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Por
Olara Ottunu
Secretario General Adjunto de las Naciones Unidas para los
Niños en Conflictos Armados
Es evidente
que el círculo de la violencia en Afganistán
debe ser roto por el bien del mundo y de la población
de Afganistán. Sólo existe un camino para romper
este círculo de 23 años: colocar las necesidades
de los diez millones de niños de Afganistán
-casi la mitad de la población- en el primer lugar
de las prioridades del programa de reconstrucción que
emprenderá la comunidad internacional. Millones de
afganos han nacido y crecido rodeados por conflictos armados.
En un país en el cual la esperanza de vida es de 43
años, sólo los más viejos tienen recuerdos
de una infancia en paz.
Las imágenes
de niños desplazados de sus hogares, separados de sus
familias y heridos psicológicamente se han vuelto familiares
al grado de no llamar la atención. Pero no debemos
permitir que escapen de nuestra conciencia. Los niños
han sido mutilados por la presencia de decenas de miles de
minas terrestres que plagan los campos. Han sido endoctrinados
para defender con armas las causas que no pueden comprender.
Menos de la tercera parte de los niños y menos de la
décima parte de las niñas del país han
cursado apenas la educación primaria.
No obstante,
el cículo debe ser roto. Las más de cincuenta
naciones que se reunieron en Tokio el 21 de enero para debatir
sobre la reconstrucción y recuperación de Afganistán
tienen la posibilidad de romper ese círculo.
En primer
lugar, los líderes de Afganistán deben organizar
debates, a nivel nacional y en las comunidades, sobre las
necesidades, los derechos y la protección de los niños
dentro de la nueva administración. Sólo los
afganos pueden saber lo que conviene a sus hijos y son quienes
deben tomar una decisión unificada sobre la mejor forma
de proteger a los jóvenes. En sugundo lugar, la Administración
Interina debe designar un organismo al nivel más alto,
como podría ser un consejo nacional afgano para los
niños, que garantice que los derechos y el bienestar
de los niños sean una prioridad en la reforma de Afganistán
y en el desarrollo de sus políticas y programas, así
como en la construcción de sus capacidades durante
esta fase de reconstrucción. En tercer lugar, los partidos
afganos y la comunidad internacional deben garantizar que
la Loya Jirga o Gran Consejo de emergencia, que se reunirá
para establecer la administración de transición,
reconozca los derechos de los niños y su bienestar,
particularmente los de las niñas, al redactar la nueva
constitución afgana. Sus derechos deben ser amparados
por la ley para garantizar su protección.
La mejor
inversión en el futuro de Afganistán que la
comunidad internacional puede hacer es el establecimiento
de programas educativos para los jóvenes y los niños.
Estos programas deben incluir oportunidades para los jóvenes
desplazados, los niños de la calle y, especialmente,
para las niñas. Las escuelas son un importante elemento
unificador de la sociedad. Con la creación de un sistema
de educación primaria uniforme para todos los niños,
Afganistán puede acercar a sus jóvenes y, de
esta manera, iniciar la reunificación de un país
fracturado. Asimismo, al proporcionar actividades recreativas
a los niños, particularmente a quienes han sido desplazados
de sus hogares y pueblos, se logra sanar sus mentes de los
traumas de la guerra. La reunión de países donantes
en Tokio es un primer paso para obtener los recursos necesarios
para la rehabilitación de los niños de Afganistán.
Los niños
deben dejar de ser un aspecto secundario de la guerra y la
paz; algo a lo que sólo se le presta atención
cuando acabamos con las balas y las bombas. Ellos mantienen
el equilibrio entre la guerra y la paz. Las jóvenes
que hoy son víctimas de la violencia, son los fanáticos
y terroristas del mañana. Es en beneficio de toda la
comunidad internacional que sus necesidades sean discutida
y, más aún, que se obtengan de manera inmediata
los recursos necesarios para ayudar de manera continua a los
niños de Afganistán. Sólo entonces se
romperán el círculo de la violencia y la incertidumbre
mundial que éste ha desatado.
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