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INTERVENCION
DEL EXCELENTISIMO
SEÑOR
VICEPRESIDENTE DE LA REPUBLICA DE BOLIVIA
S.E.
CARLOS D. MESA GISBERT
58°PERIODO
ORDINARIO DE SESIONES DE LA ASAMBLEA GENERAL DE LAS NACIONES UNIDAS
Nueva
York, 24 de Septiembre de 2003
58 PERIODO DE SESIONES DE LA ASAMBLEA
GENERAL DE LAS NACIONES UNIDAS
Discurso realizado por Carlos D. Mesa Gisbert, Vicepresidente de
la República de Bolivia
Sede la ONU, Nueva York, Estados Unidos, 24 de septiembre
de 2003
Señor Presidente,
Señores Jefes de Estado y de Gobierno,
Señores Delegados,
Permítame señor Presidente felicitar
a usted por su elección para presidir las deliberaciones
de esta Asamblea General. Le deseamos el mayor de los éxitos.
Al propio tiempo me es grato saludar al Secretario
General, Sr. Kofi Annan, cuyos esfuerzos en favor de la paz y la
cooperación entre las naciones valoramos grandemente. Por
ello, no puedo menos que expresarle a nombre del pueblo de Bolivia
y mi gobierno nuestro dolor y solidaridad ante el atentado terrorista
sufrido por la sede de Naciones Unidas en Bagdad, que muestra otra
vez la intolerancia y la incomprensión ante una tarea de
paz que es la única posible en la búsqueda de resolución
de conflictos. Esto nos compromete en una lucha sin cuartel contra
el terrorismo en cualquiera de sus formas, pero a la vez fortalece
la necesidad de apoyar el esfuerzo compartido de las naciones del
mundo con políticas que se debatan y aprueben en las Naciones
Unidas. Esta institución y sus organismos son un foro fundamental
para escuchar nuestra voz y la de todos los países. Por eso,
creemos también que se requieren reformas para darle mayor
flexibilidad y equilibrio al Consejo de Seguridad, que garanticen
más participación en la toma de decisiones.
Los terribles episodios que nos ha tocado vivir en
los últimos tiempos, nos obligan una vez más a reconsiderar
la ruta que muchas naciones han trazado en su visión de desarrollo.
Es un error peligroso creer que podremos convivir en un mundo de
compartimentos cerrados que no se tocan entre si. No es posible
generar crecimiento y bienestar para unos pocos y suponer que la
gran mayoría de excluidos mirará en silencio y desde
afuera esa realidad. En nuestro criterio el único camino
posible para encarar el futuro es el paradigma de la equidad.
Bolivia está abriendo desde hace ya más
de medio siglo espacios democráticos y participativos. Una
nación como la nuestra, en la que el 62 % de los ciudadanos
se autoidentifica como indígena, tiene el imperativo de romper
la exclusión social, económica y étnica que
ha sido un lastre histórico que nuestras elites se habían
negado a superar. El proceso iniciado por la Revolución de
1952, en el que en medio de éxitos y tropiezos de mayor o
menor magnitud hemos perseverado, es parte de nuestro desafío
de hoy. Esta visión es además esencial en la defensa
de los derechos humanos de aquellos que a lo largo de la historia
habían sido olvidados.
Tras un año de gestión del Presidente
Gonzalo Sánchez de Lozada, en el escenario de un Parlamento
plural con un porcentaje muy importante de indígenas y en
el marco de posiciones ideológicas muy diferentes, estamos
trabajando para superar niveles de pobreza que han amenazado con
romper los diques del orden y la fe democrática, lograda
con alto sacrificio por el pueblo boliviano. Nuestro gobierno ha
ampliado su base política integrando a la alianza entre el
Movimiento Nacionalista Revolucionario y el Movimiento de la Izquierda
Revolucionaria, a otro partido, Nueva Fuerza Republicana, con la
meta de enfrentar una aguda crisis económica expresada en
una persistente recesión que afortunadamente esta comenzando
a revertirse. Aplicamos un programa que combina los esfuerzos para
ampliar los ingresos del estado, con el incremento de la inversión
pública para estimular la economía y dinamizar el
aporte privado, crear empleos y disminuir la inequidad social. Hemos
priorizado a los sectores más vulnerables de nuestra sociedad
con medidas como un bono anual de solidaridad para todos los ciudadanos
mayores de 65 años y la consolidación de un seguro
gratuito de atención para madres y niños menores de
cinco años. Esta es una tarea vinculada al cumplimiento de
las metas del milenio con las que estamos profundamente comprometidos.
