CENTRO DE INFORMACION DE LAS NACIONES UNIDAS PARA MEXICO, CUBA Y REPUBLICADOMINICANA


logo ONU

BOLETIN ONU SEPTIEMBRE 10 , 1999
Núm. 99/64

GUERRA Y DESASTRES NATURALES, PRINCIPALES AMENAZAS PARA LA SEGURIDAD DE LOS SERES HUMA-NOS Y LAS COMUNIDADES, AFIRMA KOFI ANNAN


La Memoria del Secretario General sobre la labor de la Organización fue presentada hoy en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York. A continuación la introducción de este documento, redactado por Kofi Annan.

Afrontar el reto humanitario: hacia una cultura de la prevención
1. Frente a los horrores de la guerra y de los desastres naturales, las Naciones Unidas siempre han sostenido que más vale prevenir que curar, que hemos de abordar las causas fundamentales y no sólo sus síntomas. No obstante, la acción efectiva aún no ha alcanzado el nivel de nuestras aspiraciones. Por ese motivo, la comunidad internacional afronta actualmente retos humanitarios sin precedentes.
2. El año 1998 fue el peor que se haya registrado en lo que se refiere a desastres naturales relacionados con el clima. Las inundaciones y las tormentas costaron la vida a decenas de miles de personas en todo el mundo y desplaza-ron a millones. Si se incluyen las víctimas de los terremotos, el año pasado los desastres naturales cobraron unas 50,000 vidas. Entretanto, parece haberse detenido la aparente tendencia — gradual pero alentadora — hacia un mundo con guerras más infrecuentes y menos mortíferas. Estallaron o volvieron a estallar conflictos en Angola, Guinea–Bissau, Cachemira y Kosovo, y entre Eritrea y Etiopía. Otras guerras iniciadas hace mucho tiempo, como la de la Repú-blica Democrática del Congo, prosiguieron sin recibir mayor difusión en los medios de información mundiales. Asimismo, se agravaron los efectos de las guerras en la población civil, porque las guerras internas, que se han convertido en el tipo de conflicto armado más frecuente, suelen causar más víctimasciviles que las guerras entre los Estados, y porque se ha acentuado la tendencia de los combatientes a convertir a los civiles en objetivos estratégi-cos. Ese brutal desprecio de las normas humanitarias — y de los Convenios de Ginebra sobre las leyes y usos de la guerra, cuyo cincuentenario hemos conmemorado reciente-mente — también se extiende al trato del personal humanita-rio, al que con frecuencia se le impide llegar a las víctimas en las zonas de conflicto o que es blanco de ataques.
3. Frente a la reanudación de los conflictos armados y al rápido aumento del costo humano y económico de los desastres naturales, hemos de acometer dos tareas. Por una parte, debemos fortalecer nuestra capacidad de socorrer a las víctimas; en el capítulo III de la presente memoria y en mi informe al Consejo de Seguridad sobre la protección de los civiles en los conflictos armados se examinan en detalle diversas formas de mejorar nuestras estrategias de respuesta en el ámbito humanitario. Por otra parte, hemos de formular estrategias más eficaces para evitar que siquiera surjan situaciones de emergencia. El tema central de esta introducción es la necesidad de adoptar estrategias de prevención mejores y más eficaces en relación con los costos.

