblemente
hoy, más que nunca, debemos abordar la inexorable tarea de
reformar nuestra Organización para que la Asamblea General
cumpla a cabalidad su función de principal órgano
político, y el Consejo de Seguridad vea reforzada su capacidad
para enfrentar los nuevos desafíos que ha traído consigo
el fin de la Guerra Fría.
Para lograr este objetivo, Panamá desea hacer
hincapié en el contenido de la Declaración aprobada
por el Grupo de Río en su Décima-Primera Cumbre celebrada
en Asunción, Paraguay, en agosto de 1997, en torno a las
reformas al Consejo de Seguridad, e insta a los Estados Miembros
de las Naciones Unidas a que, conforme a lo dispuesto textualmente
en dicha Declaración, corrijamos los desequilibrios existentes
en su composición actual, mejoremos los mecanismos de toma
de decisiones y demos más transparencia a la conducción
de sus trabajos.
Creemos firmemente que un elemento de extrema importancia
en ésta y otras tareas que nos hemos impuesto, es el anuncio
del Secretario General, Kofi Annan, de que establecerá un
Consejo de Alto Nivel integrado por personalidades eminentes de
todas las regiones del mundo.
Señor Presidente:
También nos anima el deseo, de que la Asamblea
General sirva de foro para la búsqueda de una solución
al problema existente entre la República Popular de China
y Taiwán. Como recordó Panamá en ocasión
anterior, la situación de Taiwán es un evento cronológico
dejado en el espacio, protegido y desprotegido a la vez. Recientemente,
por los imperativos de la lucha para detener la epidemia del SARS,
la Organización Mundial de la Salud prestó ayuda directa
y efectiva a Taiwán, sin que por ello se vieran vulnerados
o debilitados los elementos fundamentales de los planteamientos
de las partes en esta controversia. Por ello consideramos que el
sistema de las Naciones Unidas podría ayudar en diversas
formas a que la República Popular de China y Taiwán
resuelvan su disputa en forma armoniosa, como hermanos que son,
mientras nosotros cumplimos nuestros más caros objetivos
de atender, sin excepción, las necesidades sociales de la
humanidad.
En julio de este año se celebró aquí
la Primera Reunión Bienal para evaluar la implantación
del Plan de Acción adoptado en el 2001 por la Conferencia
de las Naciones Unidas sobre el Tráfico Ilícito de
Armas Pequeñas y Ligeras en Todos sus Aspectos.
En el transcurso de la Conferencia del año
2001 a que hacemos referencia, la Delegación de Panamá
puntualizó, entre otras cosas, que se adhería a los
enfoques presentados por numerosos participantes en cuanto a la
necesidad de:
eliminar la cultura de la violencia;
ampliar el campo de acción en materia de desarme, de mantenimiento
o consolidación de la paz, y de lucha contra las grandes
organizaciones criminales;
establecer buenos controles para intermediarios;
diseñar marcajes, registros confiables y buenos mecanismos
de rastreo de armas;
reforzar el intercambio de información a niveles regionales,
y
establecer un mecanismo de seguimiento subsidiario de la Asamblea
General de las Naciones Unidas.
Estamos aún a cierta distancia de alcanzar estos objetivos
tanto a nivel nacional como en el ámbito internacional, pero
estimamos que la Reunión Bienal que acabamos de celebrar
ha inyectado nuevo vigor a los esfuerzos que debemos desplegar todos
para cumplir nuestros compromisos.
Señor Presidente, reiteramos nuestra posición,
presentada ante la Conferencia aludida, de que los propósitos
y el código de conducta señalados a los Estados Miembros
en los dos primeros artículos de la Carta de las Naciones
Unidas deben apuntalarse como pasos indispensables para procurar
la paz y la comprensión entre las naciones del mundo.