En febrero pasado y hace unos pocos días mi
país ha vivido graves situaciones de violencia que nos han
obligado a reflexionar. Somos conscientes de que los últimos
veintiún años de democracia, -el periodo más
largo ininterrumpido de nuestra historia- están en juego
ante la legitima presión de los desheredados de nuestra sociedad
a quienes nos debemos. Lamentablemente, a pesar de la nueva participación
democrática parlamentaria, no hemos logrado todavía
un diálogo real y enriquecedor sobre nuestros problemas más
profundos. Estoy convencido de que una de nuestras tareas centrales
es un cambio fundamental en el comportamiento de los partidos políticos
y en cada uno de quienes hacemos política, pero también
es indispensable una actitud menos radicalizada y más racional
de los sectores sociales en su relación con el estado. Atravesamos
un momento muy difícil en el que el cumplimiento de la ley
y el respeto a la autoridad del estado amenazan con resquebrajarse.
La pérdida de confianza en estos instrumentos esenciales
de la democracia, es uno de los peligros mayores para el futuro
de nuestra sociedad, que solo logrará sus metas si tiene
un gobierno con credibilidad, legitimidad y autoridad. Estamos encarando
nuestra responsabilidad en ese cambio. Solo así seremos tolerantes
con las ideas del otro. La meta que tenemos es la búsqueda
urgente del reencuentro nacional a través del diálogo,
en el que estamos empeñados a pesar de las dificultades que
entraña conseguirlo.
Hace un año dije en este mismo lugar que nuestro
gobierno iba a convertir en política de estado la lucha contra
la corrupción. Quiero expresar hoy con satisfacción
que estamos cumpliendo ese compromiso. Hemos creado la Secretaría
de Lucha contra la Corrupción, cuyas tareas se realizan desde
el corazón del estado pero con gran participación
de la sociedad a través de redes ciudadanas y brigadas móviles.
En un año de trabajo hemos visibilizado casos de corrupción
que vinculan a autoridades del estado, funcionarios corruptos han
ido a la cárcel y otros están sometidos a juicio acusados
de actos ilícitos. Además, hemos profundizado los
programas de mejora de gestión de los organismos públicos,
estamos iniciando la reforma del poder judicial, fortaleciendo una
cultura del estado de derecho a partir de la idea de justicia para
todos e impulsando una estrategia que transforme las instituciones
políticas y productivas -especialmente las informales- y
promueva formas de gobernabilidad compatibles con el desarrollo
humano equitativo.
Continuamos inalterablemente la lucha contra el tráfico
ilícito de drogas. Para nuestro país esta tarea ha
representado altos costos sociales, políticos y económicos,
que se han pagado con sangre boliviana. Estar acompañados
por la comunidad internacional en esta lucha es un aliciente y una
seguridad. Sin embargo, ese esfuerzo requiere un apoyo mayor, proporcional
a la dimensión de su efecto, tanto en Bolivia como en las
sociedades en las que el consumo de drogas se mantiene como un problema
prioritario a resolver. Seguiremos cumpliendo con nuestros compromisos,
pero también seguiremos insistiendo en que esa comunidad
asuma plenamente el concepto de responsabilidad compartida.
Para Bolivia, la ayuda internacional representa un
aporte inestimable. Desde aquí agradezco a las naciones y
organismos que cooperan con nosotros, pero destaco el hecho de que
la ayuda más eficaz es aquella que respeta las decisiones
y los planes de los países que deben usarla. Imponer recetas
rígidas y unilaterales, suele generar más problemas
de los que resuelve.
