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BOLETIN ONU SEPTIEMBRE 10 , 1999
Núm. 99/65

GUERRA Y DESASTRES NATURALES, PRINCIPALES AMENAZAS PARA LA SEGURIDAD DE LOS SERES HUMA-NOS Y LAS COMUNIDADES, AFIRMA KOFI ANNAN



De acuerdo con la Memoria del Secretario General sobre la Labor de la Organización:
• Con 50 mil muertes, 1998 fue el peor año en lo que se refiere a desastres naturales.  Además se agravaron los efectos de las guerras civiles.
• Los daños causados por los desastres naturales en la década han alcanzado los 479,000 millones de dólares... el costo de los conflictos armados es igualmente elocuente.
• La comunidad internacional no responde de forma coherente a las situaciones de emergencia humanitaria... en Africa, en particular, la respuesta ha sido insuficiente.
• Las desigualdades sociales parecen ser un factor crítico de las guerras. El empeoramiento de la situación económica y los gobiernos débiles son otros factores.
• Las personas viven en zonas expuestas a desastres no por propia decisión sino debido a la pobreza... las estrategias de prevención deberían integrarse en las políticas generales de desarrollo.
• La diplomacia preventiva suele ser no coercitiva, poco visible y confidencial. La mayor parte de sus discretos logros no se pregona... es víctima de la ironía de que, si es eficaz, no pasa nada.
• Un gobierno que incluya a todos los sectores es la mejor garantía contra los conflictos internos violentos.
• El desarrollo equitativo y sostenible es una condición necesaria para la seguridad, pero un nivel mínimo de seguridad también es un requisito del desarrollo.
• La transición de una cultura de reacción a una cultura de prevención no será fácil... sabemos lo que se debe hacer. Lo que necesitamos es la visión y la voluntad política necesarias para hacerlo.
La Memoria del Secretario General sobre la Labor de la Organización fue presentada hoy en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York. A continuación una versión resumidade la introducción de este documento, redactado por Kofi Annan.
Afrontar el reto humanitario: hacia una cultura de la prevención
Frente a los horrores de la guerra y de los desastres naturales, las Naciones Unidas siempre han sostenido que más vale prevenir que curar, que hemos de abordar las causas fundamentales y no sólo sus síntomas. No obstante, la acción aún no ha alcanzado el nivel de nuestras aspiraciones y la comunidad internacional afronta actualmente retos humanitarios sin precedentes.
1998 fue el peor que se haya registrado en lo que se refiere a desastres naturales reportándose 50 mil muertes. Además se agravaron los efectos de las guerras en la población civil, pues los conflictos internos son ahora los más frecuentes y suelen causar más víctimas civiles y porque se ha acentuado la tendencia de los combatientes a convertir a los civiles en objetivos estratégicos. Ese brutal desprecio de las normas humanitarias también se extiende al trato del personal humanitario, al que frecuentemente se le impide llegar a las víctimas en las zonas de conflicto o que es blanco de ataques.
Frente a la reanudación de los conflictos armados y al rápido aumento del costo humano y económico de los desastres naturales, hemos de acometer dos tareas. Por una parte, debemos fortalecer nuestra capacidad de socorrer a las víctimas. Por otra parte, hemos de formular estrategias más eficaces para evitar que siquiera surjan situaciones de emergencia. Es central adoptar estrategias de prevención mejores y más eficaces en relación con los costos.