Insistimos, además, en plantear aquí
que el trasiego masivo encubierto de armas pequeñas y ligeras,
que alimenta los conflictos internos, las dictaduras, los movimientos
guerrilleros y el terrorismo internacional, deben ser atajados mediante
una íntima colaboración internacional. Con igual firmeza,
sin duda, deben ser perseguidas las redes de traficantes de drogas
y diamantes que se valen de empresas y bancos fantasmas, que se
sustentan en la corrupción de funcionarios públicos,
y que son sempiternos promovedores de la destrucción de nuestras
sociedades.
Señor Presidente:
Nos complace anunciar aquí nuestra adhesión
al planteamiento hecho en la Reunión Bienal de la Conferencia
de las Naciones Unidas sobre el Tráfico Ilícito de
Armas Pequeñas y Ligeras en Todos sus Aspectos por el distinguido
Representante Permanente de Costa Rica, en el sentido de que el
Plan de Acción no debe ignorar las violaciones a los Derechos
Humanos y al Derecho Humanitario Internacional cometidas por aquellos
Estados que se dedican a este innoble comercio.
En efecto, señor Presidente, el informe de
la Subcomisión de la Comisión de Derechos Humanos
sobre la promoción y la protección de los Derechos
Humanos, en su quincuagésima-cuarta sesión, es claro
en destacar el impacto indiscutible que en éstas áreas
tiene la disponibilidad y mal uso de estas armas. Además,
coincidimos con las conclusiones del tercer informe sobre armas
pequeñas preparado por el Instituto de Postgrado de Estudios
Internacionales de Ginebra, en el sentido de que ello puede impactar
directamente en las posibilidades de desarrollo de nuestros países
no solo por el terror que infunden en la población, sino
también por las muertes y lesiones causadas, por la creación
de focos de refugiados, y por el consiguiente colapso de servicios
esenciales.
Señor Presidente:
En seguimiento a la Cumbre de Monterrey, los países
del Sur seguimos reclamando la creación de un sistema financiero
más justo y eficiente, la eliminación de las inequidades
de la globalización y de la financiación para el desarrollo,
y el aumento de los precios deprimidos de nuestras materias primas
y demás productos de exportación. Igualmente, como
hemos expuesto en ocasiones anteriores, sigue siendo imperativa
la concertación de mecanismos adecuados para evitar las crisis
financieras y para encontrar, conforme a la Resolución A157/240
(2003), una solución a las impagables deudas externas.
Es importante hacer un público reconocimiento,
en este tema, a la extraordinaria conducción del ECOSOC por
su Presidente, el Embajador Gert Rosenthal, de Guatemala. Gracias
a su dedicación y esfuerzo, hemos avanzado notablemente en
la aplicación y seguimiento de las decisiones relativas a
financiación para el desarrollo, todo lo cual es parte de
su incesante búsqueda de mayor coherencia, coordinación
y cooperación para el Consenso de Monterrey. Su labor nos
obliga a todos por igual, y lo felicitamos por ella.
Ahora tenemos por delante el Diálogo de Alto
Nivel Sobre Financiación para el Desarrollo que se celebrará
en esta ciudad los días 29 y 30 de octubre de 2003.
Es apremiante que aprovechemos la oportunidad para
imprimirle mayor dinámica a este segmento de nuestra actividad,
y para repasar los avances registrados en materia de apoyo de la
Secretaría conforme a la Resolución 571273 de la Asamblea
General.
Señor Presidente:
Durante la segunda reunión del Comité
Especial encargado de preparar una convención internacional
amplia e integral para proteger y promover los derechos y la dignidad
de las personas con discapacidad, celebrada del 16 al 27 de junio
de este año, se decidió crear un grupo de trabajo
para preparar y presentar un proyecto de texto que será negociado
entre los Estados Miembros y los observadores acreditados.
La posición de Panamá está representada
en la Declaración de Quito de 11 de abril de 2003, que en
resumen insta a promover y proteger los derechos y la dignidad de
los 600 millones de personas con discapacidad en el mundo, la gran
mayoría de ellas abrumadas por la pobreza y la incomprensión.