Nuestro continente, América Latina, ha visto
mermado su rol en el concierto internacional. Atraviesa varios problemas
medulares, uno de ellos el de su propia democracia asediada por
la pobreza, la corrupción, la inequidad y un proceso de globalización
del que forma parte pero que no le ha generado resultados siempre
positivos. La integración es la única opción
posible para mirar el porvenir con optimismo. Bolivia está
trabajando intensamente en esa dirección, no solo porque
forma parte de bloques subregionales como la Comunidad Andina y
el Mercosur del que es miembro asociado, sino porque propugna la
integración de ambos grupos regionales en una entidad sudamericana
que nos permita mayores beneficios y mayor peso específico
en la región. Como sede de la décimo tercera Cumbre
Iberoamericana de Naciones, está trabajando en el fortalecimiento
real de este mecanismo, que reúne a los jefes de estado y
de gobierno de un grupo de países cuya trascendencia cultural,
política y económica es cada vez mayor en el mundo.
En este contexto, las decisiones que harán
posible el Acuerdo de Libre Comercio de las Américas, deben
buscar un equilibrio aún incierto para el conjunto de los
países que lo conformarán, tomando en cuenta la gigantesca
distancia entre la primera potencia del mundo y las naciones más
pobres del continente, de tal modo que este instrumento sea realmente
beneficioso para todos. Esto será posible siempre y cuando,
además de los temas de comercio, prioricemos la infraestructura
vial y de comunicaciones, la ciencia, la transferencia tecnológica
y la educación.
Las dificultades surgidas del debate mundial sobre
el comercio internacional son una vez más una muestra de
la brecha que debemos salvar entre naciones ricas y naciones pobres.
Si la equidad es una de las primeras demandas de la humanidad, la
única respuesta verdadera y efectiva para lograrla es un
sistema de intercambio comercial justo. Los países pobres
demandamos que nuestros productos lleguen a los mercados de los
países ricos en condiciones adecuadas. Este reclamo urgente
toca a una política sostenida de subsidios y proteccionismo
a sectores claves de la producción por parte de las naciones
más desarrolladas. Aquí está uno de los nudos
de la pobreza y de las tensiones sociales en las sociedades más
desfavorecidas.
Es particularmente sensible para Bolivia el tema
de las minas antipersonales, no solo por un razón de principio,
ya que estos artefactos mortales siguen diezmando o dañando
irreversiblemente vidas humanas en todo el mundo, sino porque en
nuestra frontera han sido sembradas muchas de ellas. Pedimos con
vehemencia a los gobiernos responsables a continuar con la remoción
y destrucción de estos artefactos hasta su desaparición
total.
Hoy más que nunca quiero reafirmar en este
foro que Bolivia no renunciará a su justa reivindicación
de un acceso soberano al Océano Pacífico, dado que
nacimos como República independiente con litoral marítimo.
Esta demanda que tiene ya más de un siglo, no es producto
ni de terquedad ni de capricho, sino de la insuficiencia de nuestros
recursos económicos y enormes obstáculos geográficos
que nos restan competitividad. El enclaustramiento es un freno para
nuestro crecimiento y el bienestar de nuestros ciudadanos, como
se ha constatado en el análisis de los desafíos que
enfrentan todos los países mediterráneos. La reintegración
de nuestra cualidad marítima, es de justicia y es para nosotros
ineludible, por lo que seguiremos pidiendo solidaridad y apoyo de
la comunidad de naciones. Nuestra vocación y nuestro destino
de integración y complementación económica
con nuestros vecinos, hace que exhortemos al gobierno y al pueblo
de Chile a actuar mirando al futuro, reparando un daño histórico
que nos tiene anclados en el siglo antepasado.
Vivimos tiempos difíciles, complejos y llenos
de incertidumbre. Es nuestra obligación detenernos en el
camino y preguntarnos sobre la validez de muchas de las premisas
en las que creíamos. Ninguna pregunta, ningún cuestionamiento
están demás en un momento como este en el que la búsqueda
de un horizonte más claro y más justo, es una necesidad
de vida o muerte para nuestro planeta.
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