La magnitud del reto
En el decenio de 1990 han ocurrido en el mundo tres veces más desastres naturales importantes que en el decenio de 1960, sin embargo tan sólo en los cinco últimos años, los fondos para prestar asistencia a los casos de emergencia se han reducido en un 40%.
En el último año, desastres naturales como los huracanes Georges y Mitch costaron la vida a más de 13,000 personas en 1998. Un ciclón que azotó a la India en junio, mucho menos difundido en los medios de información, provocó daños comparables a los causados por Mitch y alrededor de 10,000 muertos. En China más de 3,000 personas murieron en la catastrófica crecida del Yang–Tsé y millones de personas tuvieron que abandonar sus hogares con un costo económico astronómico de 30,000 millones de dólares.
En la esfera de los conflictos violentos, el acontecimiento que más preocupación causó en 1998 fue el considerable aumento del número de guerras, las cuales tendían ha disminuir, en un tercio o más, dede 1992.
El reto humanitario es aún mayor si se tiene en cuenta que la comunidad internacional no responde de forma coherente a las situaciones de emergencia humanitaria. La crisis de Kosovo, por ejemplo, saturó los medios de difusión mientras que la guerra entre Eritrea y Etiopía, que fue más prolongada y causó más víctimas, y la reanudación de la salvaje guerra civil de Angola recibieron escasa atención. Las respuestas a los llamamientos de asistencia humanitaria y de seguridad también han sido desiguales. La asistencia no debería prestarse en función de la difusión que hagan los medios de información, ni de consideraciones políticas o geográficas. El único criterio válido debería ser el de la necesidad humana. Me alarma, en particular, la respuesta insuficiente de la comunidad internacional a las necesidades en África. Cuando las necesidades son urgentes, si no somos fieles a nuestros principios más elementales de multilateralismo y ética humanitaria, en el mejor de los casos se nos acusará de incoherencia y en el peor, de hipocresía.
Comprender las causas: primer paso para adoptar medidas eficaces de prevención
Las comunidades humanas siempre tendrán que afrontar peligros naturales, sin embargo, la  expresión “desastre natural” es cada vez más anacrónica e inexacta pues el comportamiento humano agrava estos peligros y provoca  desastres que deberían denominarse antinaturales.
La pobreza y las presiones demográficas agudizan el costo de los peligros naturales porque cada vez más seres humanos se ven obligados a vivir en zonas de riesgo. No es  casualidad que más del 90% de las víctimas de los desastres, en todo el mundo, vivan en los países en desarrollo.
Oras prácticas de desarrollo insostenibles como la migración a las ciudades y la tala inmoderada exponene a las poblaciones y afectan al medio ambiente. 1998 ha sido el año más cálido de que se tenga memoria y cada vez son más las pruebas de que la oleada de alta temperatura que nos afecta y los incidentes climáticos extremos relacionados son producto del aumento de las emisiones de carbono, generadas por la actividad humana.
Las causas de la guerra son inherentemente más difíciles de explicar. Sin embargo, las desigualdades sociales parecen ser un factor crítico de las guerras, aún mayor que la pobreza misma. El empeoramiento de la situación económica, las reformas y programas económicos radicales orientadas al mercado sin  políticas sociales que mitigen los efectos perjudiciales, atentan contra la estabilidad. Los gobiernos débiles o no representativos son otros factores.
Las probabilidades de una guerra aumentan si se moviliza deliberadamente a los sectores descontentos, si se propagan mitos étnicos, religiosos o nacionalistas y si se promueven ideologías deshumanizantes.
En otros conflictos armados la causa es la pugna por controlar recursos económicos, sean diamantes, drogas, bosques o cualquier otro producto valioso.

Estrategias de prevención
Tomar más en serio la prevención contribuirá a que haya menos guerras y menos desastres graves que afrontar. Los incentivos financieros para actuar de esa forma son evidentes, en esta década los desastres naturales han causado daños por 479,000 millones de dólares, casi diez veces más que en los años 60. La magnitud del costo de los conflictos armados es igualmente elocuente.
Las estrategias de prevención más eficaces no sólo permitirían ahorrar miles de millones de dólares, sino también salvar cientos de miles de vidas. sLos recursos que se gastan actualmente en actividades de intervención y de socorro podrían destinarse a promover un desarrollo equitativo y sostenible, lo cual reduciría aún más los riesgos de guerras y desastres.
Sin embargo, no es fácil promover una cultura de la prevención pues sus beneficios son  a largo plazo y no son tangibles.
las encaran desde el punto de vista de la seguridad. Para superar los obstáculos que plantea la división por funciones hacen falta autoridades dedicadas y un compromiso firme de establecer redes normativas interdisciplinarias “horizontales” de las que formen parte nuestros colaboradores de la sociedad civil internacional.