La magnitud del reto
4. En el decenio de 1990 han ocurrido en el mundo tres veces más desastres naturales importantes que en el decenio de 1960, mientras que, según la Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja, tan sólo en los cinco últimos años, los fondos para prestar asistencia a los casos de emergencia se han reducido en un 40%.
5. En el Caribe, los huracanes Georges y Mitch costaron la vida a más de 13,000 personas en 1998; Mitch fue la tormenta atlántica que causó más víctimas en 200 años. Un ciclón que azotó a la India en junio, mucho menos difundido en los medios de información, provocó daños compara-bles a los causados por Mitch y alrededor de 10,000 muertos.
6. Hubo grandes inundaciones en Bangladesh, la India, Nepal, y gran parte de Asia oriental, con miles de víctimas. Las dos terceras partes de Bangladesh estuvieron inundadas durante meses, lo cual dejó sin hogar a millones de perso-nas. Más de 3,000 personas murieron en la catastrófica crecida del Yang–Tsé en China; millones de personas tuvieron que abandonar sus hogares y se calcula que el costo económico del desastre alcanzó la suma astronómica de 30,000 millones de dólares. Los incendios arrasaron dece-nas de miles de kilómetros cuadrados de bosques en el Brasil, Indonesia y Siberia, lo cual entrañó consecuencias devastadoras para la salud humana y la economía local. En el Afganistán, los terremotos causaron más de 9,000 vícti-mas. En agosto de 1999, Turquía sufrió uno de los terremo-tos más devastadores de los últimos tiempos.
7. La esfera de los conflictos violentos, el acontecimien-to que más preocupación causó en 1998 fue el considerable aumento del número de guerras. Ello causa particular inquietud porque desde 1992, según algunos investigadores, la frecuencia y la gravedad de las guerras a escala mundial se había reducido en un tercio o más.
8. El reto humanitario es aún mayor si se tiene en cuenta que la comunidad internacional no responde de forma coherente a las situaciones de emergencia humanitaria, en parte debido a la atención dispar que les prestan los medios de información. La crisis de Kosovo, por ejemplo, saturó los medios de difusión. La guerra entre Eritrea y Etiopía, que fue más prolongada y causó más víctimas, y la reanuda-ción de la salvaje guerra civil de Angola recibieron escasa atención de los medios de información. Respecto de otras guerras prácticamente no se difundió información alguna. En parte por ese motivo, las respuestas a los llamamientos de asistencia humanitaria y de seguridad también han sido desiguales. La asistencia no debería prestarse en función de la difusión del problema en los medios deinformación ni de consideraciones políticas o geográficas. El único criterio válido debería ser el de la necesidad humana.
9. Me alarma, en particular, la respuesta insuficiente de la comunidad internacional a las necesidades de las víctimas de la guerra y de los desastres naturales en África. Cuando las necesidades son urgentes, si no somos fieles a nuestros principios más elementales de multilateralismo y ética humanitaria, en el mejor de los casos se nos acusará de incoherencia y en el peor, de hipocresía.

Comprender las causas: primer paso para adoptar medidas eficaces de prevención
10. Antes de formular estrategias preventivas eficaces debemos comprender claramente las causas fundamentales de los problemas. En el caso de los desastres, las respuestas son relativamente sencillas; la guerra es un asunto más complicado.
11. Las comunidades humanas siempre tendrán que afrontar peligros naturales, se trate de inundaciones, sequías, tormentas o terremotos, pero, los desastres de hoy a veces son provocados por la acción humana, y ésta — o su ausencia — los agrava en casi todos los casos. La expresión “desastre natural” es cada vez más anacrónica e inexacta: el comportamiento humano transforma los peli-gros naturales en desastres que deberían denominarse antinaturales.
12. La pobreza y las presiones demográficas agudizan el costo de los peligros naturales porque cada vez más seres humanos se ven obligados a vivir en zonas de riesgo, expuestos a inundaciones, terremotos y deslizamientos de tierra. No es mera casualidad que más del 90% de las víctimas de los desastres que ocurren en todo el mundo vivan en los países en desarrollo.
13. Las prácticas de desarrollo insostenibles también contribuyen a agravar cada vez más los efectos de los peligros naturales. La explotación forestal en gran escala reduce la capacidad del suelo de absorber las lluvias intensas, lo cual acrecienta las probabilidades