La Convención Internacional que buscamos, como bien apunta
la Declaración de Quito, debe reflejar la "universalidad,
indivisibilidad e interdependencia de todos los derechos humanos
y el principio de no-discriminación". Estos conceptos
están ampliamente contemplados en la Carta de las Naciones
Unidas, en la Declaración Universal de los Derechos Humanos,
en los Acuerdos Internacionales sobre Derechos Humanos y en otros
instrumentos relacionados.
Señor Presidente:
Es oportuno hacer aquí algunos señalamientos
en torno a la persistente y aún creciente epidemia del VIH
/ SIDA en el mundo.
Es el caso, señor Presidente, que también
los países de América Latina y el Caribe confrontan
una grave situación en este campo. Con la finalidad de abordar
el tema, el 11 de junio pasado la Organización Panamericana
de Salud (OPS), reunida en Washington, D.C., destacó el hecho
de que el impacto demográfico y social del VIH / SIDA en
nuestra región está minando la realización
de los proyectos de desarrollo.
Por esta razón apelamos al sistema de las
Naciones Unidas para que ponga recursos adecuados a disposición
de la América Latina y del Caribe para la prevención
de este mal. Como es de conocimiento general, nuestra región
tiene cerca de 2.5 millones de personas padeciendo de esta terrible
enfermedad.
Señor Presidente:
Es evidente que la presencia moral y técnica
de las Naciones Unidas en los procesos de erradicación de
intolerancias de índole política, racial o religiosa,
y en apoyo de negociaciones de pacificación, reunificación,
autodeterminación o reconstrucción que deseen iniciar
otros pueblos organizados, es indispensable para lograr para ellos
el disfrute de los beneficios del desarrollo.
Dicho lo anterior, exhorto a nuestra Organización
a que encuentre vías expeditas para que los conductores del
llamado "Road Map", diseñado para la solución
del conflicto entre Palestina e Israel, comprometan la cooperación
activa de los países de la región, del gobierno de
Israel y de la Autoridad Nacional Palestina, para eliminar el escepticismo
que existe respecto de la posibilidad de ver pronto a los dos pueblos
viviendo en paz, con fronteras seguras, como dos Estados soberanos.
Para llevar a feliz término este impostergable
proyecto, se requiere la permanente participación de todos
los vecinos de esa región, demostrando en conjunto su voluntad
de convertirse en garantes de la estabilidad y la seguridad de los
pueblos palestino e israelí, y en guardianes del estricto
apego a la Carta de las Naciones Unidas y a las resoluciones del
Consejo de Seguridad.
Quisiéramos concluir esta intervención
con una breve referencia a la Corte Penal Internacional. Con la
elección de sus Magistrados y el Fiscal, la Corte está
consolidada. Reconocemos, empero, la intranquilidad que han despertado,
particularmente entre los Estados Partes del Estatuto de Roma, tanto
la Resolución 1487 (2003) del Consejo de Seguridad, mediante
la cual se prorrogó por un año la N°1422 (2002)
sobre inmunidades en casos relacionados con operaciones de mantenimiento
de la paz, como los Acuerdos Bilaterales de Inmunidad (BIA) concertados
separadamente por un número plural de países, basándose
en las disposiciones del Artículo 98 del Estatuto.
Panamá, que apoya decididamente a la Corte
Penal Internacional, cree que estos acuerdos pragmáticos
responden a una situación de índole transitoria que
no puede ni debe menoscabar los propósitos y objetivos del
Estatuto de Roma. Los Estados Partes no podremos jamás rehuir
las obligaciones que nos imponen nuestras jurisdicciones nacionales
en materia de crímenes de guerra; por ello, estamos convencidos
de que las preocupaciones y suspicacias políticas de hoy
se irán eliminando conforme se demuestre que quienes cometen
crímenes monstruosos contra la humanidad no podrán
jamás ser amparados por Estado alguno, ni protegidos por
sueños de impunidad. El Estado que interprete esto en forma
diferente estará nadando en dirección contraria a
los avances del género humano y del Derecho Internacional.
Muchas gracias, señor Presidente.
New York, 29 de septiembre de 2003.
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