Prevención de desastres
La alerta temprana es especialmente importante para la prevención a corto plazo. La alerta anticipada de una hambruna facilita las operaciones de socorro; la de una tormenta o una inundación permite que la población evite el peligro a tiempo.  Organismos de Naciones unidas como la Organización para la Agricultura y la Alimentación (FAO) o la Organización Meteorológica Mundial (OMM) cada vez tienen un papel más relevante en este tipo de advertencias.
Otra estrategia clave es la prevención a largo plazo, la cual debe contar con una cooperación amplia, a la vez intersectorial e interdisciplinaria.  Ejemplo de ello son los avances obtenidos en la reducción de emisiones de carbono causantes del calentamiento global, o las aldeas con programas pilotos de previsión que sobrevivieron inmunes al huracán Mitch.
Si bien en algunos temas sigue haciendo falta un consenso científico amplio. El problema no suele radicar ahí, sino en la necesidad de convencer a los gobiernos de que deben resistir las presiones de los intereses creados que se oponen al cambio.
La falta de recursos es un problema generalizado, algunos gobiernos, particularmente en los países en desarrollo más pobres, sencillamente no tienen los fondos necesarios por lo que la asistencia internacional es fundamental. Además, como los programas de preparación y prevención pueden reducir radicalmente las necesidades futuras de ayuda humanitaria y de recursos para la reconstrucción, esa asistencia es sumamente eficaz en función de sus costos.