La comunidad internacional no responde de forma coherente a las situaciones de emergencia humanitaria... en Africa, en particular, la respuesta ha sido insuficiente.
la capacidad del suelo de absorber las lluvias intensas, lo cual acrecienta las probabilidades de erosión e inundaciones. La destrucción de los humedales reduce la capacidad de las tierras de absorber las corrientes de agua, lo cual, a su vez, aumenta los peligros de inundación. Se calcula que, en 1998, 25 millones de personas tuvieron que abandonar sus tierras y trasladarse a ciudades superpobla-das, muchas de ellas expuestas a desastres, a causa de esas y otras formas de ordenación inadecuada del medio ambien-te.
14. Aunque la tierra siempre ha experimentado ciclos naturales de calentamiento y enfriamiento, en los dos últimos decenios se han registrado los 14 años de tempera-turas más elevadas desde que comenzaron las mediciones, en el decenio de 1860, y 1998 ha sido el año más cálido de que se tenga memoria. Por más que algunos sigan rechazan-do esa teoría, cada vez son más las pruebas de que la oleada de alta temperatura que nos afecta y los incidentes climáti-cos extremos relacionados con ella son producto del aumen-to de las emisiones de carbono, generadas en gran parte por la actividad humana.
15. Las causas de la guerra son inherentemente más difíciles de explicar que las de los fenómenos naturales. El comportamiento social no está sujeto a leyes físicas como los ciclones o los terremotos; los seres humanos forjan su propia historia, frecuentemente de manera violenta y a veces inexplicable. Por consiguiente, las causas de la guerra son complejas y multidimensionales, y a menudo difieren radicalmente de una guerra a otra.
16. No obstante, podemos identificar algunos elementos que aumentan las probabilidades de que estalle una guerra. En los últimos años, las probabilidades de que se produzcan conflictos armados han sido mucho mayores en los países pobres que en los países ricos. Sin embargo, la pobreza en sí no parece ser el factor decisivo, pues la mayor parte de los países pobres suele vivir en paz.
17. En un estudio que acaba de terminar la Universidad de las Naciones Unidas se indica que, por lo general, los países afectados por la guerra también adolecen de desigual-dadessociales. Ése, y no la pobreza, parece ser el factor crítico. La desigualdad puede basarse en el origen étnico, la religión, la identidad nacional o la clase económica, y suele reflejarse en un acceso desigual al poder político que con frecuencia obstaculiza la senda hacia un cambio pacífi-co.
18. El empeoramiento de la situación económica también está estrechamente vinculado con los conflictos violentos, sobre todo porque la política de un país cuya actividad económica decrece es de por sí más conflictiva que la de un país cuya actividad económica va en aumento. En algunos casos, el efecto de las reformas radicales impuestas a una economía para orientarla hacia el mercado y de programas de ajuste estructural implantados sin políticas sociales que mitiguen sus efectos perjudiciales puede atentar contra la estabilidad política. En general, los gobiernos débiles — y, naturalmente, los llamados Estados fallidos — tienen escasa capacidad para detener el estallido y la propagación de la violencia que otros gobiernos mejor organizados y más legítimos podrían haber evitado o contenido.
19.   Las probabilidades de una guerra pueden convertirse en realidad si se produce una movili-zación deliberada de los sectores descontentos, si se propagan mitos étnicos, religiosos o nacionalistas y si se promueven ideologías deshumanizantes, todo ello a menudo fomentado por medios de difusión dedicados a instigar el odio. Debido a la enorme difusión de lo que a veces se ha dado en llamar las políticas de identidad, y a que menos del 20% de los Estados son homogéneos desde el punto de vista étnico, los demagogos no tienen mayores inconvenientes para encontrar oportuni-dades de movilizar apoyo para causas chovinistas. El fenómeno de la “depuración étnica” del decenio de 1990 demuestra con elocuencia los abismantes efectos que puede tener esa odiosa explotación de las políticas de identidad.