Prevención de las guerras
Para las Naciones Unidas no hay objetivo más noble, compromiso más firme ni ambición mayor que prevenir los conflictos armados. Sus principales estrategias son la diplomacia preventiva, el despliegue preventivo y el desarme preventivo. Está también la llamada “consolidación de paz después de los conflictos” y las estrategias de prevención a más largo plazo que abordan las causas fundamentales de los conflictos armados.
La diplomacia preventiva suele ser no coercitiva, poco visible y confidencial. La mayor parte de sus discretos logros no se pregona; es víctima de la ironía de que, si es eficaz, no pasa nada. A veces, su carácter confidencial impide dar a conocer algunos triunfos diplomáticos,  por lo que no es de sorprender que la diplomacia preventiva rara vez goce del reconocimiento del público en general.
En algunas situaciones problemáticas, la sola presencia de un Representante Especial del Secretario General competente y experimentado puede evitar que aumente la tensión. En septiembre y octubre de 1998, las intervenciones de mi Enviado Especial para el Afganistán evitaron que el aumento de la tensión entre el Irán y este país desembocara en una guerra. Poco dieron a conocer los medios de esa vital misión que con un costo insignificante logró evitar una enorme pérdida de vidas humanas.
La alerta temprana es otro componente fundamental, en el cual hemosaumentado progresivamente nuestra capacidad, a menudo en colaboración con organizaciones regionales.
El despliegue y el desarme preventivos son, complementos de la diplomacia. El primero tiene por objeto tender una línea de contención que evite el estallido de los conflictos y fomente la confianza en las zonas de tensión o entre comunidades extremadamente polarizadas. El desarme preventivo busca reducir el número y tráfico de armas pequeñas y ligeras en las regiones en que puedan surgir conflictos. Al destruir las armas de ayer se impide su utilización en las guerras de mañana.
La denominada consolidación de la paz después de los conflictos es una innovación relativamente reciente de la ONU que formula un enfoque más integral para la aplicación de los acuerdos generales de paz. Esta ha entrañado la colaboración de grupos interinstitucionales con organizaciones no gubernamentales y grupos locales de ciudadanos para ayudar a proporcionar socorro en caso de emergencia, desmovilizar a los combatientes, remover minas, organizar elecciones, establecer fuerzas de policía imparciales y poner en marcha actividades de desarrollo a más largo plazo.
La estrategias de prevención a largo plazo que abordan las causas fundamentales de los conflictos antes de que siquiera lleguen a plantearse. En este aspecto, la mejor garantía contra los conflictos internos violentos es un gobierno que incluya a todos los sectores en sus instituciones principales: el gobierno, la administración, la policía y las fuerzas armadas.
La comunidad internacional debe esforzarse más por promover, en los Estados propensos a los conflictos, políticas que aumenten la seguridad y estén centradas en el ser humano. El desarrollo equitativo y sostenible es una condición necesaria para la seguridad, pero un nivel mínimo de seguridad también es un requisito del desarrollo.
Protegerse de la violencia organizada es una preocupación prioritaria de todas las personas en todas partes, por lo que la determinación de responsabilidades y la transparencia democráticas en el sector de la seguridad merecen un mayor apoyo y aliento de los Estados donantes y de las instituciones financieras internacionales. Además, como la enorme mayoría de los conflictos armados actuales ocurren dentro de los Estados y no entre ellos, en muchos casos tiene sentido, desde el punto de vista de la seguridad, reasignar parte de los recursos que se destinan a dispendiosos programas de defensa externa a iniciativas de costo relativamente bajo encaminadas a promover la seguridad humana y, por ende, la seguridad nacional.
Habría también que esforzarse más por lograr que las políticas de desarrollo no exacerbaran el riesgo de conflictos, por ejemplo aumentando la desigualdad entre los grupos sociales.
Por otra parte, el sector privado y la seguridad están vinculados de muchas maneras; la más evidente es la estrecha correlación entre los mercados prósperos y la seguridad de los seres humanos. Si las empresas mundiales prestan un apoyo activo al mejoramiento de las políticas de buen gobierno pueden promover entornos en que prosperen tanto los mercados como la seguridad de los seres humanos.
La característica común de casi todas las políticas de prevención de los conflictos es la necesidad de promover lo que en las Naciones Unidas denominamos buen gobierno. En la práctica, el buen gobierno entraña la promoción del estado de derecho, la tolerancia de los grupos minoritarios y de la oposición, procesos políticos transparentes, un poder judicial independiente, un cuerpo de policía imparcial, fuerzas armadas estrictamente sometidas al control civil, una prensa libre, instituciones dinámicas de la sociedad civil y elecciones trascendentes. Por sobre todas las cosas, el buen gobierno entraña el respeto de los derechos humanos.
No obstante, la prevención no es una panacea. La filosofía de la prevención se basa en la presunción de que se obra de buena fe y en la creencia de que los gobiernos tratarán de poner el bienestar general del pueblo por encima de intereses sectoriales mezquinos. Lamentablemente, sabemos que no suele ocurrir así. De hecho, muchas condiciones necesarias para el buen gobierno que revisten particular importancia  para la prevención están en total contradicción con las estrategias de supervivencia de algunos de los gobiernos más propensos a los conflictos.
La posibilidad de fracaso de incluso las mejores estrategias de prevención significa que  nunca podremos estar totalmente a salvo del flagelo de la guerra. Por ello, en el futuro previsible, la comunidad internacional deberá estar siempre preparada para intervenir política o militarmente contener, refrenar y, en última instancia, resolver los conflictos. Para ello se necesita un sistema de seguridad colectiva que funcione mejor que el actual con una mayor voluntad de intervenir a fin de impedir violaciones graves de los derechos humanos.
Ya nadie discute que es más eficaz y económico prevenir una crisis que reaccionar ante una crisis declarada. Sin embargo, nuestras actitudes y prácticas políticas y de organización apuntan a lo contrario. Como dice un antiguo proverbio, es más fácil conseguir dinero para un ataúd que para remedios.
Por los motivos que he indicado, la transición de una cultura de reacción a una cultura de prevención no será fácil, pero el que nuestra tarea sea difícil no la hace menos indispensable. La guerra y los desastres naturales son las principales amenazas para la seguridad de los seres humanos y las comunidades humanas de todo el mundo. Nuestro solemne deber para con las generaciones futuras es reducir esas amenazas. Sabemos lo que se debe hacer. Lo que necesitamos es la visión y la voluntad política necesarias para hacerlo.


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