20. Sin embargo, en otros casos los conflictos armados no guardan tanta relación con las rivalidades étnicas, nacionales o de otra índole, cuanto con la pugna por contro-lar determinados recursos económicos. Esa pugna por obtener diamantes, drogas, explotaciones forestales y otros productos valiosos impulsa

Las desigualdades sociales parecen ser un factor crítico de las guerras. El empeoramiento de la situación económica y los gobiernos débiles son otros factores.
varias de las guerras internas actuales. En algunos países, el premio por el que se lucha es la capacidad del Estado de extraer recursos de la socie-dad y de otorgar prerrogativas a allegados o aliados políti-cos. En otros, los grupos rebeldes y sus simpatizantes controlan la mayor parte de los recursos y la concesión de prebendas que ello entraña.
Estrategias de prevención
21. Tomar más en serio la prevención contribuirá a que haya menos guerras y menos desastres graves que afrontar. Los incentivos financieros para actuar de esa forma son evidentes. En el decenio de 1960, los daños causados por los desastres naturales se calcularon en unos 52,000 millo-nes de dólares; en el decenio de 1990 ese costo ya ha alcanzado los 479,000 millones de dólares. La magnitud del costo de los conflictos armados es igualmente elocuente. La Comisión Carnegie para la Prevención de los Conflictos Mortíferos estima que el costo para la comunidad interna-cional de las siete guerras más importantes ocurridas en el decenio de 1990, sin contar a Kosovo, ascendió a 199,000 millones de dólares, suma en que no están comprendidos los costos para los países participantes en esos conflictos. Los investigadores de la Comisión Carnegie sostienen que la mayor parte de esos costos podrían haberse ahorrado si se hubiera prestado más atención a la prevención.
22. Las estrategias de prevención más eficaces no sólo permitirían ahorrar miles de millones de dólares, sino también salvar cientos de miles de vidas. Los recursos que se gastan actualmente en actividades de intervención y de   socorro podrían destinarse a promover un desarrollo equitativo y sostenible, lo cual reduciría aún más los riesgos de que estallaran guerras y se produjeran desastres.
23. Sin embargo, no es fácil promover una cultura de la prevención. Los costos de la prevención deben pagarse en el presente, en tanto que sus beneficios nos aguardan en un futuro lejano. Además, se trata de beneficios no tangibles, porque se refieren a las guerras y los desastres que no ocurren. Por consiguiente, no es de sorprender que el apoyo que reciben las políticas de prevención suela ser más retórico que sustantivo.
24. Y eso no es todo: la historia nos enseñaque, invaria-blemente, es demasiado simplista atribuir las guerras o los desastres naturales a una sola causa. Ello significa que tampoco se puede recurrir a soluciones simples y generales; para abordar causas complejas, nos harán falta soluciones complejas e interdisciplinarias. El hecho fundamental es que para poner en práctica estrategias a fin de prevenir guerras o desastres se necesita la cooperación de una amplia gama de organismos y departamentos.
25. Lamentablemente, falta aún que las burocracias internacionales y nacionales levanten las barreras institucio-nales que impiden promover la cooperación intersectorial necesaria para adoptar medidas eficaces de prevención. Por ejemplo, en los gobiernos naciona-les, al igual que en los organismos internaciona-les, los departamentos encargados de las políticas de seguridad no suelen conocer a fondo las políticas de desarrollo y de gestión de los asuntos públicos, mientras que los encargados de éstas rara vez las encaran desde el punto de vista de la seguridad. Para superar los obstáculos que plantea la división por funciones hacen falta autoridades dedicadas y un compromiso firme de establecer redes normativas interdisciplinarias “horizontales” de las que formen parte nuestros colaboradores de la sociedad civil internacional.

Prevención de desastres
26. Mediante la prevención de los desastres se pretende reducir la vulnerabilidad de las sociedades a los efectos de los desastres y también abordar las actividades humanas que los causan. La alerta temprana es especialmente importante para la prevención a corto plazo. La alerta anticipada de una hambruna facilita las operaciones de socorro; la de una tormenta o una inundación permite que la población evite el peligro a tiempo. Las mejoras de la tecnología de vigilan-cia de grandes extensiones por satélite han revolucionado la reunión de datos de alerta temprana para prevenir los desastres.
27. Cada vez es más importante la función de los organis-mos de las Naciones Unidas en las actividades de alerta temprana. Por ejemplo, la Organización de las Naciones Unidas parala Agricultura y la Alimentación emite alertas de importancia crítica respecto de las hambrunas inminen-tes, mientras que la Organización Meteorológica Mundial presta apoyo a la formulación de pronósticos de ciclones tropicales y a la vigilancia de las sequías. La Internet facilita la difusión en tiempo real de los datos de alerta obtenidos de satélites y otras fuentes.
28. También se están redoblando los esfuerzos por mejorar la planificación para casos imprevistos y otras medidas de preparación en los países expuestos a los desastres, mientras que, en el marco del Decenio Internacio-nal para la Reducción de los Desastres Naturales, se han encontrado importantes formas de mejorar las metodologías de evaluación de los riesgos y de estimación de las pérdidas. Gracias a esas y otras innovaciones, los gobiernos son cada vez más conscientes de los peligros y de los costos de las prácticas deficientes de uso de la tierra y de ordenación del medio ambiente.
29. También va en aumento el consenso respecto de las medidas que se deben adoptar. Habría que poner límites más estrictos a las construcciones residenciales y comerciales en las zonas de peligro, como planicies vulnerables a las inundaciones, laderas propensas a los deslizamientos o zonas de fallas geológicas. Los códigos de construcción deberían asegurar que los edificios fueran más resistentes y que la infraestructura pudiera mantener los servicios indispensables en los casos de desastre. También habría que adoptar prácticas ambientales más racionales, en particular respecto de la deforestación de las laderas y la protección de los humedales. Además, como las personas viven en zonas expuestas a desastres no por propia decisión sino debido a la pobreza, las estrategias de prevención de los desastres, para ser real-mente eficaces, deberían integrarse en las políticas generales de desarrollo.
30. La experiencia del Decenio Internacional demuestra que una de las claves de toda estrategia eficaz de prevención a largo plazo es contar con unacooperación amplia, a la vez intersectorial e interdisciplinaria. La campaña para reducir las emisiones de carbono y la velocidad del calentamiento de la Tierra son ejemplos de lo que se puede lograr con esa cooperación. Colaborando estrechamente y guiados por el consenso especializado alcanzado en el Grupo Interguberna-mental de Expertos sobre el Cambio Climático, la comuni-dad científica y los gobiernos nacionales y locales, conjun-tamente con las organizaciones no gubernamentales, han sido sumamente eficientes en la tarea de alertar a la comuni-dad internacional acerca de las amenazas que entraña el calentamiento de la Tierra.
31. En este caso también tenemos sobradas pruebas de los beneficios de la prevención. A pesar de su gravedad, las inundaciones que sufrió China el año pasado habrían causado muchas más víctimas si en los últimos años no se hubieran llevado a cabo en ese país amplias actividades de prevención de desastres. Las inundaciones de 1931 y 1954, de escala similar, causaron más de 140,000 y 33,000 muertes, respectivamente, mientras que la de 1998 causó 3,000. Otro ejemplo a este respecto es el del huracán Mitch, que causó entre 150 y 200 víctimas en una aldea de Hondu-ras y ninguna en otra aldea igualmente expuesta en que se había venido llevando a cabo un programa experimental de reducción de los efectos de los desastres.
32. No obstante, no debemos subestimar los retos que enfrentamos. En algunas zonas, sigue haciendo falta un consenso científico amplio sobre diversas cuestiones fundamentales y siguen en pie muchos interrogantes. El problema no suele radicar en una falta de consenso de los científicos, sino en la necesidad de convencer a los gobier-nos de que deben resistir las presiones de los intereses creados que se oponen al cambio.
33. La falta de los recursos es un problema generalizado. Algunos gobiernos, particularmente en los países en desa-rrollo más pobres, sencillamente no tienen los fondos necesarios para ejecutar los principales programas de reducción de los riesgos y prevención de los desastres. En ese ámbito, la asistencia internacional es funda-mental. Además, como los programas de preparación y prevención pueden reducir radicalmente las necesidades futuras de ayuda humanitaria y de recursos para la reconstrucción, esa asistencia es sumamente eficaz en función de sus costos.
34. La educación es indispensable, y no sólo en las escuelas. Durante largos años, muchos gobiernos naciona-les y comunidades locales han adoptado, con resultados satisfactorios, sus propias estrategias de reducción de riesgos y mitigación de los efectos de los desastres. Conven-dría promover formas de intercambiar esos conocimientos y de integrarlos en el saber de la comunidad científica y en la experiencia práctica de las organizaciones no guberna-mentales.
35. Por todos esos motivos, es fundamental que prosiga la labor innovadora llevada a cabo en el marco del Decenio Internacional para la Reducción de los Desastres Naturales. En julio de 1999, el Foro del Programa del Decenio estableció una estrategia para el nuevo milenio: “Un mundo más seguro para el siglo XXI: reducción de los riesgos y de los desastres”. Esa estrategia cuenta con todo mi apoyo.

Prevención de las guerras
36. Para las Naciones Unidas no hay objetivo más noble, compromiso más firme ni ambición mayor que prevenir los conflictos armados. Las principales estrategias a corto y a mediano plazo para evitar que los conflictos no violentos se conviertan en guerras o evitar que vuelvan a estallar viejas guerras son la diplomacia preventiva, el despliegue preventivo y el desarme preventivo. La “consolidación de paz después de los conflictos” es un sistema normativo amplio que abarca todas esas y otras iniciativas. En las estrategias de prevención a más largo plazo se abordan las causas fundamentales de los conflictos armados.
37. Se trate de labores de mediación, conciliación o negociación, la diplomacia preventiva suele ser no coerciti-va, poco visible y confidencial. La mayor parte de sus discretos logros no se pregona; de hecho, la diplomacia preventiva es víctima de la ironía de que, si es eficaz, no pasa nada. A veces, la necesidad de mantener su carácter confidencial impide dar a conocer algunostriunfos diplomá-ticos. Como dijo una vez U Thant, ex Secretario General, “de una operación de buenos oficios perfecta no se oye hablar hasta que concluye satisfactoriamente, y a veces incluso pasa totalmente inadvertida”. Así pues, no es de sorprender que la diplomacia preventiva rara vez goce del reconocimiento del público en general.
38. En algunas situaciones problemáticas, la sola presen-cia de un Representante Especial del Secretario General competente y experimentado puede evitar que aumente la tensión; en otros, puede hacer falta una participación más activa. En septiembre y octubre de 1998, las intervenciones de mi Enviado Especial para el Afganistán evitaron que el aumento de la tensión entre el Irán y el Afganistán desembo-cara en una guerra. Poco dieron a conocer los medios de información de esa misión de vital importancia; sin embar-go, su costo fue insignificante y logró evitar lo que podría haber acarreado una enorme pérdida de vidas humanas.
39. La diplomacia preventiva no es una prerrogativa limitada a los funcionarios. Tanto particulares como organizaciones nacionales e internacionales de la sociedad civil han venido desempeñando una función cada vez más activa en la prevención, las negociaciones y la solución de los conflictos. La denominada “diplomacia ciudadana” a veces allana el camino a la concertación posterior de acuerdos oficiales. Por ejemplo, en junio de 1994 la visita a Pyongyang del ex Presidente Jimmy Carter de los Estados Unidos ayudó a resolver una crisis en relación con el programa de armas nucleares de la República Popular Democrática de Corea y puso en marcha un proceso que, en octubre de ese año, culminó en un acuerdo entre ese país y los Estados Unidos. En el proceso de paz del Oriente Medio, un pequeño instituto de investigación noruego cumplió la función inicial fundamental de preparar el terreno para el Acuerdo de Oslo de 1993.
40. Para afrontar las situaciones inestables que podrían desembocar en enfrentamientos violentos, los gobiernos colaboran cada vez más con diversas organizaciones de la sociedad civil para reducir las tensiones y encontrar solucio-nes creativas para problemas muchas veces profundamente arraigados. En Fiji, por ejemplo, la colaboración entre las organizaciones no gubernamentales y las autoridades oficiales, con la ayuda de la diplomacia discreta de ciertos Estados de la región, culminó en la promulgación de una nueva constitución y evitó lo que muchos observadores consideraban una posibilidad real de conflicto violento.
41. La alerta temprana también es un componente funda-mental de las estrategias de prevención; hemos aumentado progresiva-mente nuestra capacidad a ese respecto a menudo en colaboración con organizaciones regionales como la Organización de la Unidad Africana. No obstante, el hecho de que la comunidad internacional no interviniera eficaz-mente en Rwanda y en otras partes del mundo no obedeció a una falta de alerta. En el caso de Rwanda, faltó voluntad política para hacer uso de la fuerza en respuesta al genoci-dio. Los motivos principales fueron la renuencia de los Estados Miembros a poner sus fuerzas en peligro en un conflicto en el que no parecían estar en juego intereses fundamentales, la preocupación por los costos que ello entrañaba y las dudas, después de lo ocurrido en Somalia, de que la intervención diera resultado.
42. El despliegue preventivo y el desarme preventivo son complementos de la diplomacia preventiva. Al igual que el mantenimiento de la paz, el despliegue preventivo tiene por objeto tender una línea de contención que evite el estallido de los conflictos y fomente la confianza en las zonas de tensión o entre comunidades extremadamente polarizadas. Hasta la fecha, el único caso que ilustra lo primero ha sido la misión de las Naciones Unidas a la ex República Yugos-lava de Macedonia. Se ha examinado la posibilidad de recurrir a ese tipo de despliegue en otros conflictos; se trata de una opción preventiva que no se ha utilizado lo suficiente pero que podría ser sumamente valiosa.
43. El desarme preventivo tiene por objeto reducir el número de armas pequeñas y ligeras en las regiones en que puedan surgir conflictos. En El Salvador, Mozambique y otros países, esa tarea ha entrañado desmovilizar a las fuerzas en pugna y reunir y destruir sus armas como parte de la aplicación de un acuerdo generalde paz. Al destruir las armas de ayer se impide su utilización en las guerras de mañana.
44. Las actividades de desarme preventivo también apuntan cada vez más a reducir el tráfico de las armas pequeñas y ligeras, que son las únicas que se utilizan en la mayor parte de los conflictos armados de hoy. Aunque esas armas no causan la guerra, pueden aumentar drásticamente el número de víctimas y la duración de los conflictos. Apoyo enérgicamente las diversas iniciativas que han puesto en marcha las Naciones Unidas y diversas organizaciones regionales y coaliciones de organizaciones no gubernamen-tales para poner freno a ese tráfico de efecto mortal.
45. Lo que ha llegado a denominarse consolidación de la paz después de los conflictos es una importante innovación relativamente reciente de la estrategia de prevención. En el decenio de 1990, las Naciones Unidas formularon un enfoque más integral para la aplicación de los acuerdos generales de paz que negociaban. De Namibia a Guatemala, la consolidación de la paz después de los conflictos ha entrañado la colaboración de grupos interinstitucionales con organizaciones no gubernamentales y grupos locales de ciudadanos para ayudar a proporcionar socorro en caso de emergencia, desmovilizar a los combatientes, remover minas, organizar elecciones, establecer fuerzas de policía imparciales y poner en marcha actividades de desarrollo a más largo plazo. Esa estrategia general se basa en la hipótesis de que la seguridad humana, el buen gobierno, el desarrollo equitativo y el respeto de los derechos humanos son elementos interdependientes que se apoyan entre sí.
46. En particular, la consolidación de la paz después de los conflictos es importante porque hoy es preciso aplicar muchos más acuerdos de paz que antes. De hecho, en el decenio de 1990 se ha firmado tres veces más acuerdos que en los tres decenios anteriores. Algunos han fracasado, a menudo con gran publicidad, pero la mayor parte sigue vigente.
47. Mediante las estrategias de prevención a largo plazo que abordan las causas fundamentales de los conflictos, sepretende evitar que siquiera lleguen a plantearse conflictos destructivos. En esas estrategias se adopta el mismo enfoque integral de prevención que caracteriza a la consolidación de la paz después de los conflictos. Ello se refleja en el estudio preparado recientemente por la Universidad de las Naciones Unidas en el que se llega a la conclusión de que un gobierno que incluya a todos los sectores es la mejor ga-rantía contra los conflictos internos violentos. Esa inclusividad exige que todos los grupos importantes de la sociedad participen en sus instituciones principales: el gobierno, la administración, la policía y las fuerzas arma-das.
48. Estas conclusiones coinciden con la denominada “tesis de la paz democrática”, según la cual las sociedades demo-cráticas rara vez libran guerras entre sí y tienen bajos niveles de violencia interna en comparación con las socieda-des no democráticas. El primer postulado sigue siendo objeto de intensos debates entre los estudiosos, en parte debido a los significados cambiantes de “democracia” en el tiempo y en la geografía. Sin embargo, el segundo es menos controvertido: en esencia, la democracia es una forma no violenta de resolver los conflictos internos.
49. La prevención a largo plazo abarca demasiadas estrategias para que pueda examinarse en detalle en el presente ensayo. Me limitaré a destacar tres estrategias que vale la pena considerar, aunque hasta ahora hayan atraído relativamente poca atención en la comunidad internacional.
50. En primer lugar, la comunidad internacional debe esforzarse más por promover, en los Estados propensos a los conflictos, políticas que aumenten la seguridad y estén centradas en el ser humano. El desarrollo equitativo y sostenible es una condición necesaria para la seguridad, pero un nivel mínimo de seguridad también es un requisito del desarrollo; no es lógico tratar de lograr uno sin el otro. Protegerse de la violencia organizada es una preocupación prioritaria de todas las personas en todas partes, por lo que la determina-ción de responsabilida-des y la transparencia democráticas en el sector de la seguridad merecen un mayor apoyo y aliento de losEstados donantes y de las institucio-nes financieras internacionales. Además, como la enorme mayoría de los conflictos armados actuales ocurren dentro de los Estados y no entre ellos, en muchos casos tiene sentido, desde el punto de vista de la seguridad, reasignar parte de los recursos que se destinan a dispendiosos progra-mas de defensa externa a iniciativas de costo relativamente bajo encaminadas a promover la seguridad humana y, por ende, la seguridad nacional.
51. En segundo lugar, habría que esforzarse más por lograr que las políticas de desarrollo no exacerbaran el riesgo de conflictos, por ejemplo aumentando la desigual-dad entre los grupos sociales. En ese contexto, habría que estudiar más a fondo la idea de evaluar los efectos de esas políticas en términos de conflicto. Mediante consultas con una amplia gama de partes interesadas, esas evaluaciones tienen por objeto velar por que determinadas políticas de desarrollo o de gobierno, en el peor de los casos, no com-prometan la seguridad y, en el mejor de los casos, contribu-yan a reforzarla. Estas evaluaciones utilizan como modelo los procesos ya establecidos de evaluación de los efectos en el medio ambiente que se aplican en relación con los principales proyectos de desarrollo y de la industria extrac-tiva de muchos países.
52. En tercer lugar, la evolución de la realidad económica mundial lanza nuevos retos y brinda nuevas oportunidades. En el último decenio ha seguido disminuyendo la asistencia para el desarrollo y, al mismo tiempo, han aumentado considerablemente las corrientes de capital privado hacia el mundo en desarrollo. Ello ha reducido la influencia relativa de los Estados y las instituciones internacionales donantes en los países en desarrollo y aumentado la presen-cia de las empresas internacionales. El sector privado y la seguridad están vinculados de muchas maneras; la más evidente es la estrecha correlación entre los mercados prósperos y la seguridad de los seres humanos. AhoraEs necesario promover el buen gobierno, que entraña promover el estado de derecho, la tolerancia de las minorías y de la oposición, procesos políticos transparentes, un poder judicial independiente, una policía imparcial... bien, las empresas mundiales no tienen por qué limitarse a alabar las virtudes del mercado. Si prestan un apoyo activo al mejoramiento de las políticas de buen gobierno pueden promover entornos en que prosperen tanto los mercados como la seguridad de los seres humanos.
53. La característica común de casi todas las políticas de prevención de los conflictos es la necesidad de promover lo que en las Naciones Unidas denominamos buen gobierno. En la práctica, el buen gobierno entraña la promoción del estado de derecho, la tolerancia de los grupos minoritarios y de la oposición, procesos políticos transparentes, un poder judicial independiente, un cuerpo de policía imparcial, fuerzas armadas estrictamente sometidas al control civil, una prensa libre, instituciones dinámicas de la sociedad civil y elecciones trascendentes. Por sobre todas las cosas, el buen gobierno entraña el respeto de los derechos humanos.
54. No obstante, no debemos aceptar la ilusión de que la prevención sea una panacea o de que, con más recursos, las políticas de prevención puedan garantizar la paz. La filoso-fía de la prevención se basa en la presunción de que se obra de buena fe y en la creencia de que los gobiernos tratarán de poner el bienestar general del pueblo por encima de intereses sectoriales mezquinos. Lamentablemente, sabemos que no suele ocurrir así. De hecho, muchas condiciones necesarias para el buen gobierno que revisten particular importancia  para la prevención están en total contradicción con las estrategias de supervivencia de algunos de los gobiernos más propensos a los conflictos.
55. Aunque a veces es útil ofrecer incentivos para una reforma paulatina, no es esto algo que la comunidad interna-cional haga a menudo ni con particular eficacia. La perspec-tiva de una asociación más estrecha con la Unión Europeaha sido sumamente útil para promover la tolerancia y la reforma institucional en varios países de Europa central y oriental, pero hay pocos o ningún proceso equivalente en el plano mundial.
56. El que puedan fracasar incluso las mejores estrategias de prevención significa que  nunca podremos estar total-mente a salvo del flagelo de la guerra. De ello se desprende que, en el futuro previsible, la comunidad internacional deberá estar siempre preparada para intervenir en el ámbito político y, de ser necesario, también en el militar, para contener, refrenar y, en última instancia, resolver los conflictos de los que se haya perdido el control. Para ello se necesita un sistema de seguridad colectiva que funcione mejor que el actual. Más que nada, para alcanzarlo, hará falta una mayor voluntad de intervenir a fin de impedir violaciones graves de los derechos humanos.
57. La existencia de una voluntad demostrable de tomar medidas concretas en esas circunstancias promoverá, a su vez, el objetivo de la prevención al potenciar la disuasión. Incluso gobernantes más represivos ponen a prueba los límites de su impunidad, el extremo hasta el cual pueden desgarrar la trama de la conciencia humana antes de provo-car una respuesta indignada del exterior. Cuanto más eficaz sea la comunidad internacional para truncar sus cálculos destructivos, más vidas podrán salvarse.
58. Naturalmente, la seguridad colectiva en el sistema internacional incumbe al Consejo de Seguridad, y responder a las crisis y a las situaciones de emergencia siempre será uno de los aspectos más importantes de sus actividades. Ahora bien, como nos recuerda el Artículo 1 de la Carta, uno de los propósitos de la Naciones Unidas es tomar “medidas colectivas eficaces para prevenir y eliminar amenazas a la paz”. No obstante, el criterio predominante que ha aplicado el Consejo de Seguridad para hacer frente a los conflictos a lo largo de los años no ha sido de preven-ción, sino de reacción. Sin embargo, últimamente el Consejo ha demostrado más interés en ocuparse de cuestiones de prevención. Ello ha quedado de manifiesto en el amplio debate celebrado por el Consejo respecto de la consolida-ción de la paz después de los conflictos y en su respuesta a mi informe sobre las causas de los conflictos y la promo-ción de una paz duradera y un desarrollo sostenible en África, en el que se propugnaba una serie de medidas de prevención de conflictos.
59. Me felicito sobremanera de esta evolución de los acontecimientos. El año próximo me propongo reanudar con los miembros del Consejo el diálogo sobre prevención, iniciado en el primer retiro dedicado a los miembros del Consejo que convoqué en junio de 1999.

*  *  *  *  *

60. Hoy en día, nadie discute que es más eficaz y econó-mico prevenir una crisis que reaccionar ante una crisis declarada. Sin embargo, nuestras actitudes y prácticas políticas y de organización siguen apuntando mucho más a la reacción que a la prevención. Como dice un antiguo proverbio, es más fácil conseguir dinero para un ataúd que para remedios.
61. Por los motivos que he indicado, la transición de una cultura de reacción a una cultura de prevención no será fácil, pero el que nuestra tarea sea difícil no la hace menos indispensable. La guerra y los desastres naturales son las principales amenazas para la seguridad de los seres huma-nos y las comunidades humanas de todo el mundo. Nuestro solemne deber para con las generaciones futuras es reducir esas amenazas. Sabemos lo que se debe hacer. Lo que necesitamos es la visión y la voluntad política necesarias para hacerlo.


INDICE DE COMUNICADOS

PAGINA PRINCIPAL DEL CENTRO DE INFORMACION
 
 

email

unicmex@servidor.dgsca.unam